jueves, 21 de agosto de 2014

El laberinto de los espejos fluidos de la historia



ESPEJO DE MUNDO: CONOCIMIENTO HISTÓRICO Y “GIROS” INTERPRETATIVOS EN LA HISTORIA, es el nombre con el que el profesor Guido Barona Becerra ha decidido titular su texto. Dar nombre a una realidad objetiva es bautizarla, es ratificar el principio de autoría y de pertenencia con el que el autor la identifica y se identifica él mismo. La titularidad de una obra intelectual no implica que su contenido sea original o un acto de creación de la nada, exclusividad de los dioses; es una impronta subjetiva no arbitraria sino, por el contrario, un acto intencional; es un enunciado, es una metáfora que en algunas ocasiones el autor transforma en escritura poética y en otras en narrativa conceptual, de manera explícita.

Al leer dicho título se hace evidente que el autor no tiene la pretensión de ocultar sus intenciones con un velo esotérico o escatológico; todas las palabras que lo configuran se resumen en la atractiva frase ESPEJO DE MUNDO (por eso la singularidad de los dos puntos y la ausencia del verbo); tanto espejo como mundo son dos sustantivos que aislados son lugares comunes, pero que al estar unidos por la preposición de, adquieren una determinación propia, una dinámica poética que motiva al lector; se trata de una realidad especular, no de cualquier realidad, sino del conocimiento histórico, aunque se especifica que no es un saber estático, sino que “gira”, en diversos sentidos lineales o vectoriales, como lo relativizan las polisémicas comillas, signo que todos comprendemos y aceptamos; lo que sí es seguro es la aceptación del autor referida al por qué de lo enigmático de la escritura: que todo acto de escribir es una interpretación, inscrita y  circunscrita en la historia; también admite que el “girar” es un verbo, es una acción que puede significar algo instantáneo, que no establece ruptura con el antes, pero que si implica repercusiones con el después.

Una vez leído el texto entendemos que el protagonista principal del mismo, todo el tiempo, desde la introducción hasta el epílogo, en la puesta en escena de su escritura, es la historia, o mejor dicho, son los “giros” históricos interpretados por los (as) historiadores (as) (actores principales del drama), desde su arché filosófico y mitopoético y a lo largo de su devenir o Gran cadena del ser (según Lovejoy) de la tradición Occidental o judeo cristiana (como prefiere llamarla el autor), para crear horizontes de mundo, sacralizados o profanalizados, dotados de sentidos teleológicos, de realidades especulares. No se trata de un espejo de la historia, como el de Alicia (de Lewis Carroll), que le permite traspasarlo para introducirse en la dimensión fantástica infantil que atrae a los adultos, sino, por el contrario, de un espejo multifacético, que de acuerdo con la mirada de los (as) historiadores (as) puede ser plano, ondulante, cóncavo o convexo, que refleja las creaciones de sus mentes, como interpretaciones de las realidades históricas. Si aceptamos el presupuesto de la historia como realidad fenomenológica única, paradójicamente, el espejo que la refleja es fluido, no produce una sola imagen, sino múltiples configuraciones, cuyo brillo o aura fantasmagórica se particulariza de acuerdo con las verdades religiosas, filosóficas o científicas de los intelectuales que, al igual que Narciso, se proyectan en él para reiterar su propia imagen virtual, como configuración, no tanto de su belleza física, sino de su sabiduría.

Hablar de historia (con mayúscula o minúscula) es hablar del tiempo, metáfora multifacética que contiene todo lo que existe (el Cosmos), porque el tiempo es una entidad natural o mortal (finitud) o inmortal (infinitud de los dioses creadores y seres espirituales). Todas las culturas humanas han creado realidades temporales religiosas o mágicas mitopoéticas (cosmogénesis), o corpus teóricos filosóficos y científicos llamados cosmologías. En la tradición Occidental la percepción y la dimensión metafísica del tiempo ha resultado del encuentro de la sabiduría politeísta y mitopoética de los antiguos aedos griegos, de los tiempos heroicos de Homero y de los filósofos o amigos de la verdad generada por el logos, con la tradición teológica judaica, redefinidas, a partir de la encarnación divina de Jesucristo, el hijo de Yahvé o único Dios judaico, del Antiguo Testamento, por los que se llamarían cristianos, que establecerían una patrística en la que la historia de la humanidad tendría un sentido teleológico, al ser una historia de salvación o redención de la culpa del pecado cometido por los primeros padres, Adán y Eva, en el paraíso terrenal. Según el relato sagrado del Génesis, el tiempo histórico es originado en un acto de castigo divino, por el pecado original, que determinó el carácter mortal del cuerpo y la redención (pasión, sufrimiento) que permite la salvación del alma, ente espiritual de los herederos de la culpa, de los progenitores de la humanidad.

Para los antiguos griegos, en el principio existía el Caos y la oscuridad; todo era informe, inanimado e indeterminado; luego, surge Gaia, la Madre Tierra, presencia material que le dará sentido y orden al Caos. Gaia, para llenar el vacío que estaba sobre ella, engendró ella sola a Urano (el Cielo). Por intervención de Eros (el Amor), la Tierra se unió a Urano, su hijo primogénito, para procrear a los Titanes, Cíclopes y Hecatónquiros, fuerzas de la naturaleza que oponen dificultades y resistencias al orden. Uno de ellos es el indomable Cronos (El Tiempo), quien se rebela contra su padre, como solicitud de su madre que deseaba vengarse de su esposo, porque le había encerrado en la oscuridad de la tierra (su vientre) a sus hijos y porque estaba cansada de la continua fecundidad que le imponía. Su rebelión consistió en cortarle los genitales a su padre; de la sangre derramada que cayó a la tierra nacieron las amenazantes Erinias o Furias (símbolos de la culpa de Cronos), y del semen y su órgano sexual, que cayeron al mar, nació Afrodita, la diosa del Amor. Cronos en compañía de Rea, su esposa y hermana, tuvieron muchos hijos, que al momento de su nacimiento eran devorados por su padre, ante el temor de que se cumpliera la profecía de su madre Gaia, en la que le anunciaba que iba a ser destronado por uno de ellos. Cronos era el implacable tiempo devorador de lo que él mismo engendraba. Su hijo Zeus, con la ayuda del engaño de su madre, pudo sobrevivir y destronarlo, como estaba profetizado. De esta manera Zeus se convirtió en el principal dios del Olimpo, del cielo y la tierra, poder que compartiría con sus hermanos, con Poseidón que gobernaría los mares y con Hades que reinaría en las profundidades de la tierra, donde todavía moran los muertos.[1]

El nacimiento de la historia tiene que ver con la inspiración poética y la memoria del poder divino. Zeus, con el fin de registrar y cantar el triunfo de los dioses, decidió engendrar con la titania Mnemosine (la Memoria), nueve hijas, las Musas, dedicadas al canto y la poesía, garantizando de esta manera que nada sería olvidado. Una de las nueve Musas era Clío (la Historia), nombre que en griego (Kleió) significa gloria y reputación. Con este sentido mítico la historia para los antiguos griegos no era de finitud o culpabilidad, sino de canto poético a la grandeza y los triunfos de los dioses, los héroes y los actos de los seres humanos que merecían ser guardados por la Memoria, que había engendrado la Historia: Al crecer, Zeus destronó a Cronos (Saturno), y venció, junto con sus hermanos y con los Ciclopes, a los otros Titanes y a los Gigantes. Con esa triple victoria se afirmó su poder como señor absoluto del mundo y cerró el ciclo de las divinidades tenebrosas, de las fuerzas desordenadas que, como Cronos –el Tiempo- todo lo corrompen y destruyen. Para los filósofos, su triunfo simboliza la victoria del Orden y la Razón sobre los instintos y las pasiones.[2]

A diferencia de la tradición judeocristiana, para los antiguos griegos el tiempo histórico de los mortales humanos dependió no solo de una divinidad, sino de todos los dioses olímpicos. Entre ellos sobresale el Destino, poderosa fuerza divina que condicionaba los comportamientos de las personas; aunque la vida dependía del Destino esto no implicaba una predestinación inmodificable, porque como lo hicieron los héroes, los hombres y mujeres podían intervenir en su propio destino y luchar para alcanzar la gloria, con todas las vicisitudes del drama trágico. Thanatos, (la Muerte) o finitud de los seres humanos, obedecía las órdenes del Destino, lo mismo que las Moiras (Parcas) que deberían tejer y cortar el hilo de la vida, y si el muerto había cometido grandes faltas era arrastrado por las Erinias (Furias) hacia el Erebo o Infierno.[3]

Un personaje mítico que engañó a la Muerte fue Sísifo, el rey de Corinto, cuando Zeus se la envió como venganza, por haberlo delatado por el secuestro de la ninfa Egina. La artimaña de Sísifo consistió en encerrar a Thanatos en un cuarto, lo que evitó que la gente se muriera, algo que preocupó a Hades, rey del inframundo, porque dejaron de llegar almas. Zeus intervino en la crisis y por intermedio de Ares, obligó a Sísifo a seguir a Thanatos hacia los Infiernos; pero, antes de este viaje, Sísifo insistió en su engaño al pedirle a su esposa que no lo enterrase y le realizase honras fúnebres, situación que luego en el mundo de los muertos le sirvió como pretexto para que le permitieran volver a la superficie de la Tierra, supuestamente para castigar a su esposa por tan grave negligencia. Así logró vivir por muchos años más, hasta el día en que le faltaron las fuerzas para seguir existiendo. El rey de los Infiernos para evitar que se volviese a fugar le impuso un castigo, que no le permitiese descansar por un sólo momento: empujar montaña arriba una enorme piedra, que siempre se le escapa de las manos al llegar cerca de la cima. Y así, perpetuamente, el condenado que osara engañar a la Muerte desciende por la ladera para retomar la piedra y recomenzar su tarea sin fin y sin objetivo [4]

Aunque no de manera directa, como se ha especificado anteriormente, en el texto del profesor Barona subyace el arché de la tradición Occidental, fundamento de lo que él llama las poéticas de la temporalidad y el sentido de duración del tiempo. Este autor elabora una escritura sobre los giros de la historia, como una reflexión teórica crítica, desde un locus autobiográfico intelectual, desde su propia experiencia personal, adquirida con el pasar de los años en el ejercicio del oficio académico, como profesor e investigador. Para poder alcanzar lo deseado durante años, toma la actitud de un historiador que ejerce su profesión como si fuera un arqueólogo que indaga los sentidos del tiempo histórico construidos por sus colegas colombianos y extranjeros, en una perspectiva genealógica de la historia o las historias, que lo llevan a encontrar el arché mitopoético, que como realidad fundacional esencial subyace en el devenir de la tradición judeocristiana.

