martes, 21 de marzo de 2017

HUELLAS DE PAUL RIVET EN EL INSTITUTO ETNOLÓGICO DE LA UNIVERSIDAD DEL CAUCA (1946-1960).


Indígenas de la cordillera Central (s. f.) (Archivo de Héctor Llanos V.).


Preámbulo

No es fácil esclarecer con precisión el surgimiento de la antropología en Colombia como una dependencia del Estado, por la complejidad y diversidad de corrientes teóricas que confluyen en su constitución. Como bien sabemos, antes de la fundación del Instituto Etnológico Nacional (IEN), en el año 1941, en la historia de Colombia, como en otros países de Hispanoamérica, se realizaron exploraciones relacionadas con grupos étnicos y la naturaleza tropical.

En tiempos coloniales hispánicos, el pensamiento dominante en las instituciones académicas fue la Escolástica, filosofía silogística de origen medieval en la que el conocimiento científico de la realidad estuvo subordinado a las verdades dogmáticas de la onto-teología católica. En la segunda mitad del siglo XVIII se llevó a cabo la Real Expedición Botánica, bajo la dirección de José Celestino Mutis, científico que, sin pretender contradecir la Escolástica, introdujo en los claustros universitarios del virreinato de la Nueva Granada, el pensamiento matemático y la física de Newton (leyes de la causalidad fundamentadas en la observación empírica), ciencia aplicada, más que todo, a la descripción y clasificación de las plantas. En ese entonces, los conocimientos que hoy en día se llaman etnográficos se deben a cronistas y religiosos que consignaron en sus escritos las primeras interpretaciones de la naturaleza y las culturas aborígenes, impregnadas de los principios morales de la monarquía española y la iglesia romana que de común acuerdo justificaban el sometimiento colonial de unos territorios y sus habitantes. Se puede decir, con cierta ironía contemporánea, que dichos misioneros realizaron la primera gran obra cultural, no con objetivos y procedimientos científicos modernos, sino con una finalidad pragmática: adoctrinar o “transculturar” los pueblos indígenas del Nuevo Mundo.

A comienzos del siglo XIX (1799-1804), el viaje de Alexander von Humboldt y Amadeo Bonpland por los caminos de la América intertropical estableció una mirada científica de la naturaleza en su dimensión cósmica, en los círculos ilustrados y científicos de Europa, y dejó una huella profunda que luego fue tenida en cuenta por otros exploradores europeos que se aventuraron a caminar los mismos territorios. Después del triunfo de las guerras de independencia, a lo largo del siglo XIX, dichos viajeros hicieron observaciones y anotaciones empíricas sobre la diversidad regional con sus respectivos climas, recursos naturales, grupos raciales y recolectaron especies vegetales y antigüedades que enriquecieron las colecciones de los principales jardines botánicos y museos de Europa.


Neele Strand, Ruta de Humboldt en la República de Colombia. Biblioteca Luis Ángel Arango (1823).

En el siglo XIX también se realizaron exploraciones para precisar la cartografía física y política de las nuevas repúblicas latinoamericanas; comisiones científicas que incluyeron la geografía humana, como se aprecia en las láminas de la Comisión Corográfica de la Confederación Granadina, dirigida por Agustín Codazzi (1850-1859); en ellas se consigna la más completa y pintoresca clasificación de los tipos raciales de cada región,  inscritos en las clases de una sociedad republicana.


Vista del poblado de San Agustín y el nevado del Huila, acuarela de Manuel María Paz, Comisión Corográfica (Ardila y Lleras, 1985).

Teorías como la propuesta por Charles Darwin, sobre la evolución de las especies, como una adaptación y lucha por la supervivencia, incluyeron la especie humana vista con fines paleontológicos y proyectada como un complejo y problemático universo teórico, en el que los científicos empezaron a preguntarse sobre los orígenes y la evolución prehistórica de la humanidad, sobre sus posteriores etapas históricas (civilizaciones antiguas), cristianismo medieval y primera modernidad, con la intención de encontrar las bases históricas y culturales ancestrales de los estados nacionales europeos. De esta manera, emergió en el siglo XIX, en Europa y Norteamérica, la antropología o “ciencia del hombre” interesada por entender el remoto pasado arqueológico y clasificar con una mirada occidental (etnocéntrica y universalizante), la gran diversidad racial y lingüística a escala mundial; de manera peculiar, las llamadas sociedades “primitivas, naturales o exóticas” que habían perdurado en Asia, África, América y Oceanía. Este interés antropológico universal se desarrolló en un período histórico en el que las monarquías de Europa expandieron sus fronteras políticas a los demás continentes, consolidando un nuevo orden imperial colonial, en tiempos de auge de la economía capitalista.


Profesores y alumnos de la Escuela Normal Superior; Paul Rivet está en séptimo lugar (segunda fila de abajo hacia arriba) y Gregorio Hernández de Alba, en el extremo derecho de la fila superior (17 de junio de 1941). (Biblioteca ICANH  FG 2162).

Pienso, aunque sea recordado de manera general, que este es el complejo contexto histórico, científico y político, en el que emergió la antropología en Colombia. La formación profesional de los antropólogos pioneros es diversa y no corresponde a una sola escuela teórica. Ellos recibieron, inicialmente, de sus profesores de la Escuela Normal Superior (1936), influencias conceptuales interdisciplinarias, procedentes de universidades europeas. Como normalistas, cuando ingresaron al IEN, a partir de su creación, adoptaron las enseñanzas del profesor Paul Rivet, como se constata en el plan de estudio y en las expediciones científicas que organizó como primer director (1941-1943). Los jóvenes profesionales recibieron las enseñanzas de su maestro, no solamente relacionadas con los trabajos etnográficos de campo, sino, también, aquellas humanísticas que reivindicaban a los pueblos indígenas y rechazaban las discriminaciones raciales. Esta orientación profesional estuvo mediada, desde un principio, por escuelas de origen norteamericano, culturalistas y funcionalistas, por la llamada antropología social aplicada, por el indigenismo latinoamericano y de manera particular, también, por los trabajos de científicos adelantados en décadas anteriores a la creación del IEN. Entre estos últimos sobresale el etnólogo alemán Konrad Theodor Preuss, que arribó a Colombia en 1913.


 Konrad Th. Preuss, Arte Monumental PrehistóricoMeseta A, Colina oriental. 1-2. Excavaciones del templo en el costado norte (1931).

Como consecuencia de la primera guerra mundial, Preuss permaneció en Colombia hasta 1919, estadía prolongada  que aprovechó para hacer excavaciones en la región arqueológica de San Agustín y recopilar valiosas cosmovisiones, mitos y rituales, de los indígenas Uitoto (Murui muinane) del Caquetá y Kágaba (Kogi), de la Sierra Nevada de Santa Marta. Seguramente, por haberse traducido rápidamente al español (1931) su obra “Arte monumental prehistórico” de la cultura de San Agustín, que contiene una propuesta de interpretación religiosa fundamentada en mitos vivos, perduró como una constante conceptual en las investigaciones de los arqueólogos posteriores que excavaron en el sur del alto Magdalena. También, es necesario resaltar que los precursores de la etnología mantuvieron un estrecho y permanente vínculo de intercambio con antropólogos y arqueólogos latinoamericanos, en un período histórico (primera mitad del siglo XX), en el que se consolidó una posición indigenista que proponía una identidad cultural nacional y americana, cimentada en la grandeza de las civilizaciones prehispánicas andinas y mesoamericanas, y en los movimientos sociales y políticos de sus descendientes que luchaban en contra de la discriminación racial y la pobreza, a la que habían sido sometidos durante varios siglos.

Los fundamentos etnológicos enseñados por Paul Rivet a los egresados del IEN no se fortalecieron debido a que este maestro, después de su viaje a México (1943) y luego a París, no regresó a Colombia, manteniendo solamente un contacto epistolar de carácter personal. Durante la dirección de Luis Duque Gómez (1944-1952), el IEN incrementó su capacidad científica estableciendo intercambios con instituciones extranjeras que adelantaron proyectos en regiones colombianas: Misión sueca (Henry Wassen y Nils M. Holmer); Comisión norteamericana del Logan Museum, Beliot College (Andrew H. Whiteford y Moreau Maxwell); Pál Kelemen y su esposa; Fernando Cámara y Carlos Margain (INAH, México); y el convenio entre Colombia y los Estados Unidos con la vinculación de científicos del Instituto de Antropología Social (Smithsonian Institution), de Washington (1950). Los nexos con organismos norteamericanos se incrementaron; varios de los pioneros recibieron becas, como las de la Fundación Guggenheim, para hacer sus proyectos o complementar sus estudios en universidades de Estados Unidos.

Un rasgo que identifica a las primeras promociones de etnólogos es un ejercicio profesional interdisciplinario, en el campo y el laboratorio, de acuerdo con las enseñanzas de “la ciencia del hombre” de su maestro Rivet; trabajaron como etnógrafos con pueblos indígenas, al mismo tiempo que adelantaron excavaciones en diversas regiones colombianas. Por eso,  no es muy acertado afirmar que algunos de ellos, los conservadores, se dedicaron a la arqueología, a descubrir las culturas precolombinas sin establecer compromisos con los pueblos indígenas vivos, como sí lo hicieron otros colegas, que investigaron las sociedades aborígenes, asumiendo una postura indigenista en un contexto político liberal, progresista o desarrollista. Mirada maniquea establecida por un sector de la nueva generación egresada de las primeras carreras de antropología creadas en las universidades durante la década de los años sesenta, cuando surgieron comportamientos intelectuales de izquierda inspirados en los triunfos de la revolución cubana (1959), la china maoista y el partido comunista en Rusia; movimientos políticos internacionalizados que de manera radical pensaron que el trabajo de los antropólogos debería realizarse a partir de la teoría Marxista, que implicaba un compromiso político con las clases sociales explotadas o marginadas. De manera prejuiciada y ligera, sin mayor análisis crítico, se descalificó la obra científica de los pioneros por señalarlos de “reaccionarios”, por no tener un compromiso revolucionario. En ese momento histórico, para el sector izquierdista, el trabajo de los antropólogos se condicionó, más que todo, a una causa política indigenista.

