miércoles, 18 de mayo de 2016

Identidades y comportamientos de la especie humana



Hieronymus Bosch, Cristo con la cruz a cuestas, c. 1510-1535, Museo de Bellas Artes de Gante.



Reflexionar sobre la condición humana es posible hacerlo con más sosiego, sobre todo,  cuando se llega a la etapa en la que el ciclo vital se está concluyendo, cuando el cuerpo se ha desgastado y empieza a fallar. En estos momentos se comprende que el recorrido de la vida es una realidad natural y cultural inevitable. Paradójicamente, pensar en la muerte lleva a reflexionar sobre la vida, sobre los comportamientos culturales que siguen  identificando a la especie humana, en una perspectiva genealógica.

Los primeros seres humanos fueron aquellos homínidos que recordaron los sueños cuando despertaron y tomaron consciencia de que era una realidad inmaterial diferente a la que percibían con sus sentidos. Mundo onírico autónomo o espiritual que al no ser creación de la consciencia no podía desaparecer con la muerte de una persona. La existencia de este universo determinó que el individuo fuera enterrado o cremado en un ritual sagrado, para que ingresara en la dimensión espiritual de la naturaleza. Los sueños y la muerte identificaron a los primeros seres humanos que desde ese momento no han dejado de soñar y de enterrar a sus muertos.

Los primeros homínidos que ritualizaron el cadáver de sus congéneres establecieron una ruptura trascendental en la evolución de la vida. La consciencia de la muerte diferenció a los primeros homo sapiens al establecer un límite fluido entre la vida natural efímera y la dimensión mítica donde residen los espíritus, de los que, en última instancia, depende todo lo existente. La muerte estableció unas coordenadas espaciales y temporales, un antes y un después, unas cartografías simbólicas y un calendario astronómico para discernir los ciclos estacionales, indispensables para la supervivencia. Las personas poseedoras de estos conocimientos, los chamanes o brujos, adquirieron el don de la palabra mítica para interactuar con los espíritus, con el fin de satisfacer las necesidades innatas de los seres humanos, para conseguir alimentos y curar enfermedades: poseyeron un saber especial del que dependió la comunidad, buscando los beneficios de las energías vitales y contrarrestando los espíritus malignos que causan la muerte. Ellos tuvieron la capacidad de soñar despiertos, de viajar a la dimensión temporal y espacial de la creación original, en rituales, con el recurso de ayunos y plantas sagradas que modificaban o controlaban su consciencia.

Todas las especies animales han tenido un potencial genético predispuesto para la supervivencia, que las ha impulsado a no perecer, a luchar contra la muerte, con la reproducción. Su vida ha estado supeditada a la consecución de alimentos, a consumir otras especies, como parte de un proceso de selección natural, de una capacidad de adaptación a un medio ambiente y de un instinto para defenderse de los depredadores. Todas las especies han participado de una cadena biótica que regula su crecimiento y comportamiento. La supervivencia ha significado luchar para no morir: así como todo lo que nace muere, también, eliminar para alimentarse es necesario, para sobrevivir.

La supervivencia de los seres humanos ha dependido de la alimentación y la sexualidad, pulsiones permanentes y relacionadas entre si; ambas han significado consumir con placer, lo que calma las ansiedades. Comer y realizar el acto sexual son actos físicos y emocionales que tienen implicaciones en las actividades diarias. En los animales, el instinto sexual está adscrito al ciclo natural de reproducción, lo mismo que en los seres humanos, pero a diferencia de aquellos, es una libido que permanece latente, que genera tensiones y desequilibrios emocionales, difíciles de comprender y por lo tanto de manejar.

Los seres humanos por naturaleza son omnívoros; en un principio, además de recolectores de frutos de la tierra desarrollaron el instinto de los depredadores, para obtener el alimento. Actividad en la que tuvieron que competir con otras especies carnívoras y defenderse para no ser la víctima o la presa. La consecución del sustento ha sido una actividad compleja acompañada de muchos riesgos, que han agudizado la inteligencia. Los grupos familiares primitivos fueron nómadas que dependieron de los ciclos estacionales de los animales cazados. De hecho, para cualquier depredador, la vida y la muerte son indisolubles; cazar es una actividad violenta que implica matar, para sobrevivir.