El Destino determinó que mi vida profesional y la del historiador Guido Barona, fueran existencias paralelas, desde nuestra época de jóvenes estudiantes en la universidad del Valle, lo que durante muchos años nos ha permitido compartir trabajos e inquietudes intelectuales, como amigos y colegas. Comprendo, por eso, que el profesor Barona se haya atrevido a enfrentar el complejo reto que contiene su obra; como él mismo lo confiesa, en varias oportunidades, y lo reitera subjetivamente en la introducción de la misma, esto ha sido posible, más allá de sus serios conocimientos científicos, por su propia experiencia vital que lo llevó a cuestionarse a sí mismo como historiador; sus críticas a las diégesis de los (as) historiadores (as) las considera una posición ética profesional. En el lapso comprendido entre la publicación de su diegético libro La maldición del rey Midas (1995) y su investigación Historia del delito (inédita) o El combate de las morales (2004), toma consciencia y acepta críticamente sus pretensiones científicas y sus propias aporías historiográficas y las asumidas por otros, sus colegas: En ese momento supe que ya no podía ser historiador diegético, que no era más que un narrador como otros muchos y muchas más, que era un interpretante de mundo, que ensayaba a narrar el pasado de un mundo sin la pretensión de la “verdad” y una “objetividad” que ya me estaban negadas. Y, luego, agrega: mi propósito no es demoler la obra de nadie puesto que tal y como lo he hecho hasta ahora en este escrito la crítica la ejerzo también sobre los resultados de mi propia ocupación de historiador; este es mí sentido ético del cuestionamiento académico y disciplinario. Mi intencionalidad va mucho más allá: pretendo demostrar que ni siquiera con las proposiciones individuales se puede tener una referencia denotativa y no connotativa de las realidades pasadas.

Para el profesor Barona, en la modernidad, que él llama modernidad moderna, es importante considerar el arché mitopoético de la antigüedad. Además de sus disertaciones teóricas sobre la narración y la diégesis, le interesa lo relacionado con el arché de los mitos creacionistas, como fundamento, base o comienzo de todas las cosas que nos permite explicar la multiplicidad o la diversidad:  […] ya sea como realidad situada al principio de los tiempos, a partir de la cual se genera todo lo existente, o como constitutivo último de lo real, que es el elemento que se encuentra en todas las cosas, pero no en la superficie, ni en lo visible ni en lo experimentable por los sentidos. El arché (arjé) también fue entendido como el elemento que determina el ser propio de cada ente [...] 

Como historiador-arqueólogo me llama la atención la reflexión básica sobre el comienzo o surgimiento de la historia humana al tomarse conciencia de la muerte. En un marco de referencia de la teoría científica de la evolución, algunos historiadores marxistas aceptaron lo propuesto por Engels, que se podía hablar de historia, a partir del homo habilis, el fabricador de herramientas de piedra, que daría comienzo a los procesos de producción que transformarían la naturaleza y por lo tanto generarían el modelo de los modos de producción (con sus particulares relaciones sociales), desde los cuales se establecerían las periodizaciones sociales y económicas evolutivas, de la historiografía marxista. Mientras que para otros arqueólogos (prehistoriadores), los primeros homínidos fueron aquellos que se diferenciaron de los otros antropoides, por enterrar a sus muertos en tumbas, ritualizando la muerte, como conciencia de la finitud de los seres humanos y de la existencia de una parte espiritual que perdura después del fin biológico del cuerpo. El tiempo histórico nace a partir de la consciencia de la muerte; consciencia que perdura en la memoria de los humanos, como un temor y como una dependencia o culto a los antepasados. Los historiadores (as) (y los (as) arqueólogos (as)) serán los encargados, según sus preconceptos teóricos, de reconstruir el tiempo pasado que ya no existe o está muerto. ¿Cómo y para qué se recupera el pasado?, son las preguntas que se han hecho desde hace muchos siglos, y todavía se hacen los (as) historiadores (as), dando respuestas diversas, acordes con sus creencias religiosas o modelos diegéticos, que precisamente, el profesor Barona analiza críticamente desde su propia mirada especular, a lo largo y ancho de su libro.
 
Al respecto, el profesor Barona hace la siguiente cita: No en balde Michel de Certeau inició La escritura de la historia con una cita de Jules Michelet sobre los muertos, que hizo parte del proyecto inédito –El heroísmo del Espíritu-  de Prefacio a la Histoire de France. De Certeau situó el escribir la historia como un “caminar”, con la seguridad de que “no se puede reavivar lo abandonado por la vida”, con la seguridad de que […] en el sepulcro en que habita el historiador sólo se encuentra el “vacío”; con la seguridad de que […] esta “intimidad con el otro mundo” no representa ningún peligro.

La decisión del Destino que ordena a la Muerte el fin de la vida de un ser humano es algo inapelable; por eso, el implacable castigo a Sísifo, que nos recuerda que no podemos evadirla, por más artilugios que elabore la mente: ¿Qué simboliza la roca que siempre se está rodando? Para el profesor Barona, la lectura de la bella obra El mito de Sísifo, del entrañable escritor Albert Camus, lo lleva a encontrar una de las claves para entender el problema de las interpretaciones, de los giros historiográficos, que le ha motivado la escritura de dicho texto. En el hermoso fragmento que extrae de esta pieza literaria, en el que el narrador reflexiona sobre la validez de los conocimientos científicos, en comparación con las experiencias sensoriales de su vida, dice: Sin embargo, toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que pueda convencerme de que este mundo es mío. Vosotros me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Enumeráis sus leyes, y en mi sed de saber consiento en que sean verdaderas. […] Así esta ciencia que debía enseñarme todo, acaba en hipótesis; esta lucidez sombría, en metáfora; esta incertidumbre se resuelve en obra de arte. ¿Para qué necesitaba tantos esfuerzos? Las líneas suaves de estas colinas y la mano de la tarde sobre este corazón agitado me enseñan muchísimo más. He vuelto a mi principio, no por ello puedo aprehender el mundo. […] Y vosotros me das a escoger entre una descripción que es cierta, pero que no me enseña nada, e hipótesis que pretenden enseñarme, pero que no son ciertas […]

Guido Barona establece una analogía entre el castigo de Sísifo y el oficio de los (as) historiadores(as): Por mucho que la ciencia histórica perciba, describa, enumere y explique los fenómenos del pasado de un mundo de la vida situado como objeto de la mirada historiadora, su conocimiento, regulado metodológicamente como expresión propia de todo imperativo científico, no es aprehensión del mundo de la vida de que se trate, y mucho menos comprensión del mismo […] Cada vez que un historiador o historiadora llega a la cumbre de la cima de su hacer se precipitará nuevamente a la sima de donde partió para reemprender, él o ella y otros que como ellos y ellas tal hacen, la senda historiográfica pisando territorios yermos, si se quiere nuevas dunas y arenales, hasta llegar a una nueva cima.

El tiempo, en la dimensión mitopoética de la mente es  una creación atribuida a los dioses, que para el logos con el pasar de los siglos se ha transformado en los sentidos de los tiempos históricos, hasta llegar a la teoría científica del Big bang de la contemporaneidad. La necesidad de explicar el origen de todo lo existente y del devenir y la finitud natural o tiempo histórico es la preocupación permanente del autor del ESPEJO DE MUNDO. De manera precisa y reflexiva lo hace; no con un método lineal sino de manera fluida, como un deseo y una voluntad de ir y  volver al pasado, para comprender las aporías de los sentidos de tiempo creados por los giros historiográficos y sus curas ideológicas trascendentales; no a partir de verdades objetivas, sino, siempre desde los fundamentos filosóficos heideggerianos, de la certeza existencial del aquí y el ahora, que le garantizan un locus en el horizonte de mundo en el que habita. El profesor Barona puede introducirse en el laberinto historiográfico y no perderse porque sabe que desde la casa del aquí y el ahora, localizada en Popayán, puede leer los giros historiográficos de sus colegas colombianos, latino o hispanoamericanos y de otros países del mundo.

Guido Barona es un viajero que tiene la capacidad mental de introducirse en los sentidos temporales, sagrados y profanos, de los (as) historiadores (as) de la tradición Occidental, contenidos en los libros de los anaqueles de su biblioteca. En este indagar epistemológico se encuentra con las poéticas del tiempo y con las diégesis de la Gran cadena del ser occidental, con las narraciones literarias y los diversos modelos científicos, como el estructuralismo, que han impuesto horizontes de mundo con verdades científicas universalizantes, con las disecciones objetivas de la realidad histórica y cultural, como si se tratara de un cuerpo inerte situado intencionalmente en una mesa de operaciones, cuya existencia depende del cirujano o científico.

A manera de síntesis de este complejo panorama del manejo del tiempo histórico se puede decir que un hito es el llamado giro copernicano del siglo XVI, que transformó el universo ptolemaico, sacralizado por siglos por los padres de la iglesia cristiana, en una cosmología en la que la tierra dejó de ser el centro del Universo y el humanismo reivindicó que el ser humano además de sufrir en un valle de lágrimas, por ser heredero de la culpa del pecado original, podía con su logos y con su capacidad artística crear sus propias realidades e interpretaciones de mundo. Antes del giro copernicano el horizonte  Dios-mundo, hegemónico durante siglos, definió un sentido del tiempo histórico, a su vez teológico y teleológico, como una historia sagrada o de redención que fundamentaba su poder en la palabra de Dios revelada a los profetas del Antiguo Testamento, y en la vida pasión y muerte de Jesucristo consignada en el Nuevo Testamento. A partir del giro copernicano emergió la modernidad moderna, fundamentada en la recuperación hecha por intelectuales, como Pico de la Mirandola y Ficino, de la filosofía platónica y de sus seguidores neoplatónicos y de otros pensadores y poetas latinos, judíos y árabes de la antigüedad; se institucionalizó en varios Estados europeos el cristianismo reformado ( luterano y calvinista) lo que debilitó el poder dominante del papado y fortaleció la praxis moral secular individual , desde la predestinación divina, en contra del libre albedrío de la iglesia de Roma. El giro copernicano encausó el desarrollo de racionalismos filosóficos y científicos, la hybris de la modernidad moderna o la llamada muerte de Dios. Podría decirse que el calendario de la historia de salvación de la humanidad, establecido a partir del icono divino de Cristo, el hijo de Dios encarnado (a.C. y d. C.), perdió su carácter hegemónico en la modernidad moderna al poderse hablar hoy en día de un antes y un después del giro copernicano.

