domingo, 25 de junio de 2017

SENTIDOS DE LA HISTORIA DE LA ANTROPOLOGÍA EN COLOMBIA

Héctor Llanos V. y Oscar Romero A., Memoria recuperada, Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca (1946-1960), ICANH (2016)


Presentación

La realización del proyecto Memoria recuperada, Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca (1946-1960), publicado por Instituto Colombiano de Antropología e Historia (2016), ha sido una experiencia que permite hacer una serie de reflexiones sobre la historia de la antropología en Colombia, en su etapa inicial. Más o menos desde el año 2000 se nota una tendencia que indaga esta problemática, con diversos enfoques, ya sea de carácter biográfico o institucional.

El soporte objetivo de este trabajo historiográfico ha sido el archivo del Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca creado en 1946, como una filial del Instituto Etnológico Nacional. Aquel instituto tuvo una corta existencia hasta el año 1960, período en el que fue dirigido por Gregorio Hernández de Alba, su fundador (1946-1950), y luego, después de unos años de receso, por Julio Cesar Cubillos (1955-1960).

El archivo del Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca está conformado por informes de actividades académicas y científicas, inventarios de las colecciones arqueológica y etnográfica, artículos de divulgación periodística, publicaciones y cartas de intercambio de los directores con colegas nacionales y extranjeros. Es un conjunto de documentos que a pesar de su carácter oficial expresan posiciones teóricas, aspectos subjetivos y posiciones ideológicas de pioneros de la antropología. La breve historia de este instituto es interesante porque en ella se aprecian los comienzos del ejercicio profesional de la antropología en Colombia, sus fundamentos conceptuales y sus proyecciones sociales y políticas. Recuperar la memoria de ese pasado es indispensable para comprender los cambios que están produciendo las nuevas generaciones de antropólogos.

Antropología e identidad cultural nacional

En Colombia, como en otros países hispanoamericanos, en el siglo XIX, los criollos establecieron gobiernos republicanos después de lograr la independencia de la monarquía española. La independencia política no significó una ruptura con la tradición cultural colonial. En la nueva república se constituyó un sistema social en el que subyacen discriminaciones raciales y culturales propias del sistema colonial de castas: blancos criollos, mestizos, indios, negros, pardos, mulatos y zambos. Las personas, ricas o de escasos recursos económicos, por tener rasgos físicos blancos tenían un estatus superior. Los blancos criollos, descendientes de españoles y mártires de la independencia, mantuvieron los privilegios económicos de sus antepasados, como una clase social ilustrada que se consideraba la indicada para gobernar el país. Los demás grupos raciales permanecieron en una condición marginada, de pobreza y segregación cultural, que de acuerdo con las autoridades civiles y religiosas todavía necesitaban ser civilizados, por parte de las misiones católicas. Para los conservadores, como Sergio Arboleda, el modelo ideal era la configuración de una República española, y para los liberales, como José María Samper, la creación de una Democracia mestiza de hispano-colombianos. El blanqueamiento todavía se pensaba como el procedimiento más indicado para adquirir un ascenso social. La mayoría de los ciudadanos  no sabían leer ni escribir, y por lo tanto la educación superior estaba circunscrita al sector social de los privilegiados.



Tipos blanco, mestizo y zambo de Santander, Comisión Corográfica (1951)

En la Constitución centralista de 1886 se estableció que Colombia era una república católica, que tenía el español como lengua nacional. De esta manera, se subvaloraban las lenguas, las creencias mágicas o religiosas y las costumbres que no eran de origen hispánico. Por eso, en la década de los años veinte del siglo XX, los intelectuales y políticos todavía discutían si existía una decadencia social como consecuencia del cruce de razas y si era posible crear una cultura nacional.

El establecimiento de un estado republicano conllevó la necesidad de escribir una historia patria. Durante la hegemonía de los gobiernos conservadores, en el año 1902, se fundó la Academia Nacional de Historia, cuyos miembros se encargarían de escribir la historia oficial de Colombia; hecho que se concretó con motivo de la celebración del centenario de la independencia, en el año 1910. Uno de los actos conmemorativos consistió en hacer un concurso con tal finalidad; el texto ganador fue  Historia de Colombia, escrito por los miembros de número de dicha academia, Jesús María Henao y Gerardo Arrubla. El trabajo premiado se convirtió en el texto oficial para la enseñanza secundaria de la historia patria, desde el momento de su publicación en 1911 y a lo largo de la primera mitad del siglo XX. En esta obra, la historia de Colombia se inicia con el capítulo El Descubrimiento en el que lo más importante son los cuatro viajes de Cristóbal Colón, su vida y obra, su muerte y la autenticidad de su tumba y restos mortales. En este capítulo, de manera rápida se hace referencia a la posibilidad de que hayan existido viajes anteriores a los de Colón, desde la hipótesis que supone la existencia de la legendaria Atlántida, referida en los diálogos de Platón; y se acepta la llegada de navegantes escandinavos a la América del norte. El segundo capítulo de la obra esta dedicado a esclarecer los orígenes de los primitivos americanos, a partir del principio de la unidad de la especie humana escrito en el Génesis de Moisés. Para sustentarlo se acepta la teoría científica del paso por el estrecho de Bering, de tribus de raza mongólica, procedentes de Asia, lo que permite concluir, como lo más verosímil, que los primitivos habitantes de américa pertenecen a la gran raza semítica.



Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia (1911) 


Cristobal Colón alza la cruz en el nuevo mundo (1952)

En la Historia de Henao y Arrubla perduran conceptos de los tiempos de la Ilustración cuando se habla de pueblos civilizados, bárbaros y salvajes; se acepta que en América se desarrollaron civilizaciones precolombinas: los mexicanos, los mayas, los quechuas y los aimaras, que desaparecieron en la hecatombe de la conquista española. En el caso colombiano, los civilizados eran los muiscas o chibchas del altiplano cundiboyacense. Llama la atención que la orfebrería y las monumentales ruinas arqueológicas también se valoraban como propias de una sociedad civilizada: los caminos taironas de la Sierra Nevada de Santa Marta, las columnas de piedra de El Infiernito (Villa de Leiva) y Ramiriquí, y sobre todo, los monolitos y adoratorios de piedra de San Agustín.  Tanto los valiosos objetos de cerámica y oro como las ruinas monumentales eran vistos como patrimonio histórico, que luego, será coleccionado en museos oficiales, investigado por científicos y  protegido por leyes nacionales.

Lo que sucedió después de la conquista no era tema de investigación de los arqueólogos porque eran hechos que serían investigados por los historiadores, con base en fuentes escritas. La historia americana se fracturó, en un antes y en un después de la llegada de Cristóbal Colón, en una etapa precolombina y en otra colonial y republicana, reiterándose la tradición Occidental: AC. y DC. Esta escisión historiográfica fue uno de los problemas que afrontaron los pioneros de la antropología y la arqueología que egresaron del Instituto Etnológico Nacional, en la década del cuarenta, del siglo XX. Los arqueólogos empezaron a descubrir que  las culturas indígenas tenían una historia milenaria e independiente de la tradición Occidental; los etnólogos se interesaron por la problemática situación en que se encontraban los indígenas modernos, como resultado de la colonización española que había sometido y adoctrinado a sus antepasados prehispánicos.