En las especies animales, la obtención de alimentos ha  sido una competencia instintiva, la lucha por una territorialidad. En la especie humana esta competencia entre los grupos adquirió otros significados, un intercambio cultural, por intermedio de alianzas de parentesco, o una lucha de sometimiento, en la que someter al otro implicó esclavizarlo o eliminarlo por intermedio de la guerra: la muerte con todo sus alcances mágicos se transformó en un poder que sustentó jerarquías políticas y guerreras.

Los seres humanos se diferenciaron de los animales por su capacidad cognitiva que les permitió, además de cazarlos, domesticarlos y también cultivar las plantas, acumulando productos como reserva y con fines comerciales. El establecimiento de una economía le dio más autonomía a las sociedades primitivas, el tiempo necesario para los avances tecnológicos como la elaboración de una arquitectura protectora de la inclemencia climática, causante de enfermedades y para aislarse de animales que atentaban contra su vida. De esta manera, los grupos humanos que habían sobrevivido integrados a la naturaleza, empezaron a inventarse realidades, para controlar las leyes naturales de la supervivencia. Dominar o controlar la naturaleza, con el paso de los siglos, significó el surgimiento, primero, de aldeas comunitarias y luego de ciudades como espacios culturales en donde los grupos humanos enfatizaron las jerarquías y desigualdades sociales y establecieron un poder político y religioso en manos de una clase privilegiada, que necesitaba mantener el orden establecido. La supervivencia de los grupos tribales dejó de ser una apropiación directa de los recursos naturales, para transformarse en procesos de producción económica con peculiares relaciones sociales y políticas, sin las cuales no sería posible sobrevivir.

Las sociedades humanas en su proceso histórico de fortalecimiento de invenciones se fueron alejando de sus pensamientos chamánicos; el actuar mágico y regenerador de los espíritus fue suplantado por creaciones religiosas, personificación de dioses inmortales, señores absolutos del espacio sideral, de la tierra y el mundo subterráneo. Existió una correspondencia analógica entre los gobernantes de reinos e imperios con los omnipresentes dioses. Los espacios sagrados como cavernas, bosques, lagunas, ríos y montañas donde los chamanes llevaban a cabo sus rituales fueron sustituidos por magníficos templos, como morada de los dioses y como lugares de cultos misteriosos encargados a los sacerdotes; las casas de los jefes tribales fueron reemplazadas por ostentosos palacios. El poder vital de la palabra oral de los mitos y las danzas rituales de los brujos necesitó del recurso de lenguajes escritos que garantizara el poder absoluto de los dioses y monarcas con la intervención sagrada de los sacerdotes. Los usos y costumbres de las tradiciones ancestrales necesitaron de la regulación de códigos sacralizados, en estrictas leyes que sustentaban el nuevo orden social y político. La sobrevivencia de los grupos sociales, el ciclo vida-muerte-vida, empezó a depender de las deidades, de los gobernantes que actuaban por mandato divino, con la intermediación del templo.

La historia de la humanidad es una cadena genealógica, una sucesión generacional que repite un ciclo natural: nacimiento, infancia, juventud, adultez, ancianidad y muerte. Todas las sociedades han tenido y tienen como fundamento una estructura familiar con diversas relaciones de parentesco, que se reproduce, transforma y perdura; en las cosmovisiones mágicas y religiosas y en los pensamientos políticos subyace una estructura de poder familiar indispensable para el funcionamiento de los sistemas sociales. La imagen de poder del padre o la madre y las relaciones de dependencia con los hijos están presentes en todos los organismos o instituciones sociales, políticas, económicas y culturales. Existe una relación de equivalencias: padre-madre-hijos = padres creadores-seres humanos = dioses y diosas-seres humanos = gobernantes y sacerdotes-comunidad = patrones-trabajadores = maestros-aprendices. Todos los seres humanos nacen adscritos a una familia y a un espacio en la jerarquía social, y los padres de cada generación transmiten a sus hijos una herencia genética y cultural. Los cambios producidos en la historia siempre han estado mediados por las etapas del ciclo vital, que reproduce cada generación: los niños con su fragilidad e inexperiencia crecen protegidos por los padres, para volverse jóvenes plenos de optimismo e ideales efímeros, que aprenden un oficio o profesión, para luego transformarse en adultos con una posición social definida, que después envejecen, hasta alcanzar la muerte.