El profesor Barona va analizando críticamente los diversos sentidos del tiempo histórico elaborados por pensadores que se remontan al medioevo,  como Joaquín de Fiore, que dividió las eras históricas de acuerdo con las tres personas del misterio de la Santísima Trinidad, para contrastarlos con los postulados teóricos de la Ciencia Nueva de Giambattista Vico, y fundamentalmente concentrarse en las diégesis historiográficas, desde el siglo XIX cuando surgió el positivismo de la historia y sobre todo en las teorías de las ciencias sociales del siglo XX, hasta alcanzar las recientes propuestas y las implicaciones políticas de los (as) historiadores (as), llamadas  poscoloniales, decoloniales o subalternos. Todo esto lo hace, no con un sentido enciclopédico, sino como ya se explicitó, desde su locus historiográfico, desde su propia mirada internacional inscrita y circunscrita en y desde Colombia. En su trabajo es evidente su interés particular por reflexionar críticamente los giros historiográficos plasmados en libros de colegas colombianos (as), de los llamados tradicionales y aun locales, y de los inscritos en la llamada Nueva Historia, que interpretaron la historia de Colombia en una perspectiva heterogénea de las ciencias sociales, desde los tiempos de los cronistas del descubrimiento de América y hasta el siglo XX.

Del complejo y denso trabajo del profesor Barona también quiero destacar un elemento de valoración de la sensibilidad literaria. Llama la atención que en algunos apartes y epígrafes escribe fragmentos de los poetas J. Milton, J. de Castellanos, F. Hölderlin, S. Buttler, J. L. Borges y G. Quessep. Los poetas son los líricos o creadores de la poética del tiempo heredada de los antiguos aedos que en la Grecia arcaica de los tiempos de Homero, narraban los mitos épicos como los de la Ilíada y la Odisea, en el espacio sagrado de la danza y el canto. Así como lo hizo el filósofo Martín Heidegger, con la poesía de Hölderlin, el profesor Barona reflexiona el lenguaje hermético del poema de G. Quessep, Muerte de Merlín, para encontrar los significados profundos de la poética del tiempo del trovador colombiano, que se atreve a interpretar desde su mirada historiográfica existencial del aquí y el ahora, aunque él bien sabe que muy seguramente transgrede la intencionalidad de su hacedor; piensa que el lenguaje metafórico de los poetas expresa verdades sobre la dimensión existencial integrada al devenir de la condición humana, que en este caso asocia al derrumbe del reino de la historia ciencia: La muerte de Merlín, del druida hechicero, es, en mi criterio, la muerte del reino de la historia ciencia tal y como ésta hasta ahora se ha constituido, por lo tanto de su verdad, de lo que dice fue en un pasado intencionalmente pergeñado, apodícticamente y totalitariamente enunciado.

Guido Barona es consciente de la existencia de culturas del pasado y del presente en las que el mito es una realidad viva que surge en el ritual, la danza y el canto, y de la singularidad histórica de tradiciones orales como los cuentos y leyendas que tienen una materialidad cerebral y unas sinapsis, que han permitido la memoria y el recuerdo, y que luego fueron inscritas en los libros: La materialidad de las narrativas, de los cuentos, de las novelas, así en algún momento no estén inscritas en algo más duradero que el medio en el que los sonidos articulados de quienes dicen algo de algo las enuncian, del cerebro y de sus sinapsis; sin estas materialidades no habría ni memoria ni recuerdo. El Pentateuco o la Torah, la Biblia y el Corán, son excelentes ejemplos de la materialidad en que originalmente, antes de ser libros, se inscribieron las narrativas en ellos contenidas. Lo más seguro es nuestra permanencia de nuestra imposibilidad de llegar a las formas originarias que tuvieron las narraciones que luego fueron inscritas en aquello que llamamos libros. Sin embargo y pese a esta imposibilidad, todavía hoy podemos leer y enterarnos de cuentos y narraciones, de mitos creacionistas, escuchados hace miles de años.

El profesor Barona no toma la posición de un antropólogo interesado en investigar la mitología, sino la de un narrador de la historia que reivindica el aquí y el ahora de la mitopoesía, la poesía y otras narrativas populares como poéticas del tiempo que tienen otras causalidades y lógicas relacionales. Refiriéndose a las llamadas etnohistorias anota: …en mi criterio son mitopoéticas; es decir, formas narrativas en las que no se hace presente la filosofía de la historia que caracteriza al judeocristianismo y mucho menos la regulación teleológica de la trama en la narración en tanto sus poéticas de la temporalidad se desenvuelven bajo otros regímenes de causalidad y otras lógicas de relación. Existen también otras narrativas históricas desvalorizadas por el positivismo epistemológico. Ellas provienen de narradores no expertos, de seres humanos comunes y corrientes para quienes, las historias que narran, sólo tienen la intencionalidad de rememorar sus recuerdos, viviéndolos nuevamente. Estas dos últimas formas narrativas, aunque cargadas de intencionalidades, no tienen la pretensión de la llamada ciencia histórica y mucho menor de imponer una verdad hegemónica sobre otras posibles configuraciones poéticas de la temporalidad; son expresiones situadas por fuera de los ejercicios de poder llámense estos académicos, científicos o políticos; son el narrar la humanidad de los seres que somos por parte del que dice algo a través de la poética de la temporalidad.

Pienso que podría seguir destacando otras características de la obra ESPEJO DE MUNDO, pero esa no es mi deseo como prologuista; esa labor le corresponde a los lectores que espero se sientan motivados para hacerlo, como me ha pasado a mí. Retomando la intencionalidad del profesor Barona expresada en el título asignado a su obra, como lo destaqué al comienzo de este escrito, considero que una metáfora que expresa mi comprensión de la misma, es el título que le he colocado a este Prólogo: EL LABERINTO DE LOS ESPEJOS FLUIDOS DE LA HISTORIA.

Es un juego de palabras que ha brotado una vez concluida la primera lectura del libro, antes de ser dado al público y después de haber compartido con su autor inquietudes durante años. Guido Barona lo hace explícito, el conocimiento, llámeselo filosófico, epistemológico, fenomenológico, hermenéutico o científico de la realidad, es especular, es el resultado de mirar la realidad como un espejo en el que vemos reflejada nuestra figura corporal y sobre todo lo que guardamos en la memoria, no solamente nuestras ideas y conceptos sino también las emociones localizadas en la parte oscura de la mente. La objetividad del conocimiento de la realidad que producimos a través de nuestros sentidos y de la capacidad reflexiva de nuestro logos, está circunscrita por nuestra subjetividad, por los deseos y las emociones de la cámara lúcida de nuestra mente, que la neurofisiología identifica con el nombre de cerebro. Además, si el cerebro no estuviera conectado al sistema nervioso de la medula espinal de la columna vertebral, sería una cosa obsoleta; el sistema nervioso columnar se irradia por todo el cuerpo, lo que le permite un maravilloso actuar y gesticular. Tanto el cuerpo como la mente actúan simultáneamente; los seres humanos hacemos la historia con nuestras capacidades racional e irracional y con nuestros cuerpos.

EL ESPEJO DE MUNDO, al que se refiere el profesor Barona, es el espejo en el que se refleja nuestra mente y nuestro cuerpo como realidad de mundo. Si en el espejo solamente se reflejara nuestra cabeza, el mundo sería una realidad monstruosa al no tener cuerpo y viceversa. El carácter subjetivo de la imagen reflejada ha hecho que el espejo que proyecta nuestro conocimiento de la realidad mundo, sea considerado deformante, porque refleja figuras virtuales invertidas de izquierda a derecha o monstruosas, o cómicas, si la superficie del espejo es cóncava, convexa u ondulante; las imágenes reflejadas por el espejo plano, se supone son las más objetivas, objetividad especular relativa al estar siempre impregnada de valores morales o juicios éticos propios del sujeto que se está mirando, y que llamamos verdades universales. Las interpretaciones historiográficas son un saber poder sagrado o profano que puede llegar a tener una posición hegemónica o dominante, lo que reitera su inteligibilidad narcisista, egocéntrica.

Las personas de mi generación, como lo es Guido Barona, tuvimos el privilegio infantil de ir al Palacio de los espejos, de los nómades parques de atracciones mecánicas llamados Rueda de Chicago, que iban de pueblo en pueblo, en tiempos de ferias. Eran recintos en los cuales habían sido colocados varios espejos deformantes de la realidad de nuestro cuerpo, cuando nos parábamos al frente de cada uno, lo que nos impresionaba y nos hacía reír a carcajadas, burlándonos de nosotros mismos y de nuestros compañeros allí reflejados. En ese entonces no estábamos preocupados por dar explicaciones científicas al por qué del poder deformante de los espejos, algo que años más tarde sería explicado por nuestro profesor de Física, en el capítulo dedicado a la Óptica.

Una persona excepcional fue el reverendo Dogson (Lewis Carroll) al no quedar satisfecho con las explicaciones escolares de la Física; por el contrario, se dejó llevar por el atractivo lógico y paradójico de las matemáticas proyectado a las realidades especulares del mundo fantástico de las mentes infantiles. Este fue el caso de la pequeña Alicia que tenía en la sala de su casa un espejo fluido que no sólo reflejaba los imaginarios de su mente infantil, sino que los transformaba en realidades mágicas en un mundo asombroso existente al interior del mismo. Maravilloso país en el que a diferencia del espejo de la historia, el tiempo es paradójico. Alicia antes de introducirse en el espejo le dice al pequeño minino negro con el que dialoga y juega ajedrez, que ese otro mundo es la casa del espejo y que la sala en la que se encuentran, como se ve en el espejo sobre la chimenea, es una realidad habitable: y por lo que se alcanza a ver desde aquí se parece mucho al nuestro sólo que, ya se sabe, puede que sea muy diferente allá.[5]


Página del libro Through the Looking-glass, and what Alice found there (1871), ilustración de John Tenniel (es. Wikipedia.org)

Alicia una vez traspasado el espejo constata la realidad del cuarto del espejo: Lo primero que hizo fue ver si había un fuego encendido en su chimenea y con satisfacción, comprobó que, efectivamente, allí había uno, ardiendo tan brillantemente como el que había dejado tras de sí […] Entonces empezó a mirar atentamente a su alrededor y se percató que todo lo que podía verse desde el antiguo salón era bastante corriente y de poco interés, pero que todo lo demás era sumamente distinto. Así, por ejemplo, los cuadros que estaban a uno y otro lado de la chimenea parecían estar llenos de vida y [algo muy importante] el mismo reloj que estaba sobre la repisa (precisamente aquel al que en el espejo sólo se le puede ver la parte de atrás) tenía en la esfera la cara de un viejecillo que la miraba sonriendo con picardía.[6] Según parece, este puede ser el duendecillo del tiempo que se ríe, porque parece anunciarle a Alicia que se encuentra en un mundo donde el tiempo es diferente al del otro lado del espejo.