Antropología social e indigenismo en los años cuarentas y cincuentas

En la década de los años treinta del siglo XX se produjeron cambios en la política nacional educativa, regentada hasta ese momento por la iglesia católica. Los gobiernos de la llamada hegemonía liberal (1930-1946) fomentaron una educación laica y moderna basada en las ciencias naturales y sociales. Con tal fin, en 1936 se fundó la Escuela Normal Superior con un destacado grupo de profesores nacionales y extranjeros, expertos en la investigación y en la docencia. En 1941, como una dependencia de esta normal, se creó el Instituto Etnológico Nacional, por parte del americanista francés Paul Rivet (1876-1958) y el antropólogo colombiano, Gregorio Hernández de Alba (1904-1973). Como se impulsaba una cobertura nacional, se crearon filiales regionales del Instituto Etnológico Nacional bajo la dirección de profesores y egresados del mismo: Servicio Etnológico de la Universidad de Antioquia, en Medellín, con Graciliano Arcila (1945); Instituto Etnológico del Magdalena, en Santa Marta, con Gerardo Reichel Dolmatoff y Alicia Dussán de Reichel (1946); Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca, en Popayán, dirigido por Gregorio Hernández de Alba (1946) y el Instituto de Investigación Etnológica de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla, con Aquiles Escalante (1947).







Publicaciones del Instituto Etnológico Nacional

Con la etnología, el estado colombiano pretendía construir el imaginario de una identidad cultural nacional en la que coexistirían lo hispánico y lo aborigen americano; objetivo que se alcanzaría rescatando el patrimonio aborigen prehispánico y reconociendo las culturas indígenas que habían logrado sobrevivir. En menor proporción, se tenía en cuenta la historia de las  poblaciones negras, sus costumbres y pensamientos de origen africano, que fueron reivindicadas por los pioneros Aquiles Escalante, egresado del Instituto Etnológico Nacional y Rogerio Velásquez, del Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca. 



Revista del Instituto de Investigación Etnológica de la Universidad del Atlántico, volumen IV, número 6 (1955)


Aquiles Escalante, La minería del Hambre (1971)


Rogerio Velásquez, Ensayos escogidos (2010)

La misión gubernamental de crear una cultura nacional fue encargada a los primeros antropólogos, quienes, como expertos, entraron en contacto con una realidad con desarrollos sociales y culturales complejos y desiguales. Las comunidades indígenas y de origen africano estaban reducidas a una condición marginada  y de pobreza como resultado de un proceso histórico en el que habían sido discriminadas, racial y culturalmente, desde los tiempos de la conquista española, en el siglo XVI, cuando fueron, respectivamente, sometidas a servidumbre y esclavitud. Si bien, muchos de los pueblos indígenas y negros habían vivido un proceso de mestizaje, existían otros que por habitar en territorios selváticos de difícil acceso, habían conservado en mayor proporción sus costumbres ancestrales, sus formas de organización comunitaria, sus pensamientos y rituales religiosos tradicionales. Los pueblos indígenas que conservaban la condición jurídica de los resguardos se encontraban organizados en cabildos que gobernaban tierras comunitarias, que les permitían una vida precaria; también, estaban obligados por las autoridades y hacendados a someterse a vínculos laborales señoriales, como el terraje. Para los indígenas era fundamental conservar sus tierras colectivas porque les permitían sobrevivir y mantener cierta autonomía, ante el asedio permanente de terratenientes y colonos inescrupulosos.



Páez de Tierradentro, fotografía de Henri Lehmann (1941-1945). Biblioteca ICANH (27. Caja 9 FG 1442 Número 1464)



Comunidad páez de Tierradentro, fotografía de Henri Lehmann (1941-1945). Biblioteca ICANH (Caja 9 FG 1442 Número 1463) 

La antropología en Colombia nació como una práctica profesional oficial fundamentada en diversas corrientes teóricas y metodológicas internacionales. Aunque el Instituto Etnológico Nacional fue creado siguiendo el modelo científico del maestro Paul Rivet, no se puede hablar propiamente del surgimiento de una escuela antropológica, sino de la creación de un plan de estudios, con dos ciclos de cursos básicos e introductorios, que capacitaron a un grupo de normalistas, con título de Licenciado, para ejercer como etnólogos, con la finalidad de contribuir a la conformación de una identidad cultural nacional, investigando el pasado aborigen prehispánico y las culturas indígenas del presente. La presencia del maestro Rivet fue muy corta (1941-1943), tiempo que le alcanzó para impartir unas directrices a sus discípulos, para organizar las primeras expediciones científicas, pero no para dirigir un programa académico y científico, a largo plazo. Hasta cierto punto, es admirable, que los primeros egresados, siendo muy jóvenes, pudieron consolidar el Instituto Etnológico Nacional, con el apoyo del estado colombiano. Situación histórica que le imprimió un rasgo sobresaliente a la antropología en Colombia, en su etapa inicial: cada uno de los pioneros, después de realizar las primeras prácticas etnográficas planificadas por Rivet, tuvo la oportunidad de definir una posición conceptual específica, sobre la marcha del camino, en una región diferente y de acuerdo con circunstancias laborales, que aprovecharon al máximo, más allá de las limitaciones presupuestales y políticas. Esta actitud se vio reforzada por la presencia de investigadores del Smithsonian Institution y otros organismos extranjeros que adelantaron proyectos de investigación en Colombia; lo mismo, por intermedio de las becas Guggenheim que les permitieron especializarse en diferentes escuelas antropológicas, de prestigiosas universidades norteamericanas.



El Dr. Eduardo Santos elogia la vida y obra de Paul Rivet, periódico El Tiempo, 30 de marzo de 1958

La etnología, de acuerdo con las enseñanzas de Paul Rivet, pretendía alcanzar unos conocimientos universales de las llamadas sociedades primitivas, como parte de la historia de la humanidad, lo que implicaba un rechazo a los prejuicios evolucionistas y a las discriminaciones raciales; estudios que en el caso americano adquirían un carácter apremiante, al estar las culturas nativas expuestas a su desaparición por el impacto avasallador de la modernidad. Rivet promovió entre sus discípulos la realización de trabajos de campo con sociedades indígenas, para obtener datos lingüísticos y etnográficos (cultura material, antropometría, serología), que sustentaran su teoría del poblamiento original del continente americano, por diversas rutas, desde Asia, Polinesia y Australia, como se aprecia en su obra Los orígenes del hombre americano (1943). Las expediciones iniciales produjeron estudios monográficos en los que se describen ciclos de vida, costumbres familiares, rituales y creencias religiosas ancestrales, sin mayores pretensiones de hacer interpretaciones etnológicas.



Paul Rivet, Los orígenes del hombre americano (1978)

La influencia de Rivet estuvo acompañada de otras corrientes antropológicas norteamericanas; inicialmente, por intermedio de las enseñanzas del profesor Gregorio Hernández de Alba, que además de haber estudiado con Rivet, en París, había tenido, en sus años juveniles, afinidades con la antropología norteamericana, cuando participó en el proyecto de la Guajira realizado por la comisión de estudios de las universidades de Columbia y Pensilvania (1935); aprendizaje que luego se fortaleció gracias a los vínculos con Julian Steward (1902-1972), quien le consiguió una beca de la Fundación Guggenheim, para estudiar en el Smithsonian Institution, en 1944. Steward fue un destacado científico que propuso el modelo de ecología cultural, de áreas culturales y el evolucionismo multilineal; además, fue el primer director del Instituto de Antropología Social del Smithsonian Institution (1943-1946) y el editor del Handbook of South American Indians, en el que participaron con artículos varios de los pioneros de la etnología en Colombia.