Es bueno no olvidar que en Colombia, hacia la década de los cuarenta, la mayoría de los ciudadanos estaban afiliados a los partidos tradicionales, Conservador y Liberal, y en menor porcentaje, al partido Comunista. En este sentido, los pioneros de las ciencias sociales, con una misma formación profesional, tuvieron una filiación partidista. No es apropiado hablar de una antropología liberal como opuesta a una conservadora. Tener una mentalidad liberal (no un interés clientelista), a diferencia de una conservadora, significaba, entre otras cosas, no ser un hispanófilo que discriminaba racialmente a los indios y a los negros, y no estar de acuerdo con el monopolio de la educación por parte de la iglesia católica, cuya moral escolástica no permitía la implementación de discursos filosóficos modernos, sobre todo, si ellos eran aceptados por mujeres, como lo hicieron las primeras etnólogas, actitud calificada de inmoral, por parte de los sectores con una concepción conservadora de la realidad.

Los partidos tradicionales, desde el siglo XIX, habían combatido entre ellos, con el recurso de la violencia armada y con la manipulación del voto ciudadano, para alcanzar una hegemonía liberal o conservadora, en la que el sistema clientelista gobernante significaba otorgarle los cargos de gobierno a miembros de su partido. En el caso específico de las pequeñas instituciones científicas sociales recién creadas, como el IEN y sus filiales regionales, por estar adscritas al Ministerio de Educación Nacional no tuvieron una mayor autonomía de poder, al depender del clientelismo del partido gobernante de turno. El trabajo profesional de los antropólogos pioneros, liberales y conservadores, como empleados públicos, así como la subsistencia de sus familias, estuvieron sujetos a un proceso burocrático que renovaba sus contratos y a la política de los ministros de Educación Nacional, de quienes dependía la aprobación del presupuesto necesario para la ejecución de los programas. En los años cuarenta se incrementó la violencia política impulsada por los partidos Liberal y Conservador, afectando a toda la sociedad colombiana y de manera particular a los campesinos y los resguardos indígenas, y por lo tanto, a los proyectos de los etnólogos que trabajaban con ellos.

La primera generación profesional de antropólogos, liberales o conservadores, compartieron el discurso ideológico de una identidad nacional. En términos generales, ellos pensaron que su trabajo etnográfico y arqueológico respondía a una política oficial que impulsaba una identidad cultural, nacional y americana, en la que sin rechazar la herencia hispánica, se integraban y valoraban las culturas indígenas y de origen africano. Aunque no estuviera establecido en la Constitución nacional vigente, los pioneros aceptaron que Colombia era una nación multiétnica o multicultural.

1. Antecedentes de la fundación del IEUC relacionados con Paul Rivet

1938. Paul Rivet (1876-1958) fue invitado por Eduardo Santos a los actos de su posesión como presidente liberal de la República; dictó conferencias en la Biblioteca Nacional y visitó la región de San Agustín. En compañía de Marcelino Castelví y Sergio Elías Ortíz recopilaron un vocabulario de la lengua guambiana. Rivet estaba interesado en sustentar su teoría sobre un poblamiento americano por diversas rutas, con argumentos etnológicos, geológicos y lingüísticos, como lo explicita en su obra “Los orígenes del hombre americano” (1943). En 1938, Gregorio Hernández de Alba (1904-1973) creó el Servicio Arqueológico Nacional del Departamento de Extensión Cultural y Bellas Artes, del Ministerio de Educación y el Museo Arqueológico y Etnográfico. Además, con motivo de la celebración del IV centenario de la fundación de Bogotá, Gregorio Hernández de Alba y Guillermo Fischer hicieron en el Museo Nacional, una exposición arqueológica y etnográfica, con la asistencia de grupos indígenas. En esta ocasión, Hernández de Alba conoció a Paul Rivet.



Paul Rivet, Los orígenes del hombre americano (1976).


Catálogo Exposición Arqueológica y Etnográfica en el Museo Nacional, IV Centenario de la Fundación de Bogotá (1938).

1939-1941. Hernández de Alba viajó a París como vicecónsul de la embajada de Colombia y con el apoyo de Rivet estudió en el Museo del Hombre y en el Instituto Etnológico de la Universidad de París.

1941. Fundación del Instituto Etnológico Nacional como filial de la Escuela Normal Superior, por Paul Rivet (primer director) y Gregorio Hernández de Alba, en el que se desempeñaron como profesores. Rivet llegó a Colombia como refugiado, huyendo de la persecución nazi que atentaba contra su vida. Como director obtuvo auxilios económicos del Comité de Gaulle de Francia Libre para financiar los primeros números de la “Revista del Instituto Etnológico Nacional” y el “Boletín de Arqueología”.

1943. Rivet viajó a México como agregado cultural para América Latina del Comité Francia libre.

2. Situación de la Antropología en Colombia (1945): Influencia etnológica de Paul Rivet; indigenismo y antropología social

Influencia de Paul Rivet

Se puede decir que la formación académica básica de los investigadores pioneros tuvo una orientación teórica y metodológica procedente de la etnología cultural francesa, representada en Paul Rivet. Conocer científicamente las sociedades indígenas del pasado prehispánico y del presente significaba valorar sus lenguas, usos, costumbres, creencias religiosas y rechazar las discriminaciones raciales a las que se habían sometido durante varios siglos. La Etnología, como “ciencia del hombre”, pretendía alcanzar unos conocimientos universales de las llamadas sociedades “primitivas”, como parte de la historia de la humanidad; estudios que en el caso americano adquirían, para los etnólogos y prehistoriadores, un carácter apremiante, al estar expuestas a su desaparición por el impacto avasallador de una sociedad moderna capitalista. Luis Duque, en el informe de actividades como director del IEN y el SAN resume las enseñanzas del profesor Rivet, de la siguiente manera:

“Tres son los objetivos que se han perseguido en el curso del presente año [1944-1945] conforme a las necesidades más apremiantes de la Etnología en Colombia: la investigación entre los grupos indígenas existentes; los estudios arqueológicos, sincronizados con la labor de preservación y reconstrucción de los monumentos prehistóricos de las altas culturas; y la preparación y elaboración de los materiales y colecciones recogidos por las expediciones, con el fin de estudiarlos y presentarlos en forma adecuada en el Museo Arqueológico Nacional. De estas tareas, sin dejar de reconocer la trascendencia de las demás, la más importante y que requiere una inmediata ejecución es la primera de las enumeradas anteriormente, toda vez que se trata de recoger elementos culturales que pueden llegar a aclarar problemas que hoy plantean serias incógnitas a los prehistoriadores americanos. Los grupos indígenas que constituyen este objetivo, van entrando paulatinamente en contacto con otros pueblos, racialmente diferentes, con lo cual estos elementos son absorbidos y terminan por desaparecer definitivamente, privándose así la investigación etnológica americana de preciosos datos, si antes no se lleva a cabo su estudio. […]. Razón tenía el profesor Rivet cuando advertía  a sus alumnos que una de las tareas más urgentes para realizar en Colombia en el campo de los estudios americanistas, era lograr que sus investigadores recurrieran a los lugares donde desaparece algo, donde hay manifestaciones culturales que mueren sin que se tenga de ellas noticia alguna”.


Comunidad Páez, Tierradentro, fotografía de Henri Lehmann (1941-1945). (Biblioteca ICANH caja 9, FG 1442: 1455).

Posición de Gregorio Hernández de Alba

Los lazos de amistad entre Hernández de Alba y Rivet se disolvieron a causa de una circunstancia política, en el año1942; el primero asistió a un acto cultural en la Embajada de Francia (Gobierno colaboracionista de Vichy). Rivet se molestó mucho, como era de esperarse, y rompió relaciones con su colega colombiano, que tomó la decisión de renunciar al IEN. Se puede pensar que este incidente hizo evidente las diferencias teóricas e ideológicas entre los dos investigadores. Aunque es difícil establecer los aspectos particulares de esta ruptura, podemos conocer el punto de vista de Hernández de Alba,  su posición nacionalista y sus competencias con Rivet, cinco años después, en 1947, cuando se desempeñaba como director del IEUC, en carta de septiembre 28, dirigida a su amigo Carlos López Narváez, Jefe de Extensión Cultural del Ministerio de Educación Nacional:

“[…] Ya no más las viejas escuelas de la etnología por la etnología, de estudiar orígenes cuando urge conocer modos presentes o a lo menos no muy remotos, modos que influyen en un presente que necesita modificaciones. Alguna vez dije que estudiaba al hombre de ayer para conocer mejor el de hoy y planear el mejoramiento del de mañana. Y yo pregunto – conmigo muchos – esto: [¿] Está bien que el Instituto Etnológico Nacional siga teniendo estas directivas con que lo presenta la portada de su Revista? “Director Paul Rivet. Musée de l’Homme, etc., París. Secretario Josep de Recasens. La sede aparece en París, los canjes irán allá, desde allá se instruye sobre lo que se debe o no publicar. Hernández de Alba, a quien muchos especialistas le han escrito que consideran su nombre unido al de la Etnología colombiana, está proscrito de sus páginas y de la directiva del Instituto y de la Revista. [¿] Quién debe ser el Director? Un Colombiano; y los hay con nombre acatado en el mundo de la Etnología americana. La sede ha de ser Bogotá u otra ciudad o pueblo colombiano pero no París. La misma Secretaría debe ser nacionalizada. Esto no es xenofobia. Mis viajes me han enseñado a sentirme un poquito persona de un mundo. Amo a París. Pero considero que cualquier especialista notable debe ser en un país que no el suyo Consultor, Técnico, pero jamás Ministro, ni Jefe de Sección, ni Director de entidad pagada por el Estado y tan íntimamente ligada con lo regional, como lo debe ser un Instituto de Etnología. Yo he sabido del mal que nos ha hecho afuera esta y otras tonterías.”