Al salir de la casa del espejo, Alicia encuentra el jardín  de las flores vivas en donde siente la curiosidad de subir a una colina: -Veré mucho mejor cómo es el jardín -se dijo Alicia- si puedo subir a la cumbre de aquella colina; y aquí veo un sendero que conduce derecho allá arriba …; bueno, lo que es derecho, desde luego no va…-aseguró cuando al andar unos cuantos metros se encontró con que daba toda clase de vueltas y revueltas- …pero supongo que llegará allá arriba al final. Pero ¡qué de vueltas no dará este camino! ¡Ni que fuera un sacacorchos! Bueno, al menos por esta curva parece que se va en dirección a la colina. Pero no, no es así. ¡Por qué vuelvo derecho a la casa! Bueno, probaré entonces por el otro lado.[7] Alicia sigue insistiendo en su propósito de alcanzar la colina, pero, al caminar por otra curva, vuelve a encontrarse frente a la casa, como si se tratara de un eterno retornar. La solución a este enigma se la dice la rosa del jardín, cuando Alicia intenta ir por el sendero, al encuentro con la reina roja (del juego de ajedrez): -Así no lo lograrás nunca le señaló la rosa- Si me lo preguntaras a mí, te aconsejaría que intentases andar en dirección contraria;[8] o sea, Alicia tenía que caminar en el sentido contrario del que se hallaba la reina roja, para poder encontrarse con ella; algo que finalmente acepta hacer y que le permite alcanzar su objetivo.

Alicia terminó comprendiendo que en la dimensión temporal-espacial de la casa del espejo el avanzar significaba regresar al punto de partida: para adelantar había que regresar. Volver al punto de partida es el eterno retornar, aunque las diégesis historiográficas de la modernidad moderna, después de vueltas y revueltas, postulen lo contrario; falacia del tiempo pasado, presente y futuro. Los (as) historiadores (as) piensan que pueden alcanzar la cima de la loma, pero como le sucedió a Sísifo, al llegar allí, su roca rueda a la sima: es un eterno retornar, subir para caer, o sea, es permanecer en el espesor del presente; ir hacia adelante es una falacia (no hay futuro), e ir hacia atrás es estar en el presente del jardín de las flores vivas en compañía de la rosa y la reina roja.

Como se aprecia en su ESPEJO DE MUNDO, definitivamente, el profesor Barona se atrevió a recorrer el laberinto de los espejos fluidos de la historia, para mirarse en cada uno de ellos y comprender críticamente las imágenes que desde hace siglos los (as) historiadores (as) han proyectado como la realidad histórica. El laberinto es el Destino de la humanidad, es el camino de la historia. El hilo de Ariadna, que lo ha guiado en su intricado recorrido, es la Gran cadena del ser, que ha desenrollado por los pasadizos. Para no perderse en sus recodos especulares, el profesor Barona ha desenvuelto el hilo de Ariadna sin necesidad de volverlo a enrollar para encontrar la salida del laberinto, porque bien sabe que cada uno de los espejos fluidos es un eterno retornar, que los mira desde su posición existencial del aquí y el ahora, como se aprecia en las poéticas del tiempo que cantan los aedos en sus versos o relatos mitopoéticos, desde tiempos inmemoriales. 

¿Quién es el Minotauro del laberinto de la historia?: Es el Tiempo, el implacable dios Cronos que todo lo devora, con la asistencia de los hijos de la Noche, el Destino y sus auxiliares, Thanatos (la Muerte) y las Moiras (Parcas) que hilan la fibra, miden y cortan el hilo de la vida, y en compañía de Tyche (la Fortuna o la Suerte) de los seres humanos. No hay que olvidarse de que las nueve Musas, Kleió (la Historia), Euterpe (la Música), Thalía (la Comedia), Melpómene (la Tragedia), Terpsícore (la Danza), Erato (la Poesía), Polimnia (el Teatro), Urania (la Astronomía, la  Ciencia exacta) y Calíope (la Poesía) fueron engendradas por Zeus, el más poderoso de los dioses del Olimpo, y Mnemosine (la Memoria); ni tampoco que ellas fueron creadas para cantar, celebrar, alabar y no olvidar las creaciones de los olímpicos, los héroes y el devenir de los seres humanos.

El profesor Barona sabe que no tiene sentido matar al Minotauro porque es el Tiempo, el eterno espesor del presente, a no ser que se trate de la falacia del tiempo teleológico de las diégesis de los (as) historiadores (as). Finalmente, quiero decir que el ESPEJO DE MUNDO, elaborado, con sutilezas conceptuales y literarias, por Guido Barona, es una gran contribución personal que hace al pensamiento de la modernidad moderna, impregnada de reflexión crítica y autocrítica permanentes, que nos lleva a descubrir el aquí y el ahora en que nos encontramos todos sus lectores.




Nota: Prólogo del libro de Guido Barona Becerra, Espejo de mundo: conocimiento histórico y "giros" interpretativos en la historia. Aproximaciones. Sello editorial Universidad del Cauca, Maestría en Historia, Popayán, 2011.





[1] Las referencias a la mitología griega han sido tomadas de la enciclopedia MITOLOGIA, editada por Víctor Civita, Abril S. A. Cultural e industrial, Sao Pablo, Brasil, 1973, páginas 17-23.
[2] Ídem. página 50.
[3] Ídem. páginas 97-100.
[4] Ídem. página 102.
[5] Lewis Carroll, Alicia a través del espejo, Alianza Editorial, Madrid, 1980, página 38.
[6] Ídem, página 40.
[7] Ídem, página 51.
[8] Ídem, página 56.

domingo, 17 de agosto de 2014

Patrimonio arqueológico de...



Chamán con máscara, Quebradillas (San Agustín). Fotografía de Carlos Zárate y Camilo Zambrano, tomada de El silencio de los ídolos, una evocación de la estatuaria agustiniana, catálogo de la exposición hecha en el Museo Nacional, Bogotá, 2013. 

El año pasado (2013), el Ministerio de Cultura y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) realizaron una programación científica y cultural con motivo de celebrarse el centenario de la investigación arqueológica en la región sur del Alto Magdalena, asociada a la llamada cultura Agustiniana. Las exploraciones realizadas por Konrad Th. Preuss en 1913 en los yacimientos megalíticos de esta región constituyen el primer proyecto de arqueología moderna en Colombia, porque van más allá de las rápidas interpretaciones que hicieron los viajeros del siglo XIX, sin llevar a cabo excavaciones. Además de las obras de restauración de la casa museo Luis Duque Gómez del parque arqueológico Mesitas, en la programación se incluyó la realización de las exposiciones Pioneros de la arqueología, inaugurada en el Instituto Etnológico de Berlín y El silencio de los Ídolos: una evocación de la estatuaria agustiniana, en el Museo Nacional de Colombia; también, en este museo se hizo un seminario internacional como la XVII Cátedra de historia Ernesto Restrepo Tirado, San Agustín: materia y memoria viva hoy. Además, en el pueblo de San Agustín se desarrolló la Cátedra Centenario: pioneros e investigadores, un siglo de investigación científica en el Alto Magdalena con la Alcaldía Municipal y el apoyo de la Fundación cultural Kafka, lo que implicó ofrecer a la comunidad un conjunto de conferencias y conversatorios a lo largo de dicho año, por parte de sobresalientes profesionales nacionales y extranjeros.

Como celebración del centenario el ICANH también aprobó una nueva colección de libros, Clásicos de la Antropología y la Arqueología en Colombia, iniciada con una nueva edición de las obras de los pioneros de la arqueología, Konrad Th. Preuss, Arte monumental prehistórico (edición académica de Héctor Llanos, 2013) y de Gregorio Hernández de Alba, Arqueología de San Agustín (edición académica de Carlos Andrés Barragán, 2014). De las dos exposiciones se publicaron sus respectivos catálogos: El silencio de los ídolos, una evocación de la estatuaria agustiniana (2013) y Pioneros de la arqueología (2013); lo mismo, las memorias del seminario internacional, San Agustín: materia y memoria viva hoy (2014).

Como es bien sabido, lamentablemente, de esta programación lo que adquirió más visibilidad por parte de los medios de comunicación oral, escrita y audiovisual, que incluye las redes sociales de la Internet, fue el debate que suscitó la traída de veinte estatuas originales para ser exhibidas en la exposición del Museo Nacional, en la ciudad de Bogotá, de acuerdo con un proyecto museográfico que recreaba con tecnologías audiovisuales actuales el territorio y el pensamiento míticos de la cultura prehispánica. El gobierno nacional consideró que el traslado de las esculturas era posible según lo estipula la legislación sobre el patrimonio arqueológico y adquirió el compromiso de hacerlo, de manera concertada y adecuada, para garantizar su protección y según el protocolo internacional, por tratarse de obras declaradas patrimonio de la Humanidad. A pesar de estos acuerdos, hechos con anticipación, con las respectivas autoridades regionales y de una consulta pública con los habitantes de San Agustín, un sector social, que incluye un resguardo indígena, se opuso al traslado de las estatuas.

Como sucede hoy en día, gracias a la inmediatez de los medios de comunicación, trasladar o impedir el traslado de las esculturas se transformó de manera espontánea en un debate mediático, en el que se publicaron toda clase de opiniones particulares, moderadas o radicales, que en algunos casos llegaron al extremo de insultos personales y a discriminaciones culturales con rezagos ideológicos que se pueden calificar de racistas. El debate se incrementó hasta transformarse en un juego ideológico en el que afloraron los intereses de movimientos o partidos políticos a escala nacional y regional; como pregona la sabiduría popular, en río revuelto pesca milagrosa. De acuerdo con nuestra idiosincrasia y considerando la conflictiva situación social y política que se vive en el país, más aun tratándose de un año preelectoral, cualquier coyuntura podía ser aprovechada por sectores sociales para adelantar protestas públicas, que recurren a las llamadas vías de hecho, en las que de manera irresponsable no se piensa en las nefastas consecuencias que pueden ocasionar a las habitantes locales y al patrimonio. Ante esta delicada situación el gobierno nacional consideró que el patrimonio arqueológico de San Agustín no debería involucrarse en protestas políticas; por eso, de manera prudente, tomó la decisión de no trasladar las estatuas y cancelar, lamentablemente, la programación oficial y popular con la que se festejaría el centenario científico, en el municipio de San Agustín, con la participación de la comunidad y con la presencia de autoridades, miembros de los cuerpos diplomáticos, invitados especiales, científicos y demás visitantes.