Gregorio Hernández de Alba, Etnología guajira (1936)



Handbook of South American Indians, volumen 5 (1949)

Hernández de Alba, como fundador y primer director del Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca (1946-1950), estableció un programa académico y científico con la participación directa del Instituto de Antropología Social del Smithsonian Institution, dirigido entre 1946 y 1952, por el antropólogo estadounidense George Foster (1913-2006), teórico y promotor de la escuela de antropología social aplicada. Hernández de Alba llamó la atención sobre la necesidad que existía en Colombia de promover investigaciones que produjeran trasformaciones sociales y culturales en beneficio de un progreso nacional, a la manera como lo estaban haciendo antropólogos norteamericanos, que analizaban todos los aspectos de la complejidad social, política, económica, jurídica y cultural de diversas comunidades; información indispensable para producir una transculturación o integración a la modernidad.

La antropología social aplicada se orientó, de manera prioritaria, al estudio de la situación en que se hallaban los pueblos indígenas. En 1940 se llevó a cabo el Primer Congreso Indigenista Interamericano de Pátzcuaro, México, en el que se propuso una política continental y la creación de organismos indigenistas nacionales, en todos los países americanos, para conocer los problemas económicos, jurídicos, políticos, administrativos y sociales de las comunidades indígenas; también, para asesorar, planear o ejecutar políticas oficiales que buscaban integrarlas a la vida nacional, mejorando la situación en que se encontraban. Hernández de Alba fue nombrado representante del Instituto Indigenista Interamericano en Colombia, dirigido en México, por su amigo Manuel Gamio. Al año siguiente, en 1941, en compañía de Antonio García y otros colegas, fundaron el Instituto Indigenista de Colombia, al que se inscribieron artistas, intelectuales y pioneros de la antropología: Blanca Ochoa de Molina, Edith Jiménez de Muñoz, Juan Friede, Gerardo Cabrera, Luis Alberto Acuña, Luis E. Valencia, Guillermo Hernández, Luis Duque, Gabriel Giraldo, Gerardo Reichel, Alicia Dussán, Roberto Pineda G., Diego Castrillón, Armando Solano, Gerardo Molina, Francisco Socarrás, Eliécer Silva, entre otros. Los investigadores de este instituto se propusieron conocer las culturas indígenas, sus lenguas, rescatar su historia, defender las tierras de resguardo y resolver dificultades sociales relacionadas con la educación y la salud. El Instituto Indigenista de Colombia publicó investigaciones en las que se denunciaban el maltrato histórico con las parcialidades indígenas, el pago de terraje, el despojo de sus tierras comunitarias y se rechazaba la parcelación de las mismas, promovida por los gobiernos liberales y conservadores de la época.



Juan Friede, El indio en lucha por la tierra. Historia de los resguardos del Macizo Central Colombiano (1944)

Los antropólogos indigenistas llevaron a cabo sus proyectos en la década de los años cuarenta, cuando se agudizó la lucha por el poder entre los partidos Liberal y Conservador, incrementándose la violencia que produjo la muerte de miles de colombianos, entre los que se encontraban miembros de los resguardos indígenas. Como era de esperarse, durante el período presidencial del dirigente conservador radical Laureano Gómez (1950-1953), los proyectos académicos y científicos adelantados por los institutos etnológicos fueron suspendidos, y varios investigadores tuvieron que renunciar a sus cargos. En este período de represión política, el Instituto Etnológico Nacional fue reformado y transformado en el Instituto Colombiano de Antropología (1953); el Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca suspendió sus actividades académicas y su programa indigenista y de antropología social urbana, hasta el año de 1955, cuando fue reabierto, bajo la dirección de Julio Cesar Cubillos. En el año 1953, el antiguo Plan de Estudios del Instituto Etnológico Nacional establecido por Rivet, fue reemplazado por uno nuevo, con una mayor variedad de materias e intensidad académica (Licenciatura), en el que se formaría el último grupo de antropólogos y arqueólogos egresados de dicho instituto, hasta el año 1963, cuando el gobierno decidió terminar con su misión académica, de manera definitiva. En el nuevo Plan de Estudios se incluyeron cursos análogos a los del currículo anterior y otros, en el que se enfatizaba la sociología, la historia de las teorías antropológicas  y el africanismo.



Revista Colombiana de Antropología, volumen 1, número 1, ICAN (1953)

No todos los proyectos antropológicos pioneros se llevaron a cabo con pueblos indígenas. En el Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca, investigadores norteamericanos adelantaron trabajos de antropología social en la ciudad de Popayán: el geógrafo cultural Raymond Crist, del Instituto of Social Anthropology del Smithsonian Institution y Andrew Hunter Whiteford del Logan Museum, Beloit College (Wisconsin). Crist, como geógrafo humano, se interesó por conocer las causalidades históricas que explicaban la situación subdesarrollada en que se encontraban regiones como el Cauca (La personalidad de Popayán, 1950). Whiteford, de manera particular, hizo una pionera investigación de las clases sociales y sus comportamientos culturales, en Popayán, hacia finales de los cuarenta; en esta investigación participaron los etnólogos Roberto Pineda y su esposa Virginia Gutiérrez, experiencia que los aproximó a una antropología social, diferente al trabajo con pueblos indígenas (Popayán y Querétaro, comparación de sus clases sociales, 1963).



Raymond E. Crist, La personalidad de Popayán (1950)


Andrew Hunter Whiteford, Popayán y Qurétaro (1963)

En los años cincuenta se enfatizaron otros sentidos de la antropológica en Colombia. Los pioneros cada vez más se alejaron de los primeros estudios etnográficos descriptivos, para realizar trabajos de antropología social aplicada relacionados con la aculturación o transculturación de sociedades campesinas, indígenas y urbanas. Se hicieron investigaciones con un enfoque sociológico y cultural en su dimensión histórica sobre las familias, la personalidad y la cultura, el papel social y cultural del hombre y la mujer, en las diversas regiones colombianas. En estas obras se hace evidente la aplicación de nuevas metodologías estadísticas, de encuestas y entrevistas, además de la observación participante que buscaban no solo identificar realidades socio-culturales, sino también establecer diagnósticos que permitieran encontrar soluciones a las problemáticas. A manera de ejemplo se puede mencionar la investigación de Gerardo Reichel Dolmatoff y su esposa Alicia Dussán, realizada entre 1951 y 1952, en el pueblo de Atanques de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde convivían mestizos-criollos e indígenas, en un proceso de aculturación (The people of Aritama. The cultural personality of a Colombian mestizo village, 1961). Además, los trabajos de antropología social adelantados por Julio Cesar Cubillos con una parcialidad  de Poblazón y en el barrio obrero Alfonso López, de la ciudad de Popayán (1955-1960); posteriormente este mismo investigador se vinculó a la Facultad de Medicina de la Universidad del Valle, en 1960, para trabajar en un programa de medicina social. Algo análogo hizo Gerardo Reichel Dolmatoff cuando fue profesor de antropología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena (1957-1959); también, Gerardo Reichel y Alicia Dussán, realizaron un trabajo específico sobre el estado de la salud de la comunidad de Aritama, sus interpretaciones culturales de las enfermedades y sus implicaciones sociales: "Nivel de salud y medicina popular en una aldea mestiza colombiana" (Revista Colombiana de Antropología, volumen VII, 1958). Virginia Gutiérrez de Pineda fue pionera en analizar el contexto cultural del alcoholismo en un barrio obrero y la mortalidad infantil, en la ciudad de Bogotá: “Alcohol y alcoholismo en una clase obrera de Bogotá” (Homenaje a Paul Rivet, Academia Colombiana de Historia, 1955); “Causas culturales de la mortalidad infantil" (Revista Colombiana de Antropología, volumen IV, 1955). Gutiérrez de Pineda, al realizar estos ensayos de investigación, introdujo la antropología a los problemas de la salud, lo que le permitió ingresar como profesora de la Facultad de Medicina, de la Universidad Nacional (1956). La misma investigadora también fue precursora en las investigaciones antropológicas sobre las familias en Colombia, analizadas en su dimensión histórica y como resultado de procesos de aculturación (La familia en Colombia, trasfondo histórico, 1963; Familia y cultura en Colombia, 1968). Otro estudio social fue el adelantado en la comunidad campesina de Saucío por Orlando Fals Borda (Peasant society in the Colombian Andes: a sociological study of the Saucío, 1955). Este sociólogo, en compañía del sacerdote Camilo Torres, fundaron la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia (1959); espacio académico en el que cuatro años más tarde emergió, primero, una especialización de antropología y posteriormente, en 1966, el Departamento de Antropología, de la Facultad de Ciencias Humanas. El enfoque antropológico dado a la Carrera de Sociología, por sus fundadores, ofreció la oportunidad para que se vincularan como profesores de tiempo parcial, a los investigadores pioneros del Instituto Etnológico Nacional, Virginia Gutiérrez de Pineda, Roberto Pineda Giraldo, Ernesto Guhl, Segundo Bernal Villa y Milciades Chavez Chamorro; todos ellos interesados en la antropología social aplicada, tanto rural como urbana. 