En la sociedad moderna, que hace exégesis del individualismo, lo más sobresaliente es la competitividad: uno contra todos y todos contra mí. Desde el nacimiento, los seres humanos expresan su instinto de supervivencia que depende de la protección y educación especular de los padres y maestros, y de acuerdo con una normatividad social y cultural. Sobrevivir implica competir para salir adelante, antes de morir. Cada individuo tiene un camino por recorrer; digo recorrer, porque está preestablecido y limitado por la muerte. Esto no significa que el recorrido del camino de la vida sea igual para todos; si esto fuera así, no habría mayor diferencia con las demás especies animales. El proceso de la vida es complejo y exige muchos aprendizajes y adaptaciones, como instrumentos necesarios para satisfacer cada individuo sus deseos y ambiciones, después de luchar y superar adversidades y fracasos.

El mundo moderno, además de su diversidad cultural, rinde culto a las bellas apariencias que oculta el proceso natural de vida-muerte-vida, al promover el narcisismo de la eterna juventud y la prolongación de la vida por intermedio de avances científicos. Los virtuales medios de comunicación hacen apología de la juventud, con fines comerciales, como si esta no fuera una etapa pasajera del ciclo de la vida. Ser joven, rico y bello es sinónimo de éxito, en una realidad en la que por naturaleza, todos envejecen, pierden la belleza y la fortaleza corporal, antes de morir. Lo cierto es que las nuevas tecnologías médicas promueven estados patológicos, al prolongar la vida por más años, pero sin cambiar los vacíos emocionales y el agotamiento propio de los ancianos. Los mayores pueden ponerse máscaras de la juventud para actuar como lo hacen los actores en un escenario, pero no pueden dejar de experimentar los estados anímicos de la vejez.

Otros engaños plantean la utopía de que todos los seres humanos nacen libres e iguales, y que la sociedad humana evoluciona hacia un mundo justo y feliz; falacias que precisamente han justificado lo contrario, la desigualdad y la injusticia que fomentan las ilusiones del progreso. Por instinto de supervivencia los seres humanos son narcisistas y competitivos. Por eso, en todas las sociedades los niños y los jóvenes son educados y adaptados a un modelo cultural, a unos discursos metafísicos que sustentan unas estructuras de poder que controlan las jerarquías, las rivalidades y mantienen las desigualdades propias de la condición humana.

En las clases de la sociedad moderna todavía perdura la estructura familiar. En apariencia los nexos de parentesco se consideran propios de las llamadas sociedades premodernas, pero esto es una ficción evolucionista. Las asombrosas megalópolis de la economía capitalista globalizada son posibles por los grandes avances científicos que sistematizan y homogeneizan los comportamientos humanos, de manera instantánea, y porque existe una estructura de gobierno análoga a la jerarquía de poder social familiar. Si la figura subliminal autoritaria y protectora de un padre y una madre no estuviera personificada en los gobernantes, la mayoría de los seres humanos no podrían ser gobernados. En los partidos políticos en los que se afilian los ciudadanos para alcanzar o mantener el poder político y económico, está presente una jerarquía con unos líderes que se dirigen a los subalternos, como padres que prometen beneficios para el bienestar de sus familias o incrementar los que ya poseen.

En las relaciones de poder social y político de los sistemas democráticos, así como sucede en las relaciones familiares de padres a hijos, los asociados, si no ven satisfechos sus propios deseos, se rebelan contra la autoridad, corriendo el riesgo de ser reprimidos o eliminados. La convivencia entre padres e hijos, entre gobernantes y gobernados, origina muchas tensiones y rivalidades; los hijos para sobrevivir necesitan de la protección, enseñanza y beneficio económico de la sociedad conyugal establecida por los padres, tanto como sucede entre los miembros de un sistema social y político. Los miembros de una sociedad se ven avocados a cumplir reglas del juego impuestas por los padres o los gobernantes.