Es bueno recordar algo que es tradicional en nuestra historia republicana, la existencia de un florero de Llorente, que desafortunadamente en esta oportunidad fueron las esculturas seleccionadas para la exposición. No se trató de cualquier florero como el del español Llorente, sino de obras que por sus valiosos contenidos culturales aborígenes han sido investigadas y protegidas desde hace varias décadas por la legislación colombiana, como patrimonio cultural de la Nación y como herencia cultural de la Humanidad, por el organismo multilateral de la UNESCO, desde 1995.

Como sucede en estas coyunturas, después de la tempestad viene la calma o la indiferencia mediática, y más allá de los espontaneísmos y los oportunismos políticos, se hizo explícito que en nuestro país, las personas en general no tienen mucha claridad sobre lo que significa hablar del patrimonio arqueológico nacional. Es preocupante que un tema tan importante aflore espontáneamente en la opinión pública nacional, solamente como una noticia escandalosa. Es preocupante darse cuenta que hay un desconocimiento sobre los valores culturales del patrimonio arqueológico, sobre la legislación que lo protege y que establece las obligaciones que tienen las autoridades, las comunidades y todos los ciudadanos con su protección, preservación y divulgación.

La tradicional definición y manejo político y jurídico de bienes culturales patrimoniales se ha complejizado en las últimas décadas debido a los cambios en el contexto mundial, que impulsan una globalización económica, política, social, jurídica, científica y cultural. El problema patrimonial a escala internacional se ha diversificado por las muchas aristas que presenta en estos momentos, no solo en aspectos jurídicos que han significado la aprobación de nuevas leyes y sus respectivos decretos reglamentarios, sino, sobre todo, en lo referente a conceptualizaciones, discursos ideológicos y los respectivos manejos históricos por parte del Estado, las autoridades nacionales, regionales y todos los ciudadanos. Ante este panorama es indispensable analizar los sentidos de realidad construidos históricamente por políticas nacionales sobre el patrimonio arqueológico, los aciertos y las omisiones jurídicas relacionados con la protección, dominio y manejo o participación responsable de las diversas comunidades sociales y culturales. La situación es muy compleja y no puede reducirse a opiniones espontáneas; hablar de patrimonio arqueológico nacional es referirse a bienes culturales colectivos que no dependen de mezquinos intereses políticos y económicos.

Mirada histórica

En el presente, para fortuna de nuestro país, existe una completa y actualizada legislación en la que se establece un régimen jurídico sobre la definición, cobertura y manejo del patrimonio arqueológico, como bienes de interés cultural nacionales, en un contexto internacional, como resultado de un proceso histórico. Los problemas que pueden surgir alrededor del patrimonio arqueológico no se deben a vacíos jurídicos o institucionales, sino, más bien, al desconocimiento que existe de la normatividad y las políticas culturales, a la falta de compromiso con ellas, debido en gran parte a que no han sido divulgados suficientemente en los medios de comunicación. Pero es bueno recordar que la ignorancia de las leyes no justifica su incumplimiento.

Es posible establecer una Mirada histórica, gracias a investigadores que se han preocupado por la protección y conservación del patrimonio arqueológico. Entre ellos se encuentra el trabajo pionero del arqueólogo Luis Duque Gómez, Colombia: Monumentos históricos y arqueológicos, en el que hace, en el Libro primero, una reseña histórica de los antecedentes sobre la legislación para la protección de monumentos y objetos arqueológicos en Colombia (Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México, 1955). Al leer este texto se comprende cómo el patrimonio arqueológico ha sido objeto de varias leyes y decretos nacionales que a lo largo del siglo XX han reglamentado su investigación, protección y conservación para beneficio de todos los colombianos. Con motivo de la Nueva Constitución Colombiana de 1991 se aprobó la Ley General de Cultura (397 de 1997) que creó el Ministerio de Cultura y actualizó la reglamentación jurídica y política del patrimonio arqueológico, teniendo en cuenta los cambios históricos. El investigador Gonzalo Castellanos Valenzuela ha hecho un valioso trabajo de investigación que aclara y actualiza, en un lenguaje comprensible, todos los elementos jurídicos relacionados con el patrimonio arqueológico: Régimen jurídico del Patrimonio Arqueológico en Colombia (Instituto Colombiano de Antropología e Historia, Bogotá, 2003). Esta obra es fundamental para entender los logros jurídicos alcanzados en Colombia en beneficio de la protección del patrimonio arqueológico, después de muchos esfuerzos históricos institucionales que han permitido llenar vacíos jurídicos y superar las ambigüedades o ambivalencias relacionadas, más que todo, con la propiedad de las piezas obtenidas por la práctica tradicional de la guaquería y su indebida comercialización.

Primera etapa: Los objetos indígenas como Idolatría

Las primeras referencias a los bienes patrimoniales arqueológicos se encuentran en las crónicas y documentos del descubrimiento y conquista del continente americano, por parte de los europeos. Como era de esperarse de una expansión monárquica que justificó la apropiación de los territorios con el aniquilamiento y sometimiento de las culturas aborígenes, sus tumbas, en las que enterraron a sus parientes acompañados de objetos de oro, fueron destruidas por los conquistadores. Desde fechas muy tempranas existen noticias sobre la guaquería o saqueo de cementerios; actividad lucrativa privada que fue legalizada por cédulas reales, en tanto las autoridades se beneficiaban al menos con la quinta parte del oro obtenido.

Durante los tres siglos que duró la colonización española, los objetos de oro fueron saqueados por su valor monetario, bajo la justificación de la iglesia católica que los condenó a la hoguera de las casas de fundición, porque fueron marcados como representaciones demoníacas, como ídolos de falsos dioses. La extirpación de idolatrías fue un proceso violento que implicó la tortura y humillación de indígenas, la destrucción de templos y tumbas con todas sus figuraciones religiosas.


Templo arhuaco destruido por el padre Romero, en el siglo XVII, en la versión del Compendio histórico de Joaquín Acosta, 1848. Tomado de Carl H. Langebaek, Los herederos del pasado, Tomo 1, Bogotá, 2009.

No solamente para las autoridades políticas y religiosas españolas, sino también para los criollos, mestizos, indígenas y africanos cristianizados, las piezas culturales indígenas fueron estigmatizadas como obras del Demonio. Los hechos en metales preciosos fueron apetecidos como tesoros que podían ser vendidos o utilizados, como el oro y la plata de las minas, para la acuñación de monedas, fabricación de joyas que enaltecieron la dignidad de gobernantes e imágenes religiosas, en fastuosos retablos tallados en madera recubierta de pan de oro.

A partir del ritual del cacique dorado en la laguna de Guatavita, en todos los territorios neogranadinos se pretendió encontrar el legendario Dorado, búsqueda que se particularizó en la guaquería como un fenómeno social y cultural asociado a las religiosidades populares, que surgieron en tiempos coloniales. En la mentalidad de los guaqueros las supersticiones religiosas de origen medieval se integraron a prácticas mágicas de origen americano. Desde entonces, los buscadores de tesoros han creído que en las tumbas habitan espíritus a los que les tienen miedo; sus huesos pueden causar enfermedades u otra clase de calamidades. La guaquería ha sido una actividad masculina, vedada a las mujeres por creencias relacionadas con la menstruación y el embarazo; las guacas producen bolas de fuego que se trasladan a otros lugares y brillan sobre todo en las noches de los días santos de la Semana Mayor.

Segunda etapa: Los objetos arqueológicos como curiosidades o antigüedades científicas

En los inicios del siglo XVIII, con la llegada al trono español de la casa francesa de los Borbones, se impulsó el movimiento filosófico de la Ilustración. En el virreinato de la Nueva Granada la mentalidad ilustrada se redujo a un sector privilegiado de criollos que tuvo acceso a una educación superior. La tradicional filosofía escolástica no perdió su carácter dominante y coexistió con los nuevos conocimientos científicos, en los seminarios y claustros de los colegios mayores. Para las autoridades y para los intelectuales, una persona ilustrada era la que defendía una educación fundamentada en la filosofía racional y en los procedimientos experimentales de la ciencia moderna, que iban en contra de las supersticiones, y con los que se alcanzaría el progreso económico y el bienestar social de las naciones. Aunque de manera tardía, hacia finales de dicha centuria, ilustrados como José Celestino Mutis y José Félix de Restrepo promovieron en una nueva generación de estudiantes los conocimientos científicos de los recursos naturales, de la medicina y las matemáticas. Algunos letrados como el sacerdote José Domingo Duquesne empezaron a valorar los objetos arqueológicos como curiosidades o antigüedades que se podían investigar, para identificar el desarrollo cultural alcanzado por los muiscas de la sabana de Bogotá.

El científico Alexander von Humboldt en su recorrido por tierras americanas no solamente manifestó un interés científico por la naturaleza, sino, también, por las ruinas arqueológicas, que reconoció como las evidencias de antiguas civilizaciones. En este sentido las piezas arqueológicas se transformaron en antigüedades que podían ser investigadas y coleccionadas en gabinetes reales. Las ruinas y obras de arte indígenas fueron vistas en la perspectiva del modelo clasificatorio de salvajismo, barbarie y civilización. En ese entonces, una cultura era considerada como civilizada si poseía una escritura, construía ciudades con edificios monumentales y realizaba obras de arte.

La Ilustración no afectó la mentalidad de la mayoría de la población neogranadina que se mantuvo creyente en sus religiosidades populares, sin una educación escolarizada que superara las enseñanzas doctrinales del Catecismo. En el Siglo de las luces los misioneros siguieron impulsando la extirpación de santuarios con sus ídolos y la guaquería se practicó, como lo dice fray Juan de Santa Gertrudis, en su obra Maravillas de la Naturaleza. Este misionero, en el año 1757, estuvo en San Agustín, donde estableció contacto con un grupo de mestizos liderados por un clérigo de Popayán dedicados a saquear las tumbas de las ruinas asociadas a las esculturas megalíticas, que terminó interpretando como seres religiosos que habían sido fabricados por mandato del Demonio.