Alicia Dussán de Reichel y Gerardo Reichel-Dolmatoff, La gente de Aritama (2012)


Virginia Gutiérrez de Pineda, Familia y cultura en Colombia (1968)


Orlando Fals Borda, Campesinos de los Andes, estudio sociológico de Saucío (1961)

En el año 1954, Ernesto Guhl Nimtz, antiguo profesor e investigador del Instituto Etnológico Nacional, fue nombrado director del Departamento Técnico de Seguridad Social Campesina, del Ministerio de Trabajo, lo que le permitió adelantar un programa de investigación para identificar los problemas de los campesinos y resguardos indígenas, con el fin de encontrar soluciones a los mismos. Para lograrlo conformó un grupo de trabajo con antiguos colegas, como Roberto Pineda Giraldo y Luis Duque Gómez, y con la colaboración de Julio Cesar Cubillos, recién nombrado director del Instituto Etnológico de la Universidad del Cauca (1955). Guhl como geógrafo cultural y su equipo de etnólogos colaboradores hicieron un estudio socio-económico de la situación en que se encontraban los resguardos del Cauca, con la aplicación de métodos estadísticos sobre demografía; tamaño, tenencia y uso de la tierra; mercadeo de los productos agrícolas, vías de comunicación y relaciones con los colonos.

Otra sentido de la investigación antropológica pionera que se puede identificar, aunque menos explícito, hace referencia a la escuela norteamericana llamada Cultura y personalidad, establecida por Ralph Linton (1893-1953). En este enfoque teórico se establecen vínculos interdisciplinarios entre la antropología, la sociología y la psicología; para entender los comportamientos culturales de los grupos humanos es importante estudiar la conducta de los individuos, su personalidad. Las obras de Linton, Estudio del Hombre (1936) y Cultura y personalidad (1945), según se puede deducir, fueron leídas por varios de los pioneros de la antropología. De manera explícita existe la referencia hecha a este autor en el trabajo pionero de José de Recasens y su esposa Rosa Mallol, “El ´”test Rorschach” aplicado al estudio cultural etnográfico”, publicado en el Boletín de Arqueología, del Instituto Etnológico Nacional (volumen II, número 4, 1946). En otros trabajos antropológicos de la década de los cincuenta, aunque no se hagan citas directas de libros de Linton, se puede pensar en que se tuvieron en cuenta, porque entre los temas que se tratan se hace alusión a la personalidad u otros comportamientos psicológicos de los individuos investigados. De mismo modo puede decirse que en investigaciones, como la realizada por Alicia Dussán de Reichel, "Características de la Personalidad Masculina y Femenina en Taganga" (Revista Colombiana de Antropología, vol II, N° 2, 1954), existen referencias indirectas a trabajos sobre cultura y sexualidad, de Margaret Mead (1901-1978), y de su colega, Ruth Benedict (1887-1948), a su texto, Patrones en la cultura (1934). Estas influencias de las obras de Mead y Benedict remiten a la escuela norteamericana de antropología cultural fundada por su maestro Franz Boas (1858-1942), en la que se destaca el relativismo cultural o particularismo histórico, en contra del evolucionismo y el difusionismo.



Ralph Linton, Cultura y personalidad (1945)

A manera de síntesis general, se puede proponer que desde la década de los años cincuenta se establecieron cambios en la orientación de la antropología en Colombia; período que corresponde con la crisis política nacional del gobierno conservador de Laureano Gómez y Rafael Urdaneta (1950-1953), lo que implicó el final del Instituto Etnológico Nacional y el nacimiento del Instituto Colombiano de Antropología (1953). Paradójicamente la difícil crisis política del país llevó a los pioneros a encontrar nuevas corrientes teóricas de la antropología social norteamericana. Los investigadores ampliaron su campo de acción  a la compleja y diversa realidad social y cultural del país, en la que se incluían los problemas de las comunidades indígenas, los campesinos y los habitantes de pueblos y ciudades. Hacia los años finales de esta década, después del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), se estableció un acuerdo de paz política entre los partidos Conservador y Liberal, que significó la creación del Frente Nacional, en el que de común acuerdo, se turnarían en el gobierno. Durante la presidencia del liberal Alberto Lleras Camargo (1958-1962) se formalizó definitivamente una política indigenista oficial con la creación de la Sección de Resguardos Indígenas, del Ministerio de Agricultura, bajo la jefatura administrativa de Gregorio Hernández de Alba, que luego, en 1960, se trasladó al Ministerio de Gobierno, como la División de Asuntos Indígenas. Hernández de Alba tuvo la oportunidad de llevar a cabo las propuestas antropológicas con los resguardos indígenas, por las que había luchado en la década de los cuarenta.



Ernesto Guhl y otros, Indios y blancos en la Guajira (1963)

Pasado arqueológico como patrimonio nacional

El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo significo para la monarquía española  establecer una política de colonización, de apropiación de sus inmensos territorios y sometimiento de  sus pobladores aborígenes. Desde los primeros viajes de Colón se hizo evidente la presencia del oro que portaban los indígenas en sus cuerpos, lo que incentivó el deseo de poseerlo, la pasión de la codicia de capitanes y soldados que lograron sus fines buscando el legendario Dorado.

Cuando los conquistadores descubrieron que los indígenas enterraban a sus familiares con los preciosos objetos dorados, nació la guaquería en América. Las autoridades españolas legalizaron el saqueo de las tumbas en tanto se les entregara el quinto real establecido por las Leyes de Indias. La iglesia católica también participó de la expropiación y saqueo de los objetos de oro y los fabricados en otros materiales, bajo la justificación de que eran representaciones demoníacas, de ídolos o falsos dioses que necesitaban ser destruidos; se trataba de una causa justificada, de la extirpación de idolatrías. Las piezas de oro fueron a parar a los hornos de las casas reales de fundición, donde fueron registrados en los libros, como oro de guaca.