Hernández de Alba fortaleció sus afinidades con la antropología norteamericana, cuando, gracias a los contactos con Julian Steward, recibió una beca de la Fundación Guggenheim, para estudiar en el Instituto Smitsoniano, en 1944. Hernández de Alba llamó la atención sobre la necesidad que existía en Colombia de adelantar investigaciones sociales y aplicadas, que permitieran un progreso nacional. La Antropología Social norteamericana, para Hernández de Alba serviría: “como preparación al establecimiento de los institutos cooperativos de Antropología Social que en la Smithsonian Institution dirige el doctor Julián H. Steward, y que en breve tendrán su agencia entre nosotros laborando en acuerdo con el Servicio de Arqueología”. Propuesta que se hizo realidad con la creación del IEUC a partir de 1946.. Además, Hernández de Alba estableció intercambios con el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, de la OEA; con el Instituto Interamericano de Antropología y Geografía, afiliado al Smithsonian, del que era miembro del Comité Organizador y editor asociado; con el Instituto Indigenista Interamericano, de México, dirigido por Manuel Gamio.

Indigenismo         

En 1940 se llevó a cabo el Primer Congreso Indigenista Interamericano de Pátzcuaro, México, en el que se aprobó una política continental y la creación de organismos indigenistas nacionales, en todos los países americanos, para conocer los problemas económicos, jurídicos, políticos, administrativos y sociales de las comunidades indígenas; también, para asesorar, planear o ejecutar políticas oficiales que buscaban integrarlas a la vida nacional, mejorando la situación social en que se encontraban. Hernández de Alba fue nombrado representante del Instituto Indigenista Interamericano en Colombia, dirigido en México, por su amigo Manuel Gamio. Luego, en 1941, en compañía de Antonio García y otros colegas, fundaron el Instituto Indigenista de Colombia (IIC), al que se afiliaron los pioneros de la antropología, además de otros importantes intelectuales y artistas. Este instituto se encargó de promover el estudio de las comunidades indígenas, en defensa de sus valores culturales y los resguardos, con la finalidad de alcanzar beneficios en su proceso de integración a la sociedad colombiana. El IIC publicó trabajos de investigación en los que se denunciaba el maltrato histórico a las parcialidades indígenas, el despojo de sus tierras comunitarias y se rechazaba la parcelación de las mismas, promovida por los gobiernos liberales y conservadores de la época.


Juan Friede, El indio en lucha por la tierra. Historia de los resguardos del Macizo Central Colombiano (1944).

Bajo la dirección de Luis Duque (1916-2000) se fusionó el IEN con el SAN (1945), y se crearon institutos análogos, como filiales regionales, dirigidos por investigadores: Servicio Etnológico de la Universidad de Antioquia, en Medellín, con Graciliano Arcila (1945); Instituto Etnológico del Magdalena, en Santa Marta, con Gerardo Reichel y Alicia Dussán de Reichel (1946); Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca, en Popayán, dirigido por Gregorio Hernández de Alba (1946) y el Instituto Etnológico de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla, con Aquiles Escalante (1947).

Los etnólogos, como científicos sociales, al entrar en contacto con los pueblos aborígenes descubrieron la situación difícil en que se encontraban. Sus estudios etnográficos, lingüísticos, antropométricos, serológicos y arqueológicos, más allá de los formalismos clasificatorios de culturas que los llevaron a crear museos y a proteger el patrimonio aborigen, les permitieron comprender los atropellos, del pasado y del presente, sufridos por la sociedades indígenas. Los pioneros de la Antropología tuvieron que afrontar una situación compleja; sabían que valorar las tradiciones indígenas significaba tomar consciencia de que estaban abocadas a desaparecer, por el impacto arrollador de la modernidad: algunas habían conservado sus cosmovisiones ancestrales, marginadas, en sus entornos naturales, y otras, a pesar de haber recibido un mayor impacto colonizador, habían logrado mantener una organización comunitaria, cultural, social y política, en tierras de resguardo, asediadas por hacendados y colonos mestizos. El compromiso de los etnólogos no se reducía a reconstruir el pasado prehispánico, sino también a investigar la historia colonial y republicana de los pueblos indígenas, para entender la situación en que se hallaban en el presente. Por eso se vieron abocados a proponer e impulsar una política indigenista, con la que sería posible resolver los problemas de los pueblos nativos, en un proceso de integración a la sociedad nacional, sin destruir sus tradiciones y sin perder el carácter comunitario de sus parcialidades.


Día de fiesta en resguardo Páez, Tierradentro, fotografía de Henri Lehmann (1941-1945). (Biblioteca ICANH caja 9, FG 1442: 1462).

Como lo analiza Luis Duque Gómez, la situación económica y social de los resguardos en el occidente de Colombia, hacia la década de los cuarenta, era muy difícil; además de las tierras que habían perdido en tiempos anteriores, se vieron asediados por colonos blancos o mestizos, que con engaños jurídicos y con la complicidad de algunas autoridades municipales, trataron de apoderarse de ellas. Los comuneros, incluyendo los niños, estaban obligados a pagar terraje en las haciendas que bordeaban sus tierras comunitarias, para poder satisfacer sus necesidades familiares básicas.
                
3. Creación del Museo Arqueológico de la Universidad del Cauca: Dirección de Henri Lehmann (1942-1945) 

La persona encargada de organizar y dirigir el nuevo Museo Arqueológico de la Universidad del Cauca (MAUC) fue el científico Henri Lehmann (1905-1991). Lehmann había realizado estudios de Historia del Arte y Filosofía en Alemania; en París aprendió Etnología con Marcel Mauss, en la Escuela de Altos Estudios; trabajó con Paul Rivet en el nuevo Museo del Hombre, quien lo apoyó para investigar en Colombia, a donde viajó en 1941, huyendo de la invasión nazi a Francia. En 1942 se trasladó a la ciudad de Popayán, para trabajar con la Universidad del Cauca; llevó a cabo estudios etnohistóricos, serológicos, encuestas etnográficas y lingüísticas con indígenas guambiano-kokonuco y kwaiker, e investigaciones arqueológicas en Popayán, Corinto, Moscopán, Guachicono y el Valle del Patía. En 1945, Lehmann se trasladó a México, como profesor del Instituto Francés de América Latina, invitado por Rivet.

Al crear el museo, Lehmann aplicó criterios internacionales especializados, fundamentados en la investigación científica y en técnicas modernas de clasificación de los materiales obtenidos; las colecciones fueron registradas de acuerdo con el sistema de catalogación del Museo del Hombre, de la ciudad de París. Su mirada profesional, como la de su maestro Rivet, se inscribe en el estudio de culturas que se identifican y clasifican, no solamente con objetos, sino, además con elementos  lingüísticos (familias Karib, Chibcha, Arawac). Los parentescos culturales y la difusión de los mismos se establecen por analogías de cultura material (arqueológica y etnográfica) y por afiliaciones lingüísticas; los orígenes de las culturas locales se definen por intermedio de comparaciones estilísticas y con hipotéticas difusiones procedentes de Mesoamérica o los Andes Centrales, supuestos núcleos civilizatorios principales.


Escultura principal de Moscopán excavada por Henri Lehmann (1943). (Biblioteca ICANH FG 0 978).

4. Fundación del IEUC: Dirección de Gregorio Hernández de Alba (1946-1950) 

El IEUC fue creado por el Consejo Directivo de la Universidad del Cauca, bajo la dirección de Gregorio Hernández de Alba, con las siguientes funciones:

“Artículo 5.-Créase  el Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca, dedicado a la investigación y a la enseñanza de la Etnología o Antropología Social, especialmente de América, de Colombia y de las regiones que formaron la antigua Gobernación de Popayán.

Artículo 6.-El Instituto tendrá a su cargo la formación y organización del Museo Etnográfico y Arqueológico de la Universidad. Este Museo será la expresión material de las investigaciones en el terreno.

Artículo 7.-El Instituto, para el logro de sus fines, trabajará en conexión con el Ministerio de Educación Nacional –Instituto Etnológico Nacional y Servicio de Arqueología- y prestará su colaboración a instituciones similares de Colombia o de países extranjeros. Los trabajos científicos y de investigación que realice el Instituto se elaborarán en forma que permita su publicación en la Revista de la Universidad del Cauca, en la Revista del Instituto Etnológico y Boletín del Servicio de Arqueología del Ministerio de Educación, o en volúmenes especiales.