Tercera etapa: Las ruinas arqueológicas como obra de antiguas civilizaciones bárbaras

Los herederos de la primera generación de ilustrados que participaron en las guerras de independencia de la monarquía española, después de alcanzado el triunfo militar y político, conservaron su posición a favor de la investigación científica de los recursos naturales, los habitantes y la medicina para curar enfermedades. Las antigüedades indígenas fueron tenidas en cuenta por los exploradores republicanos interesados en conocer la naturaleza tropical, y fueron coleccionadas como curiosidades por particulares y en el recién creado Museo Nacional (1823), al lado de minerales, fósiles, pinturas, esculturas y otros objetos históricos.


Reconstrucción templete funerario Mesita A, parque arqueológico de San Agustín; Agustín Codazzi, Comisión Corográfica (1857). Tomado de Jaime Ardila y Camilo Lleras, Batalla contra el olvido, Bogotá, 1985.

Entre los republicanos ilustrados sobresale Agustín Codazzi, quien como director de la Comisión Corográfica recorrió gran parte del territorio neogranadino. En 1857 visitó las ruinas monumentales de San Agustín que interpretó como un santuario donde sacerdotes indígenas enseñaban sus creencias religiosas a neófitos, con el recurso de los misteriosos saberes de las estatuas de piedra. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, los yacimientos arqueológicos fueron objeto de exploraciones rápidas por parte de importantes científicos, que se desplazaron a esta remota región, motivados por las enigmáticas esculturas, y sin tener todavía una formación arqueológica específica, terminaron interpretándolas a partir de teorías especulativas de las nuevas ciencias de la Antropología y la Arqueología, que de manera etnocéntrica establecían analogías con civilizaciones del Viejo Mundo.

A diferencia de México y el Perú, en la nueva república de Colombia, los científicos-viajeros criollos y extranjeros que recorrieron sus territorios durante el siglo XIX, no encontraron grandes ruinas urbanas, ni una escritura propiamente dicha (a excepción de las pictografía o jeroglíficos chibchas), pero si valiosos objetos de oro procedente de las guacas que admiraron por su desarrollo tecnológico y las esculturas de San Agustín, por su monumentalidad y por sus enigmáticos rasgos propios de un gusto artístico bárbaro. Estos pioneros de la ciencia aplicaron las primeras teorías antropológicas (evolucionistas y difusionistas), para explicar las sociedades prehispánicas que fabricaron las obras artísticas y con el recurso de la información de las crónicas de la conquista española. Es interesante saber que las piezas arqueológicas fueron aceptadas como objetos artísticos correspondientes a sociedades civilizadas, aunque también eran bárbaras por no haber desarrollado la vida urbana,  una escritura jeroglífica u alfabética y un arte similar a los ideales estéticos occidentales, como sí había sucedido en el Viejo Mundo; mientras que sus descendientes, los pueblos indígenas vivos, fueron clasificados como salvajes y bárbaros caníbales que todavía necesitaban ser integrados a la vida civilizada, por parte de las misiones católicas.


Tunjos Neo-granadinos, Ezequiel Uricoechea, Memorias sobre las antigüedades Neo-granadinas, Berlín, 1854.

Durante el siglo XIX, en la legislación referente a temas científicos y artísticos, de manera indirecta, se concibieron los objetos arqueológicos como tesoros de tumbas o antigüedades coleccionables, y no existe una prohibición de la guaquería; antes por el contrario, se continuó practicando en todo el país como una actividad legal, y se incrementó debido al impulso de procesos modernos de colonización, como el que se dio en la región andina del Viejo Caldas, que produjo importantes descubrimientos que causaron sensación en la época. Uno de estos hallazgos, conocido como el Tesoro de los Quimbaya, terminó convirtiéndose en una figura emblemática de la mentalidad de ese entonces, en la que los objetos valorados por ser de oro y por su belleza artística no fueron protegidos por el gobierno central, como un patrimonio nacional, sino, de manera adversa fueron comprados con dineros públicos a coleccionistas particulares, para irónicamente ser obsequiados a doña María Cristina, regente de España, a donde habían sido trasladados para ser exhibidos en Sevilla, con motivo de la celebración apologética del cuarto centenario del descubrimiento de América.

Para esta etapa, los bienes arqueológicos, para los pioneros de la investigación científica fueron antigüedades que habían dejado de ser objetos demoníacos, aunque a escala popular siguieron inscritos en el mundo mágico de las creencias populares asociadas a la guaquería.


Corte vertical de una guaca o sepulcro encontrado en Antioquia, Liborio Zerda, El Dorado, Bogotá, 1883.

Cuarta etapa: La investigación arqueológica y la constitución del patrimonio arqueológico nacional

En Colombia, con motivo de la celebración del centenario de la Independencia (1810-1910) se oficializó que las culturas indígenas del tiempo de la conquista española hacían parte de la Historia Patria; los objetos arqueológicos obtenidos por los saqueadores fueron incluidos como testimonio emblemático de una identidad cultural nacional, y por lo tanto empezaron a ser tema principal de leyes protectoras.

Hasta ahora se conoce que el primer acto legislativo fue el decreto 21 del 8 de marzo de 1906, sancionado por el presidente Rafael Reyes, en el que se prohíbe sacar objetos arqueológicos sin el permiso de las autoridades. Posteriormente la región arqueológica de San Agustín motivó la expedición de nuevas leyes protectoras; esto motivado por el corregidor José María Burbano, que en 1914 dirigió una carta al Museo Nacional, en la que manifiesta su preocupación por las esculturas, después de que el investigador alemán Konrad Th. Preuss había enviado varias de ellas al Museo Etnológico de Berlín (todavía no se sabe si de manera ilegal o con la aprobación de las autoridades); también está intranquilo porque los dueños de las fincas se consideran dueños de los objetos arqueológicos. El Congreso de la República aprobará leyes en los años 1918, 1919 y 1920 en las que se declara que los monumentos precolombinos pertenecen a la Historia Patria y aunque se respetan los derechos de propiedad privada, se prohíbe su destrucción, reparación o traslado sin el permiso del Ministerio de Instrucción Pública y de la Academia Colombiana de Historia, creada en 1902, como órgano consultivo del gobierno que también ha sido comisionado para el estudio y protección de las antigüedades indígenas, como se evidencia en su publicación, Boletín de Historia y Antigüedades, y en la inclusión de los monumentos indígenas, como las estatuas de San Agustín, en la Historia de Colombia, de los académicos Jesús María Henao y Gerardo Arrubla (1911), texto oficial para la educación Secundaria que perdurará hasta mediados del siglo XX.


Escultura de chamán con cincel y martillo, exhibida en el Parque de la Independencia de Bogotá (llevada por el General Rafael Reyes; actualmente se encuentra en el Museo del Oro). Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza secundaria, Bogotá, 1911,


Excavaciones en la Mesita A, Parque arqueológico de San Agustín; Konrad Th. Preuss, Arte Monumental prehistórico, Bogotá, 1931.

En la década de los años treinta se produjo un cambio en la política nacional referente a la conceptualización y protección de los objetos y monumentos arqueológicos, que dejaron de ser vistos como antigüedades, para ser concebidos como materiales que investiga la Arqueología como ciencia moderna. En 1935, el gobierno nacional estableció la Oficina del Servicio Arqueológico, como una dependencia de Extensión Cultural y Bellas Artes, del Ministerio de Educación, dirigida por Gregorio Hernández de Alba, primer antropólogo colombiano que se encargó de fomentar la investigación arqueológica en las regiones de Tierradentro y San Agustín (1936-1937). Dicho investigador también creó la Sociedad Colombiana de Estudios Arqueológicos y Etnográficos, en 1935. El Banco de la República fundó el Museo del Oro con valiosas piezas de orfebrería, en 1939, con el fin de evitar su destrucción y para contrarrestar su salida ilegal al extranjero.


Figura de oro Quimbaya; Ernesto Restrepo, Ensayo etnográfico y arqueológico de la provincia de los Quimbayas en el Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1929.


  • La región de San Agustín tuvo un papel preponderante en la consolidación de la investigación arqueológica moderna en Colombia, por ser pionera con las excavaciones realizadas por Konrad Th. Preuss, en 1913. En los años treinta, de manera específica, se sancionó la ley 103 de septiembre 30 de 1931 (gobierno de Enrique Olaya Herrera), para fomentar la conservación de los monumentos y objetos arqueológicos de San Agustín (Huila), en la que se estableció:

  • Artículo 1°. Declárese de utilidad pública los monumentos y objetos arqueológicos de las regiones de San Agustín, Pitalito, del Alto Magdalena y los de cualquier otro sitio de la Nación.

  • Artículo 2°. Los templetes, sepulcros y su contenido, estatuas, lajas, estelas y piedras labradas, así como los objetos de oro, alfarería y demás utensilios indígenas que puedan ser utilizados para estudios arqueológicos y etnológicos, se declaran pertenecientes al “Monumento Nacional del Alto Magdalena y San Agustín.”

  • Artículo 3°. La persona o entidad que destruya, en todo o en parte, dichos monumentos o porciones de ellos, sufrirá multa de cinco a quinientos pesos []

  • Artículo 4°. En el presupuesto de la próxima vigencia y en los siguientes se apropiará la partida de dos mil pesos para emprender excavaciones en las regiones del Alto Magdalena, San Agustín y Pitalito y para adquirir objetos y utensilios destinados al Museo Nacional de San Agustín.

  • Artículo 5°. Tan pronto como entre en vigencia la presente Ley, el Gobierno procederá a nombrar un arqueólogo de reconocida idoneidad para que efectúe los trabajos a que dé lugar el cumplimiento de la anterior disposición, […]

  • Artículo 6°. El pago de los trabajadores se hará por el Tesoro Municipal […]

  • Artículo 7° Queda prohibida la venta y exportación de los objetos mencionados en el Artículo 2° de la presente Ley. Los infractores pagaran multas desde cinco hasta quinientos pesos, de acuerdo con la importancia del objeto en cuestión.

  • Los jefes de aduana cuidaran de que no sean exportados los objetos pertenecientes al “Museo Nacional del Alto Magdalena y San Agustín”, salvo del permiso expreso del Poder Ejecutivo.