Ezequiel Uricoechea, Tunjos Neogranadinos en Memorias sobre las antigüedades Neogranadinas (1854)


Esta primera valoración hispánica de los objetos  de guaca tuvo una transformación hacia los finales del siglo XVIII, por parte de los intelectuales ilustrados, quienes los apreciaron como curiosidades científicas, que merecían ser coleccionadas. Después de la independencia de España, las curiosidades, transformadas en antigüedades arqueológicas, fueron compradas por coleccionistas, estableciéndose un comercio del que participaron viajeros-científicos interesados en descubrir la naturaleza tropical y en obtener piezas etnográficas y arqueológicas, para los grandes museos europeos, que patrocinaban sus expediciones. Estos exploradores se pueden considerar como los pioneros de la antropología y la arqueología, profesiones creadas en universidades o institutos europeos y norteamericanos. Para ellos, las antigüedades y las piezas etnográficas eran fundamentales para conocer las sociedades primitivas. Los objetos culturales se transformaron en piezas científicas que permitían investigar las costumbres y pensamientos de dichas sociedades, inscritas en una dimensión histórica universal. Durante el siglo XIX, al mismo tiempo que las colonias españolas lograban su independencia de la corona española, otras monarquías europeas consolidaban sus fronteras imperiales en África y Asia. Nueva expansión que implicó el sometimiento de culturas nativas y el hallazgo de ruinas de las antiguas civilizaciones del Próximo Oriente, Asia y África. Los antropólogos y los arqueólogos, a nombre de los grandes museos, se encargarían de investigarlas y obtener objetos etnográficos y arqueológicos, que hoy en día conforman sus valiosas colecciones.



E. André, Costume de voyage (1877)

En el caso colombiano, como en otros países hispanoamericanos, las antigüedades arqueológicas empezaron a ser protegidas por una política gubernamental, a comienzos del siglo XX, cuando se configuró una historia nacional. Los trabajos de los arqueólogos pioneros, a partir de los llevados a cabo por Konrad Th. Preuss en la región de San Agustín, en los años 1913-1914, fueron valorados porque mostraban que en el territorio colombiano había existido una misteriosa cultura avanzada, como se apreciaba en su monumental arte escultórico y construcciones funerarias megalíticas, hallazgos que daban un prestigio internacional. El envío, por parte de Preuss, de piezas arqueológicas al museo Etnológico de Berlín despertó sentimientos nacionales en algunos colombianos que solicitaron a las autoridades que no se permitiera hacerlo; petición que fue aceptada, como se aprecia en la aprobación de nuevas leyes en las que los yacimientos y los objetos arqueológicos fueron declarados patrimonio nacional, lo que obligó a protegerlos y a evitar su salida al extranjero, sin una autorización gubernamental.



Konrad Th. Preuss, Arte monumental prehistórico (1931)

La aceptación de las nuevas leyes protectoras no fue fácil ni rápida, porque esto implicaba cambiar una mentalidad con herencias coloniales: la guaquería era una práctica cultural ancestral. Para los campesinos católicos el miedo y el respeto a la muerte no fue impedimento para seguir saqueando las antiguas tumbas de indígenas, porque las consideraban entierros de infieles. La guaquería terminó convirtiéndose en un conjunto de creencias mágicas asociadas a los tesoros arqueológicos y a los esqueletos enterrados por los indígenas prehispánicos. Estas creencias también impactaron los pensamientos mágicos de comunidades indígenas adoctrinadas por los misioneros desde tiempos coloniales. Se sabe que muchas de ellas, hasta tiempos recientes, se negaron a excavar las tumbas de los antiguos, por temor y respeto a los espíritus de los muertos, puesto que podían causar enfermedades u otras calamidades; actitud espiritual que ayuda a entender el distanciamiento o reserva que han mantenido hasta tiempos recientes con relación a los yacimientos y objetos arqueológicos.



Objetos arqueológicos obtenidos por un guaquero en el Cauca  (s.f.)

Desde su fundación, una de las funciones primordiales del Instituto Etnológico Nacional fue investigar y proteger los monumentos y objetos prehispánicos, como un patrimonio nacional. La mayoría de las culturas precolombinas se identificaron con los nombres que los españoles les asignaron al momento de la conquista, como se narra en las crónicas del siglo XVI y XVII. En las primeras décadas del siglo XX se realizaron los primeros proyectos arqueológicos modernos de manera aislada, por parte de investigadores extranjeros. Luego, en las décadas de los años cuarenta y cincuenta, con la fundación de los institutos etnológicos, varios de los primeros egresados llevaron a cabo investigaciones en diferentes regiones, de manera continua, bajo una orientación conceptual de la antropología cultural norteamericana: el Particularismo Histórico propuesto por Franz Boas (1858-1942) y el Evolucionismo multilineal.



Escultura principal de Moscopán excavada por Henri Lehmann en 1943 (Biblioteca ICANH  FG 0978)



Excavación de pirámide en el Morro de Tulcán (Popayán), por Julio César Cubillos (1957)

Los arqueólogos pioneros, además de cementerios, excavaron basureros de viviendas utilizando el método de la estratigrafía, para establecer clasificaciones tipológicas (complejos cerámicos), con las que definieron cronologías regionales, precisadas con fechas de C14. Los elementos materiales de cada área cultural los compararon con los de otras regiones americanas para identificar las semejanzas estilísticas (más que las diferencias), que existían entre ellas, lo que interpretaron como parentescos culturales. Algunos de ellos, como lo hicieron Gerardo Reichel Dolmatoff y Alicia Dussán de Reichel, en la costa Caribe, estuvieron muy interesados en armar el rompecabezas histórico regional; los cambios culturales los explicaron como consecuencia de supuestas migraciones o invasiones. Hacia los años sesenta publicaron la primera historia prehispánica de los territorios colombianos, como una secuencia de etapas evolutivas, que incluían las sociedades de cazadores-recolectores, el origen de la alfarería y la agricultura, las aldeas ribereñas, las sociedades de cacicazgos o señoríos, que como en el caso de los Muisca y los Tairona se confederaron, estableciendo un sistema político más complejo (Colombia, 1965).



Gerardo Reichel Dolmatoff, Colombia (1965)

Los arqueólogos pioneros se encargaron de llenar el vacío milenario de la historia americana anterior a los viajes de Cristóbal Colón. Al mismo tiempo, con sus excavaciones recuperaron muchas evidencias de cultura material que conformaron las colecciones de museos arqueológicos regionales, que fundaron para exhibir los resultados de sus excavaciones. Otra labor que desempeñaron fue la creación de parques arqueológicos para proteger las ruinas monumentales con fines educativos y para promover un turismo nacional y extranjero. El Instituto Etnológico Nacional y el Instituto Colombiano de Antropología, también se encargaron de promover nuevas  leyes protectoras del patrimonio arqueológico, como se aprecia en la Ley 163 de 1959, que reglamentó la investigación, defensa y conservación del patrimonio histórico, artístico y los monumentos nacionales de Colombia.
Entre los últimos egresados del Instituto Colombiano de Antropología se encontraban algunos arqueólogos, como Gonzalo Correal Urrego, que durante los años sesenta inició un programa de investigaciones dedicado a descubrir la etapa más antigua de la historia de Colombia, la correspondiente a los cazadores-recolectores. En sus excavaciones hay un enfoque conceptual nuevo que se identifica como arqueología y medio ambiente natural, en el que se enfatizan las relaciones existentes entre las ocupaciones humanas tempranas y los cambios climáticos del Pleistoceno tardío y el Holoceno.