Artículo 8.-El Instituto tendrá una Sección Indigenista, destinada a estudiar sistemáticamente los problemas sociales de la población indígena y a buscar soluciones justas y convenientes a los problemas de incorporación nacional del indio a la vida nacional. Esta Sección desarrollará sus labores en colaboración con la Gobernación del Departamento, con el Instituto Indigenista de Colombia, el Instituto Indigenista Interamericano y entidades similares.”

Plan de estudio del IEUC (1946-1948)

A semejanza del IEN, el Consejo Directivo de la Universidad del Cauca aprobó un Plan de Estudio, de dos años, para la formación de etnólogos, que estaba conformado por un conjunto de cursos básicos, acompañados de prácticas de campo, dirigidas por los profesores. El interés primordial del currículo académico era el conocimiento general de la realidad social y cultural americana, más que todo de las poblaciones indígenas, que se particularizaba en el territorio de la antigua Gobernación de Popayán, en un contexto colombiano. La orientación teórica de los contenidos de las materias respondía a una conceptualización internacional de la Etnología, como la “ciencia del hombre” de Rivet, que estudiaba y clasificaba las culturas, con el recurso de tres áreas del conocimiento complementarias: la antropología física, que por intermedio de mediciones antropométricas y de tipos sanguíneos hacía clasificaciones raciales; la lingüística, que recopilaba vocabularios y su fonética, y la historia, de la etapa precolombina, con las investigaciones arqueológicas y del período colonial hispánico, con el recurso de crónicas de la conquista y documentos de archivo. Para los etnólogos indigenistas era importante conocer los procesos de transculturación, religiosa (misiones) y civil, coloniales y modernos, para comprender la situación cultural y política en que se encontraban los pueblos indígenas; conocimientos que eran indispensables para resolver la difícil situación en que vivían, si se estaba pensando en una política de integración al progreso de la modernidad.


Portada del manuscrito original, Namui Misag, nuestra gente, de Gregorio Hernández de Alba (1949).

1949. Hernández de Alba y Francisco Tumiñá Pillimué publicaron el libro “Namuy Misag”.

La realización de un programa escolar en Guambía le dio la oportunidad a Hernández de Alba de concretar sus aspiraciones, de hacer una antropología aplicada. Francisco Tumiñá Pillimué, joven indígena guambiano, había tenido la ocasión de aproximarse, durante tres años, a los trabajos que hacían los etnólogos; al mismo tiempo, como maestro de escuela del resguardo, conocía la importancia de la educación para su comunidad. Además de sus cualidades como educador, Hernández de Alba apreció las actitudes artísticas de Tumiñá, como dibujante; le propuso hacer algo inusual en Colombia, exponer sus dibujos, que expresaban contenidos fundamentales del pensamiento y las costumbres de los guambianos. La exposición se realizó en Galerías de Arte, en Bogotá, con gran aceptación del público asistente y por parte de los medios periodísticos; las imágenes fueron publicadas como libro, acompañadas de textos literarios redactados por Hernández de Alba, basados en transcripciones de tradiciones culturales de Guambía, obtenidas con la participación de Tumiñá Pillimué.


Catálogo de la exposición de dibujos de Francisco Tumiñá Pillimué en Galerías de Arte, Bogotá (1949).

Pensamiento de Francisco Tumiñá Pillimué

Francisco Tumiñá, también tuvo la oportunidad de expresar sus sentimientos, pensamientos e  identidades culturales, en un reportaje hecho por el profesor Henry Valencia, publicado en el diario El Tiempo, el domingo 22 de enero de 1950. Después de leerlo, sin lugar a dudas, podría decirse que es un valioso testimonio indígena, sobre el arte, en el que Tumiñá expresa, de manera sencilla y profunda, la complejidad y fortaleza de su pensamiento:

 “[…] Yo no sé nada de arte y no te voy a hablar de belleza ni de sus leyes. Pero esa es mi gente y por eso cuando me dijeron en el Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca que hiciera unos dibujos de la gente, sus costumbres y sus mitos, me puse con amor a ello, con malicia y con intención, pues por mal dibujados que salgan, el paisaje se ve y se siente, los ranchos se reconocen en medio del papal  y también el Piendamó y sus grandes piedras, que han habitado, desde la boca de los viejos del pueblo, los duendes, Bernanuayes y los espíritus de los muertos. […] Es verdad que el arte de un pueblo indígena es documento necesarísimo para estudiar su vida, sus huellas y grado de evolución. Pero mirá, primero está el hombre y sobre todo en Colombia donde nunca se ha mirado hacia el interior de la tierra ni se ha percibido la belleza de las cosas que se sustentan en el alma y las montañas del país. Vos sabés que aquí no hay unidad racial y pasará mucho antes de que la haya. Y nosotros, los indios, solo hemos sido carne de explotación, diversión de turistas y falsa bandera de nacionalismos llorones que al pasar dejan muy mal sabor en el alma pues nos hacen sentir mucho más destruidos que en aquellos tiempos de los viejos conquistadores. […] Si vos sintieras lo que yo siento cuando los de la ciudad nos insultan llamándonos indios despectivamente, te darías cuenta que es pa volverse un resentido y un amargado. Vos me conocés y sabés que no lo soy. Por eso yo quiero saber y me he instruido. […] Es que aquí en Colombia la gente mira mucho pa Europa y lo nuestro se queda para los locos que se meten con estas cosas del indigenismo y de la Etnología. Guardada relación entre el momento de evolución y grado de intercambio; la escultura sanagustiniana en nada tiene qué avergonzarse de la estatuaria egipcia o caldea. Pero es que el afán de hablar, largo y mal, de lo de afuera, nos tiene perdidos. Parece que nuestra vida se alimenta de aires foráneos en un afán de creerlos más puros. Pero yo no cambio el aire de mis montañas cuando va amaneciendo sobre el páramo. Vos has visto qué bello es eso; me siento siempre tan rico y tan grande cuando lo aspiro a grandes bocanadas y la sangre se me calienta en las venas cuando empiezan a prenderse los fogones en los ranchos. Y eso, ustedes los blancos, lo han olvidado o no quieren verlo.”
                         
 Crisis del IEUC (1949-1950)

Se inició con una reforma académica impulsada por el Consejo Directivo de la Universidad del Cauca que proponía eliminar el plan de estudios de la especialización en Etnología, a cambio de integrarse más a las diferentes carreras de la universidad. La reforma del IEUC tenía un trasfondo político: la violencia partidista en Colombia que se agudizó con el asesinato del líder popular y liberal, Jorge Eliecer Gaitán, el 9 de abril de 1948. La violencia política en el territorio del Cauca afectó directamente al pueblo de Guambía, con el asesinato de dos autoridades indígenas, y con el atentado hecho a la casa de Hernández de Alba, en Popayán. Esta situación insostenible llevó a Hernández de Alba a presentar su carta de renuncia al rector Jesús María Plaza, el 28 de agosto de 1950 y a regresar a Bogotá, al año siguiente.


Julio César Cubillos, fotografía de Héctor Llanos (1975).

5.  Reapertura del IEUC: Dirección de Julio César Cubillos (1955-1960)

Julio César Cubillos (1919-1994) había egresado de la Escuela Normal Superior (1944) y del IEN (1945). Como investigador de este instituto había realizado investigaciones arqueológicas pioneras en Tumaco y en la sabana de Bogotá, en 1950; recibió una beca Guggenheim para hacer estudios de estratigrafía cultural en la universidad de Tucson. Durante su dirección del IEUC (1955-1960) hizo investigaciones arqueológicas y de antropología social en el resguardo de Poblazón y  el barrio popular Alfonso López, de la ciudad de Popayán.


Artículo, “El Dr. Eduardo Santos elogia la vida y la obra de Paul Rivet”, publicado en el diario El Tiempo, Bogotá, 30 de marzo, de 1958.

Fallecimiento de Paul Rivet (1958)

En 1957, en Bogotá, los discípulos de Paul Rivet se enteraron del delicado estado de salud en que se encontraba, en la ciudad de París. Por iniciativa de varios de ellos decidieron hacerle un homenaje con la publicación de un libro especial, en el que se incluyeron ensayos de sus antiguos estudiantes y una semblanza del maestro. El 21 de marzo de 1958 falleció Rivet, lamentable noticia que motivó la publicación de varios artículos, en los principales periódicos capitalinos. De acuerdo con Luis Duque Gómez: “Su vocación científica estuvo polarizada casi por entero hacia el estudio de la integración cultural de Hispanoamérica. Así se explica el afecto entrañable que profesó a estos países, a los cuales vinculó los años más fructíferos de su labor de investigación.” Incansable actividad americanista unida a un compromiso político, como lo escribió Gregorio Hernández de Alba: “Si el profesor Rivet fue un científico, también fue un político que profesó siempre, con valor desafiante, su interés profundamente democrático y su amor, su “loco amor” como decía, por la libertad del hombre, por su convivencia y su paz.”

Crisis y cierre del IEUC (1960): Presupuesto y limitaciones económicas

La creación de los institutos etnológicos regionales, como filiales del IEN, en la década de los cuarenta, se hizo pensando en que serían financiados sus gastos de funcionamiento e investigación, de manera compartida por el IEN-ICAN (Ministerio de Educación) y los respectivos organismos de gobierno regional, departamental y municipal. En el caso de los investigadores extranjeros visitantes, como los del Smithsonian Institution, sus gastos fueron cubiertos por el organismo al que pertenecían, de acuerdo con un convenio bilateral establecido.