La sociedad moderna es resultado de la Gran cadena del ser fundada por los filósofos de la antigua Grecia. Sus raíces se profundizan hasta los tiempos heroicos de Homero, cuando emergió la tragedia. En los relatos míticos griegos se encuentran explícitas las pasiones de la condición humana. Los dioses Olímpicos, a pesar de ser eternos, se comportan como los mortales humanos; son seres poderosos que compiten entre ellos, envidiosos, celosos e infieles; rivalidades que intervienen en los conflictos humanos, en las guerras como la de Troya causada por la diosa Eris, la discordia, que motiva y obliga al pastor Paris a ser juez, a escoger la mujer más bella, entre las dos poderosas diosas, Atenea y Afrodita, y la mortal Helena, que termina recibiendo el trofeo de la manzana de oro que la distingue como la más deseada, despertando la envidia y la ira de las divinidades rechazadas.

La muerte también tiene implicaciones con el poder: los seres humanos, por ser mortales, están subordinados a la voluntad de los dioses. Pareciera que la especie humana estuviera condenada como Sísifo, a soportar el peso de su naturaleza, que como una pesada roca tiene que cargar, hasta alcanzar la cima de la montaña; pero cada vez que esto sucede, la roca vuelve a rodar al fondo, donde está obligado a subirla de nuevo, sin poder evitarlo. Sísifo reitera que los seres humanos no pueden evitar la muerte, porque estarían condenados a una existencia absurda, precisamente, por haberse negado a morir, después de engañar al dios Hades, rey de los infiernos. La alternativa que le queda al  ser humano es resignarse a su naturaleza mortal que lo identifica, es aceptar el carácter necrológico de su historia, que lo ratifica; o a creer que su capacidad racional o espiritual por no ser material, sobrevive después de la muerte del cuerpo.

La muerte como pérdida de una vida es transformada en un acto trascendental. En Occidente, no enterrar el cadáver es un acto de poder absoluto que atenta contra la identidad de los seres humanos. El asesinato es un acto de violencia que causa sufrimiento; la desaparición del cuerpo de la víctima es una afrenta mayor, no porque relativiza el dolor que causa la muerte, sino, porque niega el ritual mortuorio sagrado, que permite la liberación del alma, además del duelo necesario, ante la pérdida que significa. La tragedia familiar de Antígona está directamente relacionada con el derecho moral a ser enterrado; de no ser así, el espíritu no recibiría una recompensa o un castigo, sino, vagaría eternamente en la tierra, como alma en pena. De acuerdo con el destino, Antígona, hija de Yocasta y Edipo rey de Tebas, tuvo dos hermanos, Eteocles y Polinices, que heredarían el poder de su padre, de manera consecutiva. Edipo profetizó que esto no sucedería y que combatirían hasta eliminarse el uno al otro. Polinices, para combatir a su hermano se alió con Argos, ciudad enemiga, lo que fue considerado por Creonte, rey de Tebas, como una traición a la patria. Por tal razón, como castigo, el monarca ordenó que el cuerpo de Polinices no fuera inhumado, sino abandonado y expuesto a los animales rapaces y carroñeros. Antígona al no estar de acuerdo con este castigo, decidió dar sepultura al cuerpo de su hermano, desobedeciendo al rey, que también era su tío y suegro. Antígona fue condenada al horror de ser sepultada viva, algo que va en contra de ciclo natural de la vida; por eso prefirió suicidarse. Como en toda tragedia, el final tiene un desenlace cruento y absurdo: El suicidio de Eurídice, esposa del rey  y de su hijo Hemón, el prometido de Antígona.

Entre las pasiones humanas se destacan la envidia y los celos. En los relatos míticos de la tradición judeo cristiana están presentes, desde su génesis. La envidia del bello Luzbel que impulsó la rebelión de los ángeles, que por eso cayeron al abismo infernal, por no haber aceptado la supremacía de Jesús como hijo-dios único. La creación de los primeros padres de la humanidad también despertó la envidia de Lucifer, que intervino para que comieran del fruto prohibido del árbol del bien y el mal, en el paraíso terrenal, que los haría ser como dios. El primer homicidio fue ejecutado por Caín, contra su hermano Abel, al no soportar la envidia que sintió con él, por ser el preferido de dios, lo que determinó el castigo de ser el progenitor de una raza maldita que vagaría por el mundo.