Gonzalo Correal, Investigaciones arqueológicas en los abrigos rocosos de Nemocón y Sueva (1978)

Con la creación de las primeras carreras universitarias de antropología, en la que intervinieron en su etapa inicial, varios de los etnólogos pioneros, la formación de la nueva generación de arqueólogos se inició en un ambiente de conflictos políticos, generados por las posiciones de la izquierda internacional (hacia los años finales de los sesenta y primeros de los setenta); período crítico que significó el rechazo político estudiantil de varios de los pioneros. En medio de esta crisis se formó la nueva generación de arqueólogos, que participó de corrientes teóricas internacionales más actuales, tanto europeas como norteamericanas. Como algo positivo, para el impulso de la investigación arqueológica, en 1971, el Banco de la República creó la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, con el objetivo de patrocinar los proyectos de investigadores pioneros, profesionales jóvenes y trabajos de grado de estudiantes de los departamentos de antropología, y como un fondo para la preservación del patrimonio de los parques arqueológicos; también, se encargó de publicar los resultados científicos obtenidos, en un Boletín y en una serie de libros especializados, que se distribuyeron a escala internacional. Así, el crecimiento de la arqueología recibió un gran apoyo, en un país en el que las universidades no han dispuesto de mayores recursos económicos para la investigación arqueológica.



Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, Proyectos de Investigación realizados entre 1972 y 1984 (1985)

Epílogo

Como se puede apreciar en el panorama histórico antes expuesto, el ejercicio de la antropología en Colombia, en su período de consolidación como disciplina académica y científica (1935-1960), estableció unos fundamentos profesionales que ayudan a entender los cambios que se produjeron a partir de la década de los sesenta, cuando esta disciplina se trasladó a los medios universitarios.

Por determinantes históricos de origen colonial es claro que la antropología, como ciencia moderna, fue creada en los medios científicos y académicos europeos y norteamericanos durante la segunda mitad del siglo XIX. En sus inicios, los territorios y los habitantes de los países hispanoamericanos, asiáticos y africanos desempeñaron un importante papel, como objetos de estudio, en la consolidación de las propuestas teóricas y metodológicas sobre las culturas humanas llamadas primitivas, naturales o exóticas, en su dimensión histórica universal (prehistórica y moderna). De esta manera se configuró una diferenciación y una relación de interdependencia entre los centros metropolitanos y el mundo periférico.

En los países latinoamericanos, como Colombia, caracterizados por tener herencias culturales, sociales, económicas y políticas de origen colonial hispánico, la antropología surgió como la ciencia apropiada para la consolidación de una identidad cultural nacional, promovida por los gobiernos republicanos (liberales y conservadores), hacia las primeras décadas del siglo XX. Por su condición periférica, el Instituto Etnológico Nacional no nació como una escuela antropológica nacional, sino como una institución oficial, académica y científica, que tenía una orientación teórica y metodológica procedente de escuelas antropológicas europeas y norteamericanas. El trabajo de los etnólogos pioneros y la realización de las expediciones científicas fueron financiadas por el estado colombiano con presupuestos limitados que se complementaron con ayudas de fundaciones extranjeras. Los intercambios profesionales se mantuvieron con la presencia de comisiones conformadas por científicos extranjeros, entre los que sobresalen, por una mayor permanencia en el país, los investigadores del Smithsonian Institution. Además, los investigadores pioneros, en diferentes momentos, recibieron los beneficios de las becas Guggenheim, para adelantar especializaciones en prestigiosas universidades norteamericanas, lo que les permitió renovar o cambiar la formación académica inicial impartida por Paul Rivet.


Roberto Pineda Giraldo y Virginia Gutiérrez de Pineda, El mundo espiritual del indio Chocó (1958)


De izquierda a derecha, Juan Friede, Eliécer Silva, Luis Eduardo Unda y Carlos Margain, en el Alto de los Ídolos de San Agustín, en 1946 (Archivo fotográfico de Gregorio Hernández de Alba).

Las características históricas anteriores ayudan a explicar la diversidad y gran dinámica que presentó el trabajo científico de los pioneros. En una primera etapa, realizaron una investigación interdisciplinaria, como etnógrafos, antropólogos físicos, arqueólogos, etnohistoriadores y lingüistas, de acuerdo con las enseñanzas de su maestro Paul Rivet. Luego, con la creación de institutos regionales como filiales del Instituto Etnológico Nacional, los pioneros tuvieron la oportunidad de adelantar programas personales, en las respectivas regiones. Esto significó una diversidad en la orientación de la investigación antropológica en el país. Los pioneros llevaron a cabo programas interdisciplinarios en los que combinaron estudios arqueológicos, etnográficos y etnohistóricos. Si se comparan los informes que presentaron como resultados de sus primeras exploraciones, en los años cuarenta, con los trabajos hechos en la década de los cincuenta, se encuentran cambios en las temáticas investigadas, en los enfoques teóricos y en la aplicación de metodologías de campo. En un principio, excavaron sitios arqueológicos e hicieron trabajos etnográficos con comunidades indígenas, de acuerdo con las enseñanzas culturalistas de Rivet; posteriormente permearon otros campos del saber científico, como la sociología y la medicina, orientando sus investigaciones al campo de la antropología social aplicada, que además de las comunidades indígenas, incluía las problemáticas de los campesinos y las clases sociales urbanas. Los antropólogos  investigaron los procesos de aculturación y mestizaje, la configuración histórica de las familias colombianas, la medicina tradicional y los componentes culturales vinculados a la salud pública, entre los principales. Estas investigaciones las realizaron, ya no pensando en la falacia de una identidad nacional, sino, creyendo en que sus conocimientos eran una contribución a la solución  de los complejos problemas culturales y sociales, que impulsaban las políticas gubernamentales.

Aunque en la mayoría de las obras de los primeros etnólogos, publicadas en diferentes revistas especializadas, se aplican modelos de investigación con un estándar profesional internacional, se distinguen rasgos que las particularizan. Son textos en los que no se  explicitan los discursos teóricos que orientan sus proyectos de investigación, sino los procesos de realización y los resultados obtenidos. Esto se puede explicar porque el Instituto Etnológico Nacional no constituyó una escuela antropológica, como las existentes en los departamentos de antropología de universidades estadounidenses, establecidos por los fundadores de esta ciencia, con programas de estudio de pregrado y posgrado. En el caso colombiano, los etnólogos pioneros, después de compartir una formación académica, conformaron un pequeño grupo de colegas, que mantuvieron un contacto profesional, con encuentros ocasionales y por intermedio de una correspondencia; pero, hasta cierto punto, tuvieron la oportunidad de definir y orientar sus propios programas de investigación; claro está que con las limitaciones propias de una dependencia estatal, con escasos recursos económicos y con unas directrices políticas del gobierno de turno. Estas políticas oficiales terminaron siendo diferentes a las impulsadas por los investigadores, sobre todo en el caso de los resguardos indígenas; mientras el gobierno pretendía acabarlos, los etnólogos tomaron una posición a favor de los pueblos indígenas, que defendían la autonomía de sus cabildos y el derecho a la posesión de tierras comunitarias. El trabajo de los antropólogos sí tuvo implicaciones directas con el medio social, político y cultural a escala nacional y regional; por eso cuando se agudizó la violencia impulsada por la lucha por el poder de los partidos Liberal y Conservador, los institutos etnológicos entraron en crisis, afectando la situación laboral de los pioneros.