Julio Cesar Cubillos, después de un año de haber sido nombrado director del IEUC, el 30 de octubre de 1956, envió al Consejo Directivo de la Universidad un informe de los proyectos adelantados y un modesto presupuesto de $ 14.700, necesario para alcanzar los objetivos programados, para los dos años siguientes (1957-1958). El presupuesto se aprobó parcialmente. El personal del Instituto se redujo al director y a un secretario-dibujante; las excavaciones en el Morro de Tulcán se pudieron hacer, gracias a recursos extraordinarios; la nueva sala-sótano del Museo Casa Mosquera no se pudo ejecutar; los estudios socio-económicos en el resguardo de Poblazón y el barrio Alfonso López se iniciaron, pero no se pudieron continuar, y el carro solicitado, indispensable para todos los proyectos, no fue adquirido por la Universidad.


Excavación en el Morro de Tulcán. Escalera de bloques de adobe, fotografía de Julio Cesar Cubillos (1957-1958). (Archivo Héctor Llanos).


Mercado de Piendamó (s. f.). (Archivo Héctor Llanos). 

Julio César Cubillos, ante la situación antes planteada, continuó sus labores docentes, sin proponer un nuevo plan de investigaciones. Puede ser, que, como se lo dijo en carta a Luis Duque: “Respecto al “aguante”, lo tengo ya en la nuca y esta es la hora en que mis fuerzas económicas empiezan a fallar.” Al año siguiente, 1960, aceptó la propuesta de la Universidad del Valle (Cali), que lo vinculó como profesor de tiempo completo: fundó el Centro de Investigaciones Arqueológicas Regionales con un museo; realizó prospecciones y excavaciones en el Valle del Cauca, y en la región arqueológica de San Agustín, con su colega y amigo, Luis Duque, durante la década de los años setenta.

La renuncia de Cubillos significó el fin del IEUC y su ingreso a la Universidad del Valle anunciaba lo que harían otros compañeros de generación, que también se vincularían como profesores a las nuevas facultades de humanidades o ciencias sociales, para crear  carreras de antropología en varias universidades colombianas, programas académicos que reemplazaron el plan de estudios del ICAN. Las universidades les ofrecieron un nuevo campo de acción profesional  y una mejor situación laboral. A partir de la década de los sesenta se inició la segunda etapa de la antropología en Colombia, que como bien sabemos se caracterizó por la implementación de corrientes teóricas como el Estructuralismo, el Marxismo, el Funcionalismo y la Nueva Arqueología. Paul Rivet perduró en sus condiscípulos, como un recuerdo de gratitud con su maestro, por las enseñanzas científicas y humanísticas recibidas; como un arquetipo de la antropología en Colombia. 

Nota: Este artículo se sustenta en la investigación recientemente publicada: Héctor Llanos Vargas y Oscar L. Romero Alfonso. Memoria recuperada; Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca (1946-1960). Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Bogotá, 2016.  También retoma contenidos del libro: Héctor Llanos Vargas. El árbol genealógico de nuestras identidades culturales. Bogotá, 2010.






jueves, 11 de agosto de 2016

El ser y el devenir de la realidad virtual



Leonardo Pineda, Bruno, Bogotá, 2002


Presentación


Cuando uno realiza un trabajo de investigación y lo publica siente la satisfacción de haberlo logrado; pero esta satisfacción genera una incertidumbre al no saber qué impacto tiene en los lectores; sobre todo, hoy en día, cuando se conoce que los libros sobre papel y con cubierta están perdiendo su protagonismo en la transmisión de información o conocimientos, no solamente por factores económicos (costos), sino, también, porque el mundo de las comunicaciones se ha transformado radicalmente con las redes virtuales. En el año 2011 publiqué el libro El laberinto del eterno retorno en el que acumulé de manera independiente, al no tener un patrocinio institucional, un conjunto de fragmentos de conocimiento producidos en la genealogía de La gran cadena del ser. Historia de una idea (Arthur Lovejoy, 1936) de la tradición occidental, que había unido como eslabones a lo largo de mi experiencia profesional como arqueólogo e historiador.

No se trata de plantear el falso dilema de si hoy en día vale la pena el esfuerzo que significa investigar y editar los resultados obtenidos, o por el contrario, si hay que caer en la tentación de publicar, en los medios electrónicos, breves escritos en los que se expresan opiniones personales. Es un falso dilema porque pienso que la segunda opción es complementaria de la primera. Un libro se escribe con ciertos recursos metodológicos que ayudan a profundizar la problemática tratada, al mismo tiempo que con formalismos académicos necesarios que exigen una lectura y una escritura más pausadas. Un artículo, como este que publico en mi blog, es un escrito más rápido que pude concebirlo como un derivado de la obra publicada. No pretende ser un absurdo resumen, sino, por el contrario, contiene una reflexión particular relacionada con el contenido del libro, que surge con el paso de unos años; por eso, al hacerlo satisfago el deseo de ser más directo, al liberar mi escritura de citas de autores, que me otorgan una autoridad intelectual.

Los medios de comunicación contemporáneos


En la historia de la humanidad la trasmisión del conocimiento ha desempeñado cambios revolucionarios, primero con la invención de las escrituras, que configuró con ideogramas, signos alfabéticos y numéricos o con símbolos jeroglíficos la permanencia material de los antiguos saberes y facilitó el funcionamiento de las culturas; en segundo lugar, con la invención de la imprenta por Gutenberg en el siglo XV, importante mecanismo que contribuyó con el auge de la primera etapa de la modernidad, al ampliar la cobertura e incrementar y facilitar la transmisión individual de los conocimientos, con la circulación de los libros impresos. 

En el presente, las transformaciones tecnológicas de los medios de comunicación a escala global, desde la segunda mitad del siglo XX, han llevado a proponer el inicio de una nueva era llamada digital o de la informática por el dominio de los computadores o procesadores en todas las actividades humanas. No es exagerado decir que el mundo moderno depende de ellos a escala institucional, empresarial e individual; todo está mediado por los computadores constituidos por un software o conjunto de programas informáticos, con instrucciones y reglas que ejecutan actividades relacionadas con la producción y comunicación de conocimientos e información general.

Hablar de computadores implica utilizar la Internet como una gran red universal que asocia varias redes de comunicación de manera intercomunicada, simultánea, interactiva y con alta velocidad (fibra óptica, radio frecuencia, línea telefónica y otras). La Internet integra todos los medios de comunicación modernos: páginas web, transmisión de archivos, conversaciones en línea, mensajería instantánea (correo electrónico, chat), comunicación multimedia (telefonía y  televisión), blogs, redes o portales sociales y canales para el entretenimiento (juegos, música, películas). Las prodigiosas memorias de los ordenadores no solo almacenan millones de datos (escritos, visuales y sonoros), sino que actúan de manera sistemática con algoritmos que determinan el comportamiento de las sociedades. Se puede afirmar que de la Internet depende el funcionamiento de la economía global, los sistemas políticos, religiosos y de cualquier orden cultural, al afectar los discursos ideológicos y los comportamientos emocionales de la población mundial.

En primera instancia la Internet es valorada como el mayor avance científico de los medios de comunicación. Las llamadas redes sociales le posibilitan a millones de individuos, de manera interactiva, llenar el vacío de su soledad con discursos e imágenes en los que explicitan sus ideales, creencias y manifiestan  sus afectos, deseos, pasiones y frustraciones; esto ayuda a explicar la gran acogida y eficacia que han tenido estos medios a escala individual y grupal; importante aceptación que mitiga las ansiedades, generando la homeostasis necesaria en la regulación de los desequilibrios inherentes a la sociedad contemporánea.

La Internet es el mayor logro del antropocentrismo de la modernidad que ha privilegiado el conocimiento científico y sus innovaciones tecnológicas, por su eficacia inmediata que aventaja el efecto producido por las teorías filosóficas y las verdades teológicas dogmáticas. Todavía es difícil medir las consecuencias o cambios que las tecnologías de la informática están produciendo en el mundo; hasta ahora es admirable la libertad que tienen las personas para comunicarse, pero, es bueno no olvidar que del control de los medios de comunicación depende el equilibrio de los poderes locales y mundiales; los grandes avances científicos también han servido para fortalecer la locura del poder, propia de las pasiones humanas.

A diario y de manera permanente durante las 24 horas del día, la radio, la televisión y los teléfonos celulares transmiten información internacional sobre lo que acontece en los campos político, económico y cultural de manera simultánea y acelerada, como si se tratara de la oferta de un supermercado global en el que se venden en línea, como mercancías, discursos ideológicos y estados anímicos. Lo que divulgan los medios de comunicación masiva tiene el poder persuasivo de establecer lo que es la realidad.

Los sucesos se presentan en un mismo horizonte informativo que los relativiza y transforma en una realidad virtual. Los encuentros de los gobernantes de los países más poderosos que se reúnen para tomar medidas económicas de impacto mundial, se transmiten de manera sincrónica en la misma frecuencia en la que se muestran escenas de una catástrofe natural, una guerra o un atentado terrorista, un campeonato de fútbol, la extrema pobreza en que viven los habitantes de un barrio marginal, un concierto de rock, un partido de fútbol, un desfile de modas y un viaje turístico en el que se indican las últimas tendencias de restaurantes y hoteles de lujo, accesibles a un sector social privilegiado. Los hechos se estandarizan al perder la esencia que los diferencia; se transforman en opiniones que se consumen como las avasalladoras pautas publicitarias que  patrocinan noticieros y programas de entretenimiento.  