En la tradición judeo cristiana, las pasiones humanas deben ser reprimidas. La pasión y muerte de Jesucristo fue necesaria para redimir el pecado de la desobediencia original. Desde entonces, los seres humanos han sufrido y sentido culpa por sus pecados, claro está que sin una sanción divina tan drástica como la infligida al demonio y a Caín, porque este sentimiento se puede confesar y por lo tanto perdonar por un representante de dios en la tierra. Pedir perdón es muy importante porque significa estar arrepentido, es confesar la culpa del pecado, para ser absuelto y cumplir con una penitencia, lo que produce una tranquilidad de conciencia. La envidia, los celos y otras pasiones terminaron justificando los mandamientos divinos y reiterando el temor al castigo, que se puede evitar, pidiendo perdón por las faltas cometidas y ejercitando las virtudes, para poder alcanzar la paz terrenal y  una recompensa celestial.

Las pulsiones se pueden encubrir con las bellas apariencias de una retórica cultural. Las emociones del lado oscuro de la mente producen fantasías que de acuerdo con el buen comportamiento se deben ocultar con modales correctos, que en apariencia se manifiestan como algo verdadero, aunque la verdad es sustituida por lo verosímil. El ingenioso discurso del envidioso y el celoso es mentiroso, aunque se presenta como verosímil; descalifica los atributos o bienes de otra persona, sencillamente por el hecho de no poseerlos o por el temor a perder lo deseado. Su narcisismo de origen infantil no lo deja aceptar que otras personas tengan atributos que él  no tiene, y que no puede alcanzar con un esfuerzo personal. Estar inseguro y apropiarse de algo que no le pertenece, con engaños, es una actitud perversa que causa daño a los demás. Los envidiosos y celosos tienen una personalidad camaleónica, que se adapta de manera oportunista, de acuerdo con las circunstancias.

La capacidad intelectiva y el poder de las pulsiones no han evolucionado desde la aparición de los primeros homo sapiens;  la envidia, los celos y otras pasiones han estado presentes, han perdurado y actuado como estados emocionales innatos a los seres humanos; no es exagerado afirmar que han tenido un papel protagónico en la historia universal, sobre todo en los campos de batalla, donde ha danzado la muerte, cubriéndolos de cadáveres, sangre y destrucción; los promotores de las guerras, de manera insólita, han sido defensores de una civilización justificada con ideales morales que reprimen las pasiones, que defienden las virtudes y combaten los vicios, sin importarles sus consecuencias desastrosas. Reprimir las pulsiones humanas desde la racionalidad ha sido un fracaso en tanto ha generado estados patológicos. Los seres humanos han podido contrarrestar el efecto destructivo de sus pasiones con creaciones intelectuales, científicas y artísticas. No es posible dejar de sentir estas pulsiones, pero si se puede transformar el goce y el sufrimiento que producen, en creaciones sublimes. Un buen ejemplo son las tragedias y comedias de William Shakespeare, que se inmortalizó como los héroes de la antigua Grecia, por conocer la condición humana, por develar las pasiones y la locura del poder de reyes que asesinan sin importarles morir; por recrear en diálogos magistrales las traiciones, envidias y celos en que se encuentra atrapado sin salida, el príncipe Hamlet del reino de Dinamarca, y por el desenlace trágico del bello amor juvenil de Romeo y Julieta que los conduce a la muerte.

Narciso es un ser mítico libre de envidia y celos, desde el momento en que se miró en las aguas de una laguna y al percibir su belleza sublime, no pudo amar a otro ser. Los humanos, por naturaleza, son como Narciso, pero a diferencia de este hermoso joven, experimentan envidia y celos, cuando se miran en el espejo. Un ser humano refleja lo que es, pero, al mirarse, se da cuenta que no es tan bello como Narciso, y en lugar de aceptarlo, proyecta sus imperfecciones, miedos y dudas, en otras personas que tienen los atributos que le faltan; siente envidia y celos, fantasmas que le impiden amar, lo que le genera amargura y soledad.