Indígenas del Macizo Colombiano (sin fecha) 

Desde finales de la década de los años cincuenta del siglo XX se produjeron cambios en las principales universidades del país, relacionados con la antropología y otras ciencias humanas o sociales. La formación académica y científica de estas ciencias, que había estado a cargo de los institutos etnológicos , se transformaron en programas universitarios. Gran parte de los pioneros de la antropología ingresaron como profesores universitarios para crear carreras y departamentos de antropología, inicialmente, en las universidades de los Andes (1963), Nacional (1966), Antioquia (1966) y del Cauca (1970). A escala nacional e internacional se produjeron grandes conflictos que conllevaron cambios económicos, políticos, sociales y culturales; las teorías culturalistas, que habían aplicado los pioneros de la antropología, fueron cuestionadas por las nuevas generaciones que participaron de otras teorías, como el Estructuralismo, el Materialismo Histórico, el Funcionalismo, el Estructural-Funcionalismo, el Materialismo Cultural,  la Antropología y la Ecología y la llamada Nueva Arqueología.

En los años sesenta y setenta, los compromisos profesionales de los pioneros se desplazaron a los espacios de debate universitarios, adquiriendo un carácter político, desde una posición marxista. En las universidades se consolidaron movimientos estudiantiles inspirados en las protestas políticas e intelectuales de Mayo del 68, de París, y en el triunfo de las revoluciones comunistas de Rusia (1917), China (1949) y Cuba (1959), fundamentadas en los pensamientos de los grandes líderes de la izquierda: Marx, Lenin, Mao y Trotsky. El mundo, maniqueámente, se dividió en dos hemisferios, la izquierda y la derecha y se inició la Guerra Fría, o amenaza irresponsable de una guerra atómica entre USA. y la URSS. De esta lucha por el poder mundial surgieron las guerrillas insurgentes de las FARC, (1964), el ELN. (1964), el EPL (1967) y el M-19 (1974). La violencia campesina de los partidos Liberal y Conservador, de los cuarenta y cincuenta, fue sustituida por una confrontación nacional, entre ejércitos de guerrilleros y las fuerzas armadas del estado colombiano. Fueron años de movimientos juveniles de contracultura, de conflictos, paros y marchas, de enfrentamientos con la policía, como expresiones de rechazo a los gobiernos del Frente Nacional, impulsados por asociaciones universitarias, obreras, campesinas e indígenas. En las universidades las organizaciones estudiantiles pusieron en tela de juicio las políticas académicas de las directivas y rechazaron la presencia de fundaciones académicas y científicas norteamericanas. Además, cuestionaron la orientación teórica y metodológica que existía en los planes de estudio, produciéndose reformas curriculares en las carreras de antropología, recién establecidas. El trabajo de campo con comunidades indígenas fue uno de los temas principales que se discutieron, planteándose el compromiso político de los antropólogos con sus autoridades y con organizaciones autónomas, como el Consejo Regional Indígena del Cauca, establecido, en 1971. Definitivamente, la nueva etapa histórica de la antropología en Colombia nació en medio de debates profesionales, luchas políticas y enfrentamientos armados.

lunes, 22 de mayo de 2017

UNA ANOMALÍA DE LA EVOLUCIÓN NATURAL





Ruinas de Machu Pichu (foto de Héctor Llanos V.)



A
Felipe Borràs, Carlos Forero y Oscar Romero



Presentación

A mediados del siglo XIX, Charles Darwin (1809-1882) demostró que la vida en la tierra era el resultado de una evolución, de una lucha por la supervivencia de todas las especies animales, entre las que incluía la humana. Del tronco evolutivo de los primates superiores se desprendió la rama de los homínidos que culminó con el homo sapiens.

No es exagerado proponer que la historia de la humanidad se puede dividir en un antes y un después de la publicación de la obra El Origen de las especies, en 1859. La teoría de la evolución confrontó las propuestas filosóficas y religiosas que habían tenido el poder hegemónico de explicar el origen del universo y las transformaciones de la vida en la tierra. Descubrir que los homo sapiens hacen parte de la evolución iniciada con células simples, hace millones de años, es uno de los grandes seísmos de la humanidad.

La teoría de la evolución ha generado una gran paradoja, en tanto puede significar que ya no habrá más evolución natural. En principio, todos los seres vivos están abocados a luchar para sobrevivir, como lo habían hecho durante millones de años, pero, la aparición de la especie humana fue una anomalía, al generar un homínido con una capacidad cerebral que le ha permitido liberarse de las leyes de la adaptación natural que le dieron origen. Las sociedades prehistóricas, aunque inmersas en la naturaleza, fueron conociéndola poco a poco. Estos homo sapiens elaboraron las primeras cosmovisiones o pensamientos complejos con los que explicaron el mundo en el que habitaban. Al hacerlo, dieron un gran paso en su proceso de autonomía cultural, al descubrir que tenían la capacidad de interactuar con las fuerzas que gestan y anulan la vida.

En un proceso histórico de miles de años, las sociedades humanas lograron producir una ciencia moderna con un potencial tecnológico que se puede calificar como la mayor confrontación de las leyes evolutivas. Hoy en día, los científicos han comprobado que tienen conocimientos suficientes para interferir en los procesos vitales; que pueden logran una reproducción asexuada o clonación y manipular las células que determinan la herencia genética; procesos asombrosos o mutaciones que eran propios de la evolución natural o el resultado de un acto de creación divina. Lo mismo se puede decir del descubrimiento y control de los elementos que constituyen la materia-energía, las moléculas y los átomos, con efectos asombrosos como la energía atómica y las revolucionarias innovaciones de la nanotecnología. Claro está que estos grandes descubrimientos, que pueden transformar la evolución de la vida, no significan todavía que los seres humanos controlen las poderosas fuerzas telúricas, como los movimientos de la corteza terrestre asociados a erupciones volcánicas, ni tampoco a los cambios climáticos, que producen cataclismos.

De la ciencia moderna depende la evolución de la vida, si es que se puede seguir usando este concepto como lo definió Darwin. Se ha demostrado que esta evolución científica puede ser más radical que la lenta evolución natural. La supervivencia de millones de seres humanos está determinada por los descubrimientos científicos y las innovaciones que producen sus aplicaciones tecnológicas, fundamentadas en sistemas computarizados y medios de comunicación satelitales. La ciencia ha producido la llamada inteligencia artificial que interviene en todas las conductas cotidianas. Ahora se habla de una nueva era científica, la robótica, que se impulsa por ser más rentable para la economía mundial, al ser máquinas eficientes y precisas (sin componentes emocionales), que no constituyen un sistema laboral, con deberes y derechos sociales.

Las personas se ven abocadas a vivir en edificios o en ciudades inteligentes; a utilizar medios de comunicación digitales, a destruir recursos naturales  y a consumir otros que son contaminantes; a comer alimentos transgénicos y a comprar mercancías fabricadas con materiales químicos que producen efectos negativos en su frágil organismo. De las innovaciones científicas depende la economía mundial y por lo tanto el poder político, que de manera globalizada establecen las leyes de la supervivencia, tanto de la flora y la fauna como de los seres humanos.

La consciencia y las pulsiones humanas

En todos los animales existen los instintos que han intervenido en la lucha por sobrevivir y por lo tanto en los procesos de transformación evolutiva. Con la aparición de la especie homo sapiens también se produjo una anomalía emocional; en los seres humanos, las fuerzas instintivas, que generan la reproducción y causan la muerte, se convirtieron en pulsiones que actúan en todo su cuerpo como una compleja realidad psíquica.