Antes de la revolución digital, el aprendizaje de normas culturales y conocimientos se llevaba a cabo en un espacio local o regional, con la intervención directa de las personas y los libros impresos como mediadores que establecían la dimensión universal del conocimiento. En la educación tradicional el maestro o profesor transfería su saber al aprendiz o alumno (receptor, sin luz del conocimiento) con silogismos y con el recurso aristotélico de las tres potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad. Ahora, los individuos no necesitan ejercitarlas, porque ellas han sido transferidas a los medios de comunicación y aprendizaje con una tecnología especializada. Las personas no memorizan porque para eso existe el disco duro, la memoria RAM de los computadores que les responde de manera instantánea e induce su voluntad para adquirir un conocimiento.

La enseñanza habitual, unidireccional y encasillada, se transformó en un laberinto, que a diferencia del cretense, tiene muchas entradas y salidas. El internauta corre el riesgo de naufragar o perderse en los pliegues y repliegues de las olas informáticas, al no existir el hilo de Ariadna con el que podría alcanzar el centro del conocimiento verdadero o encontrar la única salida después de dominar al Minotauro y sortear los oscuros pasajes y recodos de su mente; Ariadna (Araña) ha transformado su hilo conductor en la trama y la urdimbre de una red de comunicaciones virtuales, que teje y desteje de manera permanente.

El tiempo y el espacio

El tiempo y el espacio son dimensiones inmanentes al cosmos y la naturaleza porque todo lo que tiene un principio se transforma y tendrá un fin. En la tierra todos los seres orgánicos, animales y vegetales, perciben el espacio y el tiempo porque son los elementos físicos de los ciclos vitales que se reiteran desde su origen en un mar primigenio: todo organismo unicelular o pluricelular que nace se desarrolla, reproduce y muere en un determinado ecosistema; nacer para luego morir es el tiempo biológico; la vida y la muerte dependen del tiempo climático, de un ciclo estacional variable que es la interacción de elementos físicos y químicos, terrestres y atmosféricos, que hacen parte de la dimensión astronómica del sistema solar, y que son determinados principalmente por la atracción gravitacional  mutua del sol y la luna con la tierra, que se protege con su campo magnético. Los organismos compiten para sobrevivir, adaptándose a un espacio natural y durante el tiempo que dura su ciclo vital. El tiempo de la evolución de la vida en la tierra está inmerso en el periplo solar, que a su vez hace parte del espacio ilimitado de la energía oscura del universo, donde el tiempo se desplaza a la velocidad de la luz.

Los animales sienten el espacio y el tiempo de diversas maneras, pero la única especie que toma conciencia de ellos es la humana; de ahí la necesidad que ha sentido, desde la aparición de los primeros homo sapiens, de explicarlos, medirlos o controlarlos. El tiempo y el espacio como creaciones culturales han tenido múltiples interpretaciones mágicas, religiosas, filosóficas y científicas. Desde épocas prehistóricas, las sociedades humanas han comprendido que los ciclos de la vida terrestre eran el tiempo inscrito en una dimensión espacial astronómica; que el día depende del sol y la noche de la luna y otros astros. En este sentido el espacio y el tiempo siderales dieron origen a las cosmovisiones o pensamientos míticos, a las astrologías en las que los fenómenos climáticos y los astros principales fueron sacralizados por ser energías poderosas de las que dependía la sobrevivencia; el espacio y el tiempo míticos fluyen a partir de su creación por los dioses o padres originales que en el principio llenaron el vacío de la nada o determinaron y ordenaron el caos existente.

Con la observación del espacio celeste se estableció el devenir de los astros o estrellas, la regularidad de sus desplazamientos y su vinculación a los cambios climáticos en la tierra, creando calendarios solares, lunares y venusinos, en los que se ritualizaban los registros siderales, las etapas de transformación del cosmos, el tiempo de la creación de los seres vivos y  de los fenómenos que se dan en la tierra.

En la antigua Grecia algunos pensadores presocráticos empezaron a observar la naturaleza y a dar explicaciones lógicas sobre la materia animada e inanimada, diferentes a las de los relatos míticos, en los que intervenían los dioses. Sus deducciones dieron origen a la filosofía en la tradición occidental, ciencia del logos que se estructuró como un corpus teórico con Sócrates, su discípulo Platón y luego con Aristóteles. La filosofía significó la potencialización creativa de la mente, la separación del mundo físico del metafísico, del ser humano de su entorno natural; la diferenciación (fragmentación) del cuerpo como realidad material (mortal) y del alma como mundo ideal (inmortal); del  ser como pensamiento, como espacio de las ideas y conceptos que perduran a diferencia del devenir, de los fenómenos o hechos que son realidades temporales, perecederas.

La mitopoesía y la danza de tiempos arcaicos integrantes de la sabiduría chamánica y el culto dionisíaco, como coro ditirámbico, se transformaron en la tragedia, la puesta en escena apolínea en la que además del corifeo dialogan algunos actores que representan dioses, héroes o  seres humanos que no pueden liberarse de un destino trágico. El tiempo y espacio de lo cantos de la Ilíada y la Odisea fueron escritos por Homero transformándolos en mitología; los mitos, fueron considerados por Aristóteles como relatos imperfectos por no ser producidos por la razón, y fueron desplazados por la filosofía como ciencia amiga de la verdad que explica la realidad, con argumentos lógicos. Las ideas, de acuerdo con Platón, por trascender todos los entes, son realidades inmateriales, increadas, eternas e inteligibles que constituyen la esencia de todo lo que existe. La realidad sensible es material y existe como proyección imperfecta de las ideas. El ser humano esta compuesto de una parte material (cuerpo), sensible y corruptible, que deviene, y una sustancia espiritual (alma), indivisible, eterna, con funciones cognitivas y virtudes que animan al cuerpo. El Dios creador del universo (Demiurgo) contempla las ideas y las utiliza como modelos para crear las cosas, y establece las clases de seres en el mundo sensible y temporal.

En la antigüedad, la historia era una secuencia de hechos propios de cada civilización, como en el antiguo Egipto donde está asociada al poder sagrado de los gobernantes, a una genealogía de dinastías, en las que con el recurso de la escritura y una cronología jeroglíficas talladas en las rocas de santuarios y monumentos se dejó constancia de sus grandes empresas. Estas historias políticas y militares tenían un carácter religioso no solamente porque se iniciaban con el acto divino del génesis de todo lo existente, sino, además, porque los reyes o emperadores eran descendientes de los dioses creadores o tenían una investidura divina, que los autorizaba para mandar en sus territorios y que dependía de una clase sacerdotal que le rendía culto a las divinidades en grandiosos templos.

En la Grecia antigua, los primeros historiadores como Heródoto consideraron que el pasado de una civilización extranjera o bárbara se podía indagar visitando su ruinas y preguntándole a los habitantes por el origen de su construcción y su posible significado. En este sentido la historia eran relatos conservados por una tradición oral (leyendas) que se escribía al lado de observaciones y descripciones de las costumbres nativas que le llamaban la atención al viajero; más que una secuencia cronológica de hechos era una descripción cultural y etnocéntrica, en la cual el pasado estaba vivo en el presente.

La historia sagrada del Antiguo testamento es la memoria del pueblo judío, de la revelación divina que luego se integró a la vida, pasión y muerte de Jesucristo como Dios e hijo de Dios encarnado, a sus enseñanzas morales narradas por los apóstoles (Nuevo testamento), surgiendo la religión monoteísta cristiana que propone una historia humana y sagrada al mismo tiempo, con una proyección teleológica, de redención y salvación, que tiene un fin apocalíptico, el triunfo del reino de Dios, al final de los tiempos. Los padres de la iglesia medieval se encargaron de transformar los misterios cristianos en verdades dogmáticas, aceptadas por la fe con el recurso de la razón, constituyendo la filosofía Escolástica; ontoteologìa establecida como el único credo verdadero, que justificó la destrucción de las antiguas religiones por ser calificadas como paganas o idolátricas, al rendirle culto a falsos dioses.

La Escolástica contiene entre sus principios doctrinales la existencia de un ser humano constituido por un cuerpo como realidad material y mortal, de naturaleza diferente al alma como presencia divina inmortal; la humanidad tiene un origen sagrado y un devenir controlado por Dios y con un fin espiritual predeterminado, que de acuerdo con Agustín de Hipona es alcanzar la ciudad celestial. El Cristianismo, a diferencia del Judaísmo y las religiones politeístas del mundo antiguo, se definió como una religión universalizante que debía expandirse e imponerse a todas las culturas, marcando el comienzo de una historia universal dividida en dos grandes épocas, con un referente religioso: antes de Cristo (a. de C.) y después de Cristo (d. de C.). 

A partir del siglo XV en Italia, el renacimiento de los textos antiguos de los filósofos y tratadistas greco-romanos, el descubrimiento de ruinas arquitectónicas y obras de arte de la antigüedad clásica fomentaron un ambiente intelectual propicio para el impulso de una filosofía racional moderna, y de una ciencia experimental, con cálculos matemáticos y observaciones telescópicas de los astros que llevaron a la creación de una nueva Astronomía, ciencia que desplazaría el geocentrismo medieval, al reemplazarlo por un modelo heliocéntrico; revolución copernicana que replanteó la cosmología aristotélica y la exégesis escolástica de las sagradas escrituras.