  • Artículo 8°. Facúltase al Gobierno Nacional para comprar los terrenos arqueológicos de las regiones mencionadas con el objeto de transformarlos en un parque nacional. (Duque, 1955: 165)

  • Todos los artículos de esta ley son el fundamento jurídico de lo que será la investigación arqueológica y la construcción del Parque Arqueológico Nacional de San Agustín, a lo largo del siglo XX y hasta el presente. Política oficial que se concretó con la creación del Instituto Etnológico Nacional en el año 1941, por parte de Paul Rivet y Gregorio Hernández de Alba; entidad educativa y científica en la que se formaron y trabajaron la generación pionera de antropólogos y arqueólogos. El Instituto Etnológico, hoy Instituto Colombiano de Antropología e Historia, ha sido el organismo gubernamental encargado de la protección del patrimonio arqueológico y de proyectos de investigación en todo el país; también fundó institutos regionales con sus respectivos museos y parques arqueológicos. Como organismo estatal se encargó de la redacción de nuevas leyes para la investigación, protección y divulgación del patrimonio arqueológico nacional.

  • Durante los años cuarenta y cincuenta, el Congreso de la República aprobó nuevas leyes referentes al patrimonio arqueológico, para proteger, contrarrestar el saqueo de tumbas y el comercio de piezas precolombinas en el mercado nacional y su salida ilegal a otros países. A pesar de las prohibiciones legales en el territorio nacional se mantiene la ancestral práctica colonial de la guaquería, incentivada por los valiosos objetos de oro, cerámica y piedra que contienen las sepulturas indígenas, apetecidos por coleccionistas que incentivan su rentable comercialización.

  • Entre los actos legislativos sobresale la ley 163 de 1959 y sus respectivos decretos reglamentarios, que actualizaron las normas jurídicas anteriores, de acuerdo con los cambios institucionales. Este proceso culminó con la nueva Constitución Política de l991 en la que se estableció que Colombia es un país pluricultural y multiétnico, y generó la ley 397 de 1997, con regulaciones específicas sobre el patrimonio cultural de la Nación, bajo la responsabilidad del nuevo Ministerio de Cultura, con el recurso de nuevos decretos y resoluciones.

  • A manera de síntesis actualizada se puede establecer lo que está vigente hoy en día referente al patrimonio arqueológico nacional, de acuerdo con el trabajo ya mencionado de Gonzalo Castellanos Valenzuela (Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2003):

  • 1. Patrimonio cultural de la Nación: […] se encuentra constituido por un conjunto de bienes tangibles e intangibles, valores y expresiones que surgen y provienen de la nacionalidad colombiana y que revisten interés histórico, antropológico, lingüístico, filosófico, arqueológico, literario, audiovisual, musical, plástico, escénico, testimonial, científico, ambiental o museológico, entre otras de las ilimitadas manifestaciones posibles.

  • Allí se articulan y tienen espacio real bienes materiales e inmateriales. Objetos muebles e inmuebles, expresiones, tradiciones, costumbres, hábitos, símbolos, productos y representaciones generados individual y colectivamente dentro de los grupos humanos y comunidades nacionales en época contemporánea, en su historia o en los orígenes mismos de la estructura social colombiana. (pág. 23)

  • 2. Bienes de interés cultural: De la enunciación de los bienes integrantes del patrimonio cultural de la Nación incorporada al artículo 4 de la ley 397 de 1997, sustrae esa disposición los allí denominados bienes de interés cultural, también de naturaleza material o inmaterial, los cuales por su especial valor intrínseco y su virtualidad para satisfacer intereses sociales y generales de culturas, identidad y memoria, serán objeto de un régimen legal especial.

  • La condición de bien de interés cultural se adquiere, solo mediante una declaratoria administrativa a cargo del Ministerio de Cultura, previo concepto del Consejo de Monumentos Nacionales, cuando se trate de bienes nacionales, según lo dispone el artículo 8 de la ley 397 de 1997. […]

  • Con base en los principios de autonomía, descentralización y participación, prevé la misma norma que a las entidades territoriales les corresponde declarar los bienes de interés cultural en los respectivos ámbitos municipal, distrital, departamental y de los territorios indígenas, en este caso, previo concepto de los Centros filiales del Concejo de Monumentos Nacionales, o de la entidad delegada por el Ministerio de Cultura si los anteriores no existen en la circunscripción territorial de que se trate. (pág. 26)

  • 3. Patrimonio arqueológico: Hacen parte del patrimonio arqueológico los muebles e inmuebles originarios de culturas desaparecidas, los pertenecientes a la época colonial, los restos humanos y orgánicos relacionados con estas culturas, los elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes, de acuerdo con lo que establece el artículo 6 de la ley 397 de 1997. (pág. 30)

  • 4. Bienes arqueológicos; bienes de interés cultural: […] por virtud de la declaratoria legal efectuada directamente por el artículo 4 de la ley 397 de 1997 y, en tal virtud, sin el requisito de la previa declaratoria administrativa, los bienes de carácter arqueológico son considerados como bienes de interés cultural, lo cual significa que además de las disposiciones constitucionales sobre su propiedad, inalienabilidad, imprescriptibilidad e inembargabilidad, de pleno derecho se aplica a ellos el sistema singular de protección y restricción enunciado en los numerales anteriores. (pág. 29)

  • Lo anterior implica que por mandato constitucional todos los bienes arqueológicos son bienes de interés cultural y por lo tanto, no necesitan ser declarados, a excepción de los siguientes casos:

  • Zonas de influencia arqueológica, sobre las cuales operan planes especiales de protección y restricción.

  • Los muebles e inmuebles representativos de la tradición e identidad culturales de las comunidades indígenas actualmente existentes que pretendan considerarse como bienes de patrimonio arqueológico nacional.

  • Las ciudades y cementerios de grupos humanos desaparecidos, restos humanos, especies náufragas constituidas por naves y su dotación y demás bienes diseminados en el fondo del mar, que se encuentren en el suelo o subsuelo marinos de las aguas interiores, el mar territorial, la plataforma continental, la zona económica exclusiva y, en general, las especies náufragas con independencia de la época y origen del hundimiento a las cuales se atribuya carácter arqueológico. (Pág. 31)

  • 5. Dominio público de los bienes patrimoniales arqueológicos: De acuerdo con los artículos 63 y 72 de la Constitución Política los bienes del patrimonio arqueológico pertenecen a la Nación. Según estos preceptos los bienes que del mismo forman parte, en contraposición básica a los atributos de los bienes de propiedad privada y algunos otros de propiedad pública  que posteriormente comentaremos, son inalienables (se encuentran fuera del comercio, no se pueden vender, comprar o transferir a ningún título), imprescriptibles (no se pueden adquirir por el modo civil de la prescripción adquisitiva de dominio, a tiempo que las acciones reivindicatorias y posesorias de su titular, la Nación, pueden invocarse en cualquier tiempo) y son inembargables (no pueden ser objeto de esta medida civil y por lo mismo no podrían ser tenidos como prenda de garantía para efectos civiles o comerciales. (pág. 35)

  • Deriva directamente del régimen constitucional y legal aplicable a estos bienes, la asignación de un carácter de tenedores para quienes por cualquier circunstancia entren en poder de bienes arqueológicos. Por disposición legal y en forma adicional a la prescripción constitucional sobre su pertenencia a la Nación, se ha regulado desde el año 1959 en la ley 163 la imposibilidad de adquirir el dominio de esos objetos mediante el modo civil de la ocupación. (pág. 31)

  • 6. Región arqueológica de San Agustín: En efecto, ya en el artículo 1 de la ley 103 de 1931se declararon de utilidad pública los monumentos y objetos arqueológicos de las regiones de San Agustín, Pitalito, del Alto Magdalena, así como los de cualquier otro sitio de la Nación, a la vez que la misma legislación prohibió la venta y exportación de templetes, sepulcros y sus contenidos, estatuas, lajas, estelas y piedras labradas, así como objetos de oro, alfarería, y demás utensilios indígenas que pudieran ser destinados para la realización de estudios arqueológicos y etnológicos, todos los cuales se declararon pertenecientes al Monumento Nacional del Alto Magdalena y San Agustín. (pág. 36)

  • 7. Intervención del patrimonio arqueológico: En forma básica, la cobertura del régimen de protección dispuesto en la ley 397 de 1997 para los bienes arqueológicos, determina entonces que ninguna actividad humana que tienda a causar alguna clase de cambio o injerencia en un bien de esta naturaleza (zonas de influencia arqueológica, inmuebles y muebles) puede realizarse sin el permiso previo de la autoridad competente: el Ministerio de Cultura en unos eventos o el Instituto Colombiano de Antropología e Historia en otros, según el sistema de competencias que posteriormente se expondrá. (pág. 61)

  • 8. Investigaciones arqueológicas. Es aceptado en la ciencia arqueológica y en las recomendaciones de las instancias internacionales establecidas para la defensa del patrimonio cultural de las naciones, como la carta de ICOMOS, que en arqueología el conocimiento se basa fundamentalmente en la intervención científica en el yacimiento, a través de métodos que pasan por la exploración no destructiva hasta la excavación integral y toma de muestran. En todos los eventos el principio rector se centra en que la recopilación de información cause un deterioro mínimo y apenas necesario para alcanzar los objetivos científicos y de conservación que le son propios, recomendándose siempre así que los métodos de intervención reserven para casos excepcionales la excavación integral y sólo tras una profunda valoración y reflexión del impacto destructivo que esta pueda tener, pues en general se considera que toda excavación tiene, aún con la deseable finalidad científica, un componente destructivo. (pág. 61)

  • Ambas actividades, cuyo propósito puede ser de investigación cultural o científica o de conservación de contextos arqueológicos y zonas o sitios que tengan este carácter, deben autorizarse con exclusividad por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia o por la entidad que ese Instituto delegue, según se prevé en el decreto 833 de 2002, artículo 1, numerales 6 y 7 y artículos 10 y 11 de la misma reglamentación. (pág. 62)

  • 9. Movilización de los bienes arqueológicos: Incisiva es la ciencia arqueológica y lo son también los acuerdos internacionales, en la necesidad de conservar el patrimonio arqueológico “in situ”. Se estima por aquella que no hay manera mejor de preservar monumentos, bienes muebles, contextos arqueológicos y por ese motivo la invitación generalizada a evitar, salvo necesidad irrefrenable, la arqueología de excavación, la remoción, la extracción y el traslado de bienes, pues todos estos eventos se consideran potencialmente destructivos, con independencia de la necesidad que en eventos incontables puede existir de ello.