En la lucha por la supervivencia de los seres humanos aflora la búsqueda del placer que está ligada a una pulsión destructora, a una competitividad que se manifiesta como envidias o celos, que producen inseguridad, temor y angustia. Paradójicamente, el erotismo y la pulsión de muerte están asociados al acto de poseer, dominar o al menos de controlar al otro. Los animales matan para poder sobrevivir; en los seres humanos el instinto de matar se transformó en una pulsión permanente y difícil de controlar, que ayuda a explicar su faceta destructiva, no solamente de la naturaleza, sino, también, de sus congéneres, llegando al extremo devastador de las guerras, como una constante histórica de la civilización. Las pulsiones, que llevan a las pasiones, por ser estados emocionales latentes y difíciles de controlar, necesitan ser reguladas por la cultura, generándose un malestar en los individuos, como lo planteó Sigmund Freud (1856-1939). Las pulsiones por ser polimorfas, también producen estados emocionales subliminales, que en lugar de destruir, construyen obras humanitarias, creaciones intelectuales y artísticas.

Los primeros homo sapiens se diferenciaron de los animales por tomar consciencia de la muerte, por comprender que la vida es efímera, que todo lo que nace muere. Esta comprensión  espacial-temporal del ciclo vital produjo muchas preguntas sobre el origen de la vida y las causas de la muerte, que dieron origen a los primeros pensamientos mágicos en los cuales las personas y los animales interactuaban de acuerdo con sus atributos naturales, indispensables para la supervivencia. En estas cosmovisiones míticas, la vida y la muerte dependían de los espíritus de la naturaleza; comunicarse con ellos significaba establecer vínculos familiares ancestrales originados en los padres creadores de todo lo existente. Morir no implicaba dejar de ser, sino seguir existiendo en el espacio-tiempo de los espíritus que se comunicaban con los chamanes cuando alteraban su conciencia con el consumo de plantas sagradas, en espacios rituales.

En la antigua Grecia la pulsión de muerte estaba vinculada a Cronos, el Tiempo (hijo de Saturno y Rea), el  rey implacable que devoraba a sus hijos al nacer y quien, después de ser derrocado por su hijo Zeus, fue encerrado en el Tártaro, el mundo donde residen eternamente los muertos. La eternidad era el espacio-tiempo de los dioses y los muertos, a diferencia del espacio-tiempo de los mortales que fue creado por Mnemosina, la Memoria (hermana de Cronos) y madre de las Musas engendradas con Zeus, entre las cuales estaba Clío (la Historia) que cantaba los relatos heroicos, para que no fueran olvidados por los humanos.

Recordar el pasado es una necesidad humana que contrarresta las pulsiones de muerte. La historia siempre ha existido como memoria en la mente (consciente e inconsciente) de todos los seres humanos, ya sea como tradición oral que se transmite de generación en generación. En el mundo moderno, la historia ha sido transformada en un conocimiento científico fundamentado en una secuencia espacio-temporal (pasado-presente-futuro), en la que se ordenan e interpretan los hechos y las circunstancias, de diversas formas. La historia es una creación cultural de los historiadores que con su pensamiento reconstruyen el pasado leyendo documentos antiguos; y de manera especial, es la experiencia que viven los arqueólogos cuando investigan un asentamiento o ruina del pasado, y saben  que cuando se introducen en la excavación están pisando un espacio-tiempo muerto, diferente al presente que experimentan cuando se retiran de la misma. También existe la historia concebida como un túnel del espacio-tiempo por el que se viaja al pasado; creación poética que ha sido recreada por escritores y cineastas.

Una bella metáfora es decir que la historia de la humanidad es un palimpsesto. Pero, como la historia va más allá de la escritura sobre un pergamino, se puede hablar de una arqueología en su significado primigenio o arquetípico, que lleva a pensar en el oficio de excavar ciudades muertas para rescatar tesoros de la antigüedad, casi siempre guardados en las ruinas de palacios o en tumbas reales. Los saqueadores de tumbas fueron aventureros que no le tuvieron miedo a los efectos contaminantes de los cadáveres putrefactos o esqueletos, ni a los espíritus de los muertos. Los fabulosos tesoros fueron trasladados a los museos para ser observados por miles de visitantes, que los admiran no solamente por su valor monetario, sino, como símbolos del poder que perduran después de la muerte.

A partir del siglo XIX las ruinas y las tumbas fueron concebidas como espacios y objetos científicos desprovistos de su poder mágico. La arqueología como ciencia moderna siguió interesada en recuperar el pasado muerto, en buscar el tiempo perdido que reitera el presente. Es paradójico constatar que cuando la civilización moderna se fortalecía con la revolución industrial emergía la arqueología como ciencia y Darwin planteaba la teoría sobre el origen de las especies; al mismo tiempo que se construían fábricas y ciudades de obreros se estaban desenterrando las ciudades de antiguas civilizaciones del mundo clásico y del próximo oriente. El ser humano moderno no se puede desprender del cordón umbilical (historia) que lo vincula a sus progenitores, a sus orígenes arquetípicos (arqueología), cuando los primeros homo sapiens iniciaron el proceso de independencia de las leyes de la naturaleza.

Las huellas y ruinas del pasado no hay que reducirlas a restos materiales, sino, concebirlas como evidencias complejas que contienen pensamientos ancestrales. Los yacimientos arqueológicos pueden ser vistos como un libro en el que cada página es una delgada capa de una estratigrafía metafísica; el arqueólogo es la persona que va leyendo cada hoja, y al hacerlo, la arranca o destruye, claro está, que después de registrarla como una memoria. Las excavaciones como los libros de las bibliotecas pueden ser leídas como el oficio de un arqueólogo del pensamiento, como lo propuso Michel Foucault (1926-1984); y como ya lo planteó el filósofo Friedrich Nietzsche (1884-1900), los seres humanos están ubicados en la puerta el Instante en la que convergen dos caminos eternos que se pueden recorrer y en los que ya todo puede haber existido. Este portal lleva a comprender el eterno retorno de lo idéntico, actitud solitaria que lleva a encontrar el éxtasis creador como alternativa para no quedarse en el nihilismo, que como pulsión de muerte, destruye, en lugar de crear.

Los avanzados medios de comunicación satelitales están alterando el reloj biológico de los seres humanos. Durante miles de años, el sol y la luna crearon el día y la noche, el tiempo de la vigilia y el sueño, de la aurora, cuando cantan las aves que anuncian que la vida continúa. Las sociedades humanas se inventaron los calendarios para programar su existencia, para darse cuenta del carácter efímero  de la vida. El nacer y el morir generaron la memoria del pasado. Las personas antes de morir, además de perdurar genéticamente en los hijos engendrados, les transmiten una herencia cultural, un conjunto de creencias, conocimientos y valores éticos, como estrategia de supervivencia. Cada generación está en la puerta el Instante, vive su propio presente, en el que cumplen con su misión. La llamada historia es una secuencia de presentes, de ciclos vitales generacionales, que viven y mueren y se acumulan como las tumbas en un mausoleo o un cementerio. Esta certeza la confirman los historiadores y los arqueólogos, aunque estos últimos, de manera más patética, porque excavan cementerios o ruinas de un espacio-tiempo muerto.

Olvidar o negar la historia es otra de las paradojas de la modernidad, al suponer que el presente es un punto cero que tiene sentido como futuro, lo que implica separarlo del pasado. De ser así, los seres humanos modernos tendrían que ser autómatas que no tienen raíces ancestrales. Desconocer la naturaleza humana es dejar de soñar, es negar las pulsiones de muerte que están presentes desde el nacimiento; utopía (distopía?) peligrosa con la que se puede justificar cualquier discurso manipulador de los deseos, masificador y autoritario, como ya ha sucedido en el pasado. Es mejor no olvidar lo que somos en este instante.