La tierra al dejar de ser el axis mundi del universo y girar alrededor del sol como otros planetas fortaleció la propuesta de un tiempo astronómico y fomentó el desarrollo de nuevas teorías físicas, como la de Newton, que propuso la ley de la gravedad y explicó el movimiento de los astros inscritos en la armonía de una ley gravitacional. Las cronologías de reyes y emperadores que se remontaban a los libros sagrados bíblicos, de profetas que revelaban la venida de Jesucristo como redentor de la culpa del pecado original y anunciaban un devenir teleológico se relativizaron como asuntos de fe religiosa, al generarse la apertura de una mirada hacia un universo real, de magnitudes temporales y espaciales conocibles. Los relojes solares y las clepsidras fueron opacados por las observaciones astronómicas que se podían lograr con aparatos de medición celeste y con el perfeccionamiento de los relojes de engranajes y péndulo de gran precisión mecánica. El tiempo y el espacio astronómicos como realidades científicas fueron el soporte de pensamientos filosóficos modernos, en los que los fenómenos naturales se podían definir y comprobar con procedimientos experimentales, que servían para deducir leyes mecánicas, independientes de aspectos religiosos o mágicos, y sobretodo, con una validez universal.

En los albores de la modernidad occidental, la separación entre el ser y el devenir establecida por los filósofos de la antigua Grecia y dogmatizados por el cristianismo, se mantuvo como algo fundamental. Lo nuevo o moderno fue la desviación o separación establecida por la ciencia nueva que sin pretender rechazar las verdades cristianas se atrevió a conceptualizar la naturaleza y el universo como realidades materiales que se podían conocer empíricamente, más allá de su origen divino. Los científicos pensaron que no se oponían a las autoridades eclesiásticas porque ellos estaban investigando la parte corpórea u orgánica de los seres naturales y no el mundo sobrenatural de lo divino, de los ideales neoplatónicos y de los valores espirituales de la moral cristiana, que estaban controlados por los teólogos. Los pioneros de la ciencia a partir del siglo XVII así como se inventaron el telescopio para indagar los misterios del cielo, también construyeron los primeros microscopios ópticos para ir más allá de lo que el sentido de la vista les permitía  apreciar de las formas y empezaron a descubrir los elementos de un micro universo con el que terminarán explicando la vida de los seres orgánicos y las estructuras de las cosas inorgánicas, conocimientos que se perfeccionarán en los siglos posteriores con los avances tecnológicos de la óptica que aumentarán el campo de visión de los lentes.

Entre los siglos XVIII y XIX se multiplicaron los viajes científicos alrededor del mundo para obtener conocimientos que consolidaron las teorías de las nuevas ciencias de la naturaleza, la Cartografía, la Botánica, la Zoología, la Mineralogía, la Medicina, la Astronomía y se despertó un interés por explicar la historia de la tierra con estudios geológicos y paleontológicos que empezaron a descubrir que la naturaleza no era inmutable, desde su creación divina, que se había transformado de manera permanente en un tiempo geológico, generando preguntas con respuestas diferentes a las dadas en los textos sagrados del Antiguo testamento.

El siglo XIX fue un período histórico de grandes cambios sociales, económicos, políticos, jurídicos, artísticos y científicos. Con la revolución francesa, el antiguo y despótico régimen monárquico entró en crisis y fue suplantado por los estados nacionales y los gobiernos democráticos que implementaron el sistema económico capitalista fortalecido con la revolución industrial. Las nuevas generaciones de escritores además de expresar un sentimiento romántico también escribieron sobre una realidad social conflictiva, no idealizada; los filósofos hablaron del derrumbe de los valores filosóficos y morales de la tradición occidental y sintieron la necesidad de encontrar el origen filológico de esta crisis, ya sea en la Grecia antigua o en los excesos espirituales y emocionales barrocos; los artistas se atrevieron a rechazar la estética impulsada por las academias de bellas artes que imponían los cánones ideales del clasicismo y crearon de manera irreverente lo que hasta ese momento no se había permitido.

Las ciencias naturales y sociales se consolidaron durante el siglo XIX con el desarrollo de las teorías del positivismo filosófico. El hallazgo de curiosos artefactos de piedra que definitivamente fueron tallados por seres humanos y no producto de fenómenos atmosféricos, unido al gusto ilustrado de coleccionar antigüedades y curiosidades en gabinetes, trajo como consecuencia otra ruptura con el mundo escolástico: los investigadores descubrieron que el ser humano, como máxima creación divina, con un alma inmortal, no había permanecido inmutable, lo mismo que los demás organismos naturales. Estos hallazgos fortalecieron el poder filosófico de la ciencia experimental que se incrementó cuando Lamarck propuso la evolución de las formas de vida, teoría que posteriormente Darwin demostró con sus postulados sobre la selección natural como formas de adaptación; entre las especies que evolucionaron estaba la de los homínidos. Los arqueólogos con la ayuda de geólogos y paleontólogos se vieron abocados a proponer una periodización no causada por el diluvio universal de la Biblia, sino identificada con los instrumentos líticos tallados por seres humanos; o sea, la existencia de una edad de piedra (paleolítico y neolítico) anterior a la historia de las antiguas civilizaciones que por eso llamaron prehistoria o historia primitiva, durante la cual las culturas evolucionaron desde los estadios de salvajismo y barbarie hasta alcanzar la civilización.

Por situaciones históricas de carácter colonial y razones científicas, hoy en día, los países se encuentran en condiciones de desigualdad social, económica y política. La revolución industrial europea fue el resultado del impulso dado a las ciencias experimentales que produjeron grandes descubrimientos físicos y químicos que se aplicaron de manera mecánica en nuevas fábricas. En esta primera revolución industrial (siglos XVIII-XIX) se realizaron cambios en los medios de comunicación (barcos y locomotoras a vapor y luego con motores eléctricos), que transformaron el sistema señorial en una estructura de clases sociales modernas conformada por el proletariado (campesinos pobres y obreros) y la burguesía, dueña de los medios de producción y por lo tanto de las rentas de capital; cambios acompañados de un crecimiento demográfico que no se ha detenido hasta el presente.

En el siglo XIX y durante el XX se elaboraron nuevas teorías científicas y se  efectuaron importantes descubrimientos, que con sus aplicaciones tecnológicas cambiaron las maneras de vivir y de comunicarse los seres humanos, a escala global: las teorías de la electromagnética, la relatividad y la energía atómica; la electricidad, la radio, la telefonía, la fotografía, la cinematografía, el fonógrafo, la computadora, la televisión, la aeronavegación, las naves y los satélites de comunicación espacial.

En un principio se pensó que las máquinas iban a desplazar la mano de obra, pero esta mirada romántica fue desdibujada por la economía capitalista industrializada que estableció unas reglas más complejas en los procesos de explotación de materias primas, de producción de mercancías y de comercialización de las mismas, estrechamente vinculadas al crecimiento poblacional (sociedad de consumo). En su etapa inicial la revolución industrial tuvo un distintivo nacional, que diferenció a los países más ricos o desarrollados por su economía industrial, de los más pobres o menos industrializados, antiguas colonias de aquellos.

Con el avance de una economía capitalista se han conformado empresas con capitales que trascienden las fronteras nacionales, ya sea para explotar recursos naturales que obtienen de otros países, llamados en vías de desarrollo, precisamente porque su economía de mercado depende más que todo de la exportación de materias primas y productos agropecuarios, y del consumo de las mercancías exportadas por los países desarrollados. La globalización económica y política ha profundizado la brecha existente entre el desarrollo de los países más ricos y los más pobres. En el presente la economía capitalista se fortalece no solamente con la explotación directa de riquezas naturales, sino que ha impuesto unas cadenas de producción industrial con empresas localizadas en los países más pobres, que así como abaratan los costos de producción (salarios miserables y condiciones de vida infrahumana), también aumentan las ganancias en la comercialización de las mercancías. La estabilidad social y política del mundo no depende solamente de los procesos y relaciones sociales de producción, del crecimiento económico, de la balanza de las importaciones y exportaciones, del producto interno bruto, de los salarios e impuestos, sino también de las rentables empresas transnacionales o sistema bancario, con grandes capitales, que a diario incrementan sus rentas, por intermedio de un recurso indispensable, las deudas públicas y particulares, que necesitan los gobiernos, las empresas privadas y los ciudadanos.

Comentario final: El tiempo y el espacio de los computadores

Las teorías filosóficas universalizantes han sido cuestionadas y han quedado subordinadas al poder económico y político de las ciencias modernas. De todos los avances científicos sobresalen los relacionados con los medios de comunicación con su tecnología digital que ha creado una realidad virtual en la que confluyen el ser y el devenir de la tradición occidental. En ella las coordenadas espacial y temporal se han reducido a una secuencia de instantes, en los que se expresan de manera permanente los pensamientos y comportamientos humanos. De lo que sucede en la realidad virtual depende el funcionamiento del mundo exterior a ella.