La modernidad se construyó a partir de la falacia de que la naturaleza humana podía ser dominada por una inteligencia racional, subvalorando o desconociendo el poder latente de las pulsiones, indispensables para la supervivencia. La especie humana no puede desprenderse de su naturaleza resultado de una evolución genética, que desde los primeros homo sapiens se ha transmitido de generación en generación, hasta el presente. Podría decirse que la especie humana es una mutación o anomalía de la evolución, al poseer una naturaleza polivalente en la que de manera permanente e indisoluble, actúa una capacidad cognitiva, impulsada por pulsiones. El reto de las sociedades humanas ha sido manejar el potencial de una naturaleza en la que coexisten elementos racionales y emocionales, naturales y sobrenaturales, terrenales y celestiales. 

En la historia de la humanidad, los estados emocionales han tenido un papel protagónico. Y según parece, como lo dijo Erasmo de Rotterdam, los seres humanos han preferido la locura y no los discursos de teólogos y filósofos, que no satisfacen sus deseos. Las pasiones y los actos demenciales siguen vigentes en la sociedad actual; la civilización moderna no se encuentra bien, hay un malestar generalizado en las culturas; lo más importante sigue siendo una lucha por alcanzar el poder total, en el mundo. Un narcisismo ilimitado, encubierto de retóricas y bellas apariencias, ha establecido un poder económico y político en manos de un sector minoritario, que a diferencia de otros gobernantes absolutos del pasado, hoy en día, con sus recursos científicos y tecnológicos tienen la capacidad demencial de someter a su arbitrio a millones de seres humanos, y sobre todo,  la posibilidad de eliminar la vida en la tierra. Todo esto lo justifican con una racionalidad moderna que tiene como meta el crecimiento económico, que al final de cuentas significa incrementar las fortunas de los dueños de la banca internacional, que someten y humillan países con empréstitos y generan bajos salarios y desempleos. Es cierto que por naturaleza, los seres humanos son competitivos y pasionales, pero esto no justifica la irresponsabilidad de aquellos que gobiernan el mundo, para satisfacer su egolatría, sus privilegios, su locura, que les impide ver los sufrimientos y las miserias humanas. Ellos representan el mayor grado de civilización alcanzado por una tradición cultural enfermiza, en tanto sigue provocando guerras con fines económicos, desplazamientos de millones de personas, que justifican la violencia y muerte con el recurso de un conocimiento científico, y  actúan a nombre de un ser supremo, creador de todo lo existente. Otros, más radicales, como en el pasado, todavía imponen sus dogmas religiosos, como verdades absolutas, con actos de terrorismo y ejecuciones  bárbaras, para amedrentar al mundo.

Todo ser humano tiene la capacidad cerebral de elaborar pensamientos y lenguajes simbólicos inscritos en estados emocionales, análogos a los instintos de otras especies animales, y sin los cuales no sería posible la supervivencia. Hoy en día los estudios científicos ecológicos interesados en conocer la naturaleza, sin fines mercantiles que contaminan todo, enseñan que la etología de los animales tiene mucho que enseñar, algo que ya habían descubierto antiguas culturas, negadas, precisamente, por la modernidad. Hay que cuestionar la era antropocéntrica fundamentada en la falacia filosófica y religiosa de un humanismo, que atenta contra su propia especie y contra todas las demás manifestaciones de vida.


Los seres humanos se distinguen de las especies animales porque además de sobrevivir pueden transformar sus pulsiones en creaciones sublimes, con el recurso simultáneo de su inteligencia. Todas las culturas, desde las más antiguas hasta las más modernas, han dado respuestas diversas que definen y regulan el erotismo-muerte, en dimensiones mágicas, religiosas, filosóficas, científicas y artísticas. De ser posible, la alternativa de las personas indignadas es hacer un alto en el camino para hacer una autocrítica, reflexiva y genealógica, desde los orígenes arquetípicos; un balance crítico de las falacias culturales que ayuda a comprender la locura contemporánea; se trata de hacer una relectura del palimpsesto translúcido dejado por generaciones ancestrales, que se remontan a los tiempos míticos de los primeros homo sapiens. Hay que repensar los elementos y comportamientos que identifican a la especie humana, que así como la acercan, la alejan, de los demás seres naturales, en la dimensión cósmica de su único hábitat, la tierra, antes de que sea demasiado tarde.