Otro aspecto sobresaliente de la Internet es la inmensa oferta que ofrece a las nuevas generaciones para satisfacer el mundo de los sentidos. Es una oferta en la que el consumidor participa de manera interactiva, que lo hace sentir como actor de un proceso (virtual), que impacta sus emociones de manera instantánea, pero, sin ser muy consciente de los elementos subliminales que lo predeterminan a actuar. Como era de esperarse los más atendidos son la vista y el oído, con videos, películas, fotografías, música y con el gran potencial de los juegos interactivos que hacen perdurables las fantasías infantiles y los deseos adolescenciales. El tacto interviene de manera permanente por intermedio de las yemas de los dedos que activan en las pantallas las entradas a todas las aplicaciones recreativas; el olfato y los sabores, hasta ahora son los más limitados, aunque de manera indirecta se satisfacen con imágenes provocativas. Todos estos goces son virtuales y tienen un papel muy importante como alternativa subliminal de los placeres corporales, que producen efectos en los estados anímicos y que pueden canalizar las tendencias obsesivas o los trastornos maníacos.

En síntesis, es posible plantear que la sociedad de la revolución informática se puede considerar como la culminación de un proceso histórico milenario. El ser y el devenir, la ontología y la fenomenología, como fundamentos de los pensamientos filosóficos occidentales se han logrado integrar en la Internet como una compleja red de comunicaciones que define y representa lo que es la realidad en la que actúan los seres humanos, con todos sus discursos ideológicos y estados emocionales. El ser ya sea como lo que hay o existe, como vida, como naturaleza; el ser como la idea de realidad inmaterial, absoluta e inmutable; el ser como sustancia compuesta de materia y forma o el ser como tiempo en tanto se da en un horizonte temporal han sido sustituidos por el ser de la realidad virtual en donde todo puede existir. De igual manera, el tiempo histórico como pasado-presente-futuro; el tiempo teológico, eterno e inmutable; el tiempo geológico y astronómico originado en el Big bang y como el eterno presente de los mitos, han sido integrados en la dimensión temporal de la Internet. En la actualidad, la vida cotidiana de millones de seres humanos depende de una realidad virtual en la que el tiempo se consume como una secuencia de instantes, con efectos inmediatos. 

Los medios de comunicación informáticos han desplazado a un segundo plano la importancia de los conceptos universales de los discursos filosóficos y desautorizado las verdades dogmáticas religiosas. El Demiurgo de Platón, como idea suprema y eterna, creador, determinador y clasificador de todo lo existente, ha sido sustituido por el conocimiento científico moderno, teórico y experimental, deductivo e inductivo, que transforma la realidad con sus aplicaciones tecnológicas en todos los campos del saber, al mismo tiempo que genera los poderosos medios de comunicación global, la realidad virtual, que contiene toda las expresiones de las actuaciones humanas y de la que depende el funcionamiento, la permanencia o desaparición, los desequilibrios o equilibrios de las sociedades y la naturaleza. Este gran poder está en manos de grandes empresas que manejan las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC), y de las industrias que desarrollan avanzadas aplicaciones tecnológicas, con justificaciones comerciales, como es de esperarse en una economía capitalista.

La concentración de información de los usuarios de la Internet en las memorias de los computadores, generan las big data (datos masivos), que están siendo aprovechados de muchas maneras por organismos oficiales y privados, con intereses científicos, políticos y económicos. Hoy en día ya no se necesitan las encuestas  para obtener estadísticas de los comportamientos humanos, públicos y privados, porque esta información se encuentra en las big data en las que se almacenan billones de datos o registros permanentes de muchas clases de información de los usuarios de los computadores. A partir de estos registros es posible identificar patrones que se pueden sistematizar con algoritmos estadísticos con la finalidad de prever, pronosticar o predecir los fenómenos naturales y los comportamientos sociales. La informática, por la eficiencia de sus aplicaciones que satisfacen necesidades institucionales e individuales, es cada vez más aceptada, al poderse controlar electrónicamente; de hecho están transformando al mundo.

La informática se puede concebir como una panacea global que puede curar todos los males y prolongar la existencia; pero no hay que olvidarse que así como existe la entropía en la física y la química, en la lingüística y la informática, también en la naturaleza y los comportamientos humanos hay tendencias al caos, al desequilibrio, que son precisamente las energías o fuerzas que generan la dinámica contradictoria del cambio. Los sistemas computarizados ofrecen la seguridad de los sistemas matemáticos, pero también ya se conoce de la existencia de los virus informáticos, de sus consecuencias desastrosas y de los hackers, además del reto que tienen las comunicaciones para enfrentar los cambios de las radiaciones solares y del campo magnético que protege la tierra.

Así como hay hackers que como ciudadanos del mundo defienden e impulsan la apropiación social de las tecnologías, de la creación de un software de libre acceso colectivo, también hay los especializados en invadir las memorias institucionales o privadas, para espiar sus contenidos, como piratas de la informática o como  personas heroicas que se atreven a denunciar manejos políticos y económicos perversos que justifican las ambiciones del poder encubiertas por los gobiernos. Estas vulnerabilidades llevan a los que controlan el poder a pensar en colocar medidas restrictivas o de control a las libertades de la internet, como sucede con la radio, la televisión y los periódicos impresos.

La realidad virtual es un pozo sin fondo o un gran espejo laberíntico en el que se contiene o refleja la realidad. Por su complejidad tecnológica y su carácter interactivo pareciera caótica, en cuanto no existe una sola ruta de comunicación, pero esto no es así, porque la Internet al estar computarizada no es una rueda suelta, sino que puede ser sistematizada con procedimientos matemáticos que producen efectos de cualquier orden en la realidad. La información no se divulga de manera aleatoria como pareciera; un observador atento puede apreciar que hay una jerarquía de valores, en la que los temas económicos y políticos son dominantes, lo mismo que actividades recreativas como los deportes que se transmiten todo el tiempo, sobre todo la gran empresa del fútbol que apasiona cada vez más a hombres y mujeres de todas las edades. Esa libertad de comunicación de múltiples conocimientos y de expresión de estados anímicos puede ser controlada. En este sentido, por su temporalidad y espacialidad del aquí y el ahora, de la opresora o liberadora inmediatez, puede estar generando un ser humano menos reflexivo, cada vez más ideológico y sensorial; su individualidad puede ser predeterminada y masificada de manera eficiente e inscrita en una economía globalizada que también impulsa de manera sistemática, la libertad de acción de acuerdo con los intereses controlados por sectores empresariales de la población mundial. Este  modelo económico es dominante al imponerse y condicionar la autonomía política y social internacional.

La paradoja moderna de la sociedad actual es muy atractiva. Al mismo tiempo que las avanzadas aplicaciones tecnologías en los medios de comunicación han liberado los tradicionales límites en la trasmisión de conocimientos y de informaciones polifacéticas, los internautas debido a la inmediatez y limitación espacial de su escritura en las redes sociales y a la libertad de hacerlo sin censuras, las están aprovechado para expresar sus posiciones ideológicas asociadas a estados emocionales, sin mayores contenidos reflexivos. Por eso, los miles de mensajes que se producen en dichas redes están impregnados de subjetividad con fines políticos, sin mayor control, que producen efectos inmediatos. Los avances científicos están impulsando la masificación de los discursos ideológicos afines a la lucha por el poder en la desigual y conflictiva sociedad contemporánea.

Hasta el presente se puede constatar que los medios de comunicación son indispensables para el crecimiento económico por su eficacia, inmediatez y carácter competitivo internacional, lo que favorece las transacciones en mercados directos y en las bolsas de mercado de acciones y la comercialización de toda clase de productos. Lo cierto es que las riquezas del mundo está en manos del 1% de la población mundial y que la miseria y los conflictos bélicos, con trasfondos económicos, se han agudizado; que la pobreza en la tierra se ha incrementado; que el consumo acelerado de los recursos naturales está contribuyendo con la contaminación de la tierra con basuras y desechos radioactivos y de la atmósfera, con desequilibrios climáticos que de hecho son catastróficos. Los constantes y atroces hechos criminales, las guerras y los actos terroristas ahora se perciben o manipulan ideológicamente en los medios de comunicación, como si fueran proyecciones cinematográficas, que paradójicamente, aunque impactan la memoria, dejan de horrorizar cuando se termina la representación.

Las modernas redes de la informática así como ofrecen las mayores libertades de comunicación hasta ahora alcanzadas, también hacen pensar en los cambios que están produciendo en el mundo; hacen recordar las ficciones sociales distópicas creadas por escritores que reflexionaron sobre lo que podría ser la sociedad contemporánea; Aldous Huxley con su irónica ficción de Un mundo feliz (1932); Herbert Marcuse quien pensó en las consecuencias del consumismo y la cosificación de El hombre unidimensional (1964), y George Orwell, que en su visionaria novela 1984 (1949), destaca el poder del Gran hermano o hermano mayor, que controla un lenguaje absoluto con el que sustenta su poder totalitario. Una bella metáfora que resume magistralmente la trascendencia de los medios de comunicación es la secuencia de cuadros simbólicos de la creación cinematográfica, 20001: Odisea del espacio (1968), con los que Stanley Kubrick recrea la evolución de la especie humana en una dimensión planetaria, que se remonta a los gestos agresivos y sonidos guturales de primates, antepasados remotos de los astronautas que luego de una gran elipsis temporal y espacial viajan en el universo gracias a HAL 9000, una supercomputadora que controla el funcionamiento de la nave, y que en un momento dado con su gran inteligencia artificial intenta dominar a los científicos que la han creado. Definitivamente los seres humanos han desarrollado poderosos medios de comunicación, analógicos y digitales, sagrados y profanos, lenguajes orales, escrituras alfabéticas, jeroglíficas y códigos computarizados, de los cuales ha dependido y depende la supervivencia de la vida en la tierra.