  • En esta dirección, los mandatos de la carta de ICOMOS señalan que cualquier traslado viola el principio que determina la necesidad de conservar el patrimonio arqueológico en su contexto original, principio que reafirma la necesidad de procurar medidas y políticas adecuadas, en coparticipación de las entidades públicas científicas y de las propias comunidades, de conservación, gestión y mantenimiento apropiados. El compromiso y la participación, indica la preceptiva de ICOMOS, deben favorecerse como medios de promover el mantenimiento efectivo de esta riqueza, en particular cuando se trata del patrimonio de poblaciones autóctonas o grupos culturales de carácter local.

  • La ley 397 de 1997 acoge el llamado a que la legislación se esmere en promover a la conservación “in situ”, y en tal virtud el artículo 11, numerales 1 y 4, señalan la prohibición de desplazar o movilizar, respectivamente, los bienes de interés cultural sin el permiso de la autoridad que los hubiere declarado como tales. (pág. 66)

  • Artículo 11. Régimen para los bienes de interés cultural. Los bienes de interés cultural públicos y privados estarán sometidos al siguiente régimen:

  • 1. Demolición, desplazamiento y restauración. Ningún bien que haya sido declarado de interés cultural podrá ser demolido, destruido, parcelado o removido, sin la autorización de la autoridad que haya declarado como tal.

  • 2. Intervención. Entiéndese por intervención todo acto que cause cambios al bien de interés cultural o que afecte el estado del mismo.

  • Sobre el bien de interés cultural no se podrá efectuar intervención alguna sin la correspondiente autorización del Ministerio de Cultura.

  • La intervención de bienes de interés cultural deberá realizarse bajo la supervisión de profesionales en la materia debidamente acreditados ante el Ministerio de Cultura.

  • Por virtud de lo dispuesto en el artículo 5 de esta ley, para los bienes de interés cultural que pertenezcan al patrimonio arqueológico de la Nación, dicha autorización estará implícita en las licencias ambientales de los proyectos de minería, hidrocarburos, embalses o macroproyectos de infraestructura. En estos casos, se dispondrá que la supervisión será ejercida en cualquier tiempo por los profesionales acreditados ante el Ministerio de Cultura.

  • […]

  • 3. Plan especial de protección. Con la declaratoria de un bien como de interés cultural se elaborará un plan especial de protección del mismo por parte de la autoridad competente.

  • […]

  • 4. Salida del país y movilización. Queda prohibida la exportación de los bienes muebles de interés cultural. Sin embargo, el Ministerio de Cultura podrá autorizar su salida temporal, por un plazo que no exceda de tres (3) años, con el único fin de ser exhibidos al público o estudiados científicamente.

  • La salida del país de cualquier bien mueble que se considere como integrante del patrimonio cultural de la Nación requerirá el permiso previo de los organismos territoriales encargados del cumplimiento de la presente ley o del Ministerio de Cultura.

  • El bien objeto de exportación o sustracción ilegal será decomisado y puesto a órdenes del Ministerio de Cultura.

  • Así mismo, el Ministerio de Cultura y demás instituciones públicas realizarán todos los esfuerzos tendientes a repatriar los bienes de interés cultural que hayan sido extraídos ilegalmente del territorio colombiano. […] (pág. 131)

  • 10. Autoridades competentes: Son autoridades competentes para atender asuntos relacionados con el manejo, y administración del patrimonio arqueológico en todo el territorio nacional, el Ministerio de Cultura y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, así como las autoridades de las comunidades étnicas en este caso sobre los bienes arqueológicos que correspondan a los orígenes e identidad de la respectiva etnia y se encuentren geográficamente ubicados en los territorios de sus asentamientos. (pág. 78)

  • De acuerdo con el decreto 833 de 2002 son competentes, además del Ministerio de Cultura y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia:

  • Las autoridades de orden territorial o de los grupos étnicos, las autoridades de carácter técnico, cultural o universitario, que sean delegadas por el Ministerio de Cultura o por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, en este último caso sólo respecto de las funciones que directamente le atribuyen a dicho Instituto las normas vigentes. (pág. 139)

  • 11. Derechos de los grupos étnicos. De acuerdo con la ley 397 de 1997:

  • Artículo 13. Los grupos étnicos asentados en territorios de riqueza arqueológica conservarán los derechos que efectivamente estuvieren ejerciendo sobre el patrimonio arqueológico que sea parte de su identidad cultural, para lo cual contarán con la asesoría y asistencia técnica del Ministerio de Cultura. (pág. 133)

  • 12. Los museos y el patrimonio arqueológico. De acuerdo con la ley 397 de 1997:

  • Artículo 49. Fomento de los museos. Los museos del país son depositarios de bienes muebles, representativos del patrimonio cultural de la Nación. El Ministerio de Cultura, a través del Museo Nacional, tiene bajo su responsabilidad la protección, conservación y desarrollo de los museos existentes y la adopción de incentivos para la creación de nuevos museos en todas las áreas del patrimonio cultural de la Nación. Así mismo, estimulará el carácter activo de los museos al servicio de los diversos niveles de educación como entes enriquecedores de la vida y de la identidad cultural nacional, regional y local. (Pág. 133)

  • 13. Funciones del Instituto Colombiano de Antropología e Historia con el patrimonio arqueológico: Resolución número 2094 de 2001, del Ministerio de Cultura, por la cual se reglamentan algunas competencias institucionales en materia de protección del patrimonio arqueológico y se efectúan algunas obligaciones:

  • Artículo 1. Delégase en el director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, las siguientes funciones en relación con bienes del patrimonio arqueológico nacional:

  • 1. Determinar técnica y científicamente los sitios en que puede haber bienes arqueológicos o que sean contiguos a áreas arqueológicas y hacer las declaratorias respectivas.

  • 2. Elaborar o aprobar el Plan Especial de Protección o Plan de Manejo Arqueológico a que se refiere el artículo 11, numeral 3 de la ley 397 de 1997.

  • 3. Atender las consultas de las autoridades ambientales competentes en el proceso de otorgamiento de licencias ambientales sobre áreas que sean patrimonio arqueológico y dar respuestas del término máximo previsto en el artículo 6 de la ley 397 de 1997.

  • 4. Conceptuar sobre el manejo de bienes integrantes del patrimonio arqueológico en los ámbitos municipal, distrital y departamental.

  • 5. Autorizar el préstamo de bienes pertenecientes al patrimonio arqueológico entre entidades públicas.

  • 6. Conocer de las solicitudes sobre demolición, desplazamiento, restauración o cualquier clase de intervención sobre bienes del patrimonio arqueológico; autorizar las supervisiones correspondientes y emitir o negar la autorización para realización de tales actividades.

  • 7. Ejercer la supervisión de que trata el numeral 2 del artículo 11 de la Ley 397 de 1997 en lo relativo al otorgamiento de licencias ambientales y realizar las acreditaciones allí contempladas.

  • 8. Autorizar la exportación temporal de bienes integrantes del patrimonio arqueológico con el fin de ser exhibidas al público o de ser estudiados científicamente, de conformidad con lo previsto en el numeral 4, artículo 11 de la ley 397 de 1997, para lo cual contará con el concepto de la Dirección de Patrimonio del Ministerio de Cultura.

  • 9. Conocer, imponer y cobrar las sanciones pecuniarias a que se refiere el artículo 15 de la ley 397 de 1997 y, cuando haya lugar a ello, expedir los actos relativos al decomiso de bienes integrantes del patrimonio arqueológico. (pág. 135)


Portada del catálogo de la exposición Espacios míticos y cotidianos, arqueología del Alto Magdalena, realizada en el Museo Nacional de Colombia, Bogotá, 1994.

Epílogo

Analizar el proceso histórico del patrimonio arqueológico ayuda a comprender que en Colombia se ha realizado un gran esfuerzo en lo relativo a su protección y conservación; ha sido un complejo proceso institucional, jurídico, político y científico que ha permitido recuperar o conocer las creaciones culturales de tiempos prehispánicos y coloniales, contenidas en los asentamientos, monumentos y bienes muebles arqueológicos, como fundamentos de una identidad cultural nacional, entendida y reconocida hoy en día, no como un imaginario de homogeneidad cultural, sino como una realidad multicultural y multiétnica, a lo largo de su historia, desde los primeros pobladores prehispánicos que habitaron el territorio de la actual República de Colombia.

Todos los bienes arqueológicos al ser declarados como patrimonio histórico de la Nación, adquieren un carácter jurídico y político respaldado por la Constitución Política, leyes, decretos, resoluciones nacionales y convenios multilaterales internacionales, lo que avala con carácter obligatorio su protección, para beneficio de todos los colombianos, sin exclusiones sociales, políticas o culturales.


Para entender los alcances y beneficios del patrimonio arqueológico nacional hace falta analizar las disposiciones jurídicas y las políticas culturales nacionales, en su dimensión histórica; es necesario estudiarlas reflexivamente, no solamente en contextos académicos y científicos, sino, sobre todo, con el recurso de los avanzados medios de comunicación, en todos los contextos sociales y culturales del país, en campañas educativas y recreativas permanentes y a largo plazo. Esta sería la mejor manera de debatir sobre el patrimonio arqueológico, para que niños, jóvenes y adultos a escala nacional, regional y local se apropien de una herencia cultural que les pertenece y que por lo tanto pueden proteger y promover para beneficio de todos; para desarticular la guaquería y el mercado ilegal de piezas, sin descargar solamente la responsabilidad en las autoridades. De esta manera se evitarán situaciones sociales y políticas conflictivas asociadas al manejo del patrimonio arqueológico, como ha sucedido recientemente con el de la cultura Agustiniana, que no es de competencia exclusiva de un sector social o cultural, sino bienes nacionales de dominio público, que también han sido protegidos y declarados como un bien cultural imprescindible de la Humanidad.


Recorte del periódico El Tiempo, en el que se anuncia la inauguración de la exposición Espacios míticos y cotidianos, arqueología del Alto Magdalena, en el Museo Nacional de Colombia, con estatuas originales de la cultura de San Agustín, Bogotá, febrero 22, de 1994.

Nota: La información historiográfica de este ensayo es retomada de escritos con análisis más detallados. Sobre San Agustín y la extirpación de idolatrías, en este mismo blog se encuentra: Viajeros ilustrados y arqueólogos de San Agustín, y El poder de las imágenes sagradas en los procesos de extirpación de idolatrías (siglos XVI-XVIII). Un análisis histórico sobre los adoctrinamientos y las mentalidades ilustradas en mis libros. En el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo, adoctrinamiento de indígenas y religiosidades populares en el Nuevo Reino de Granada (siglos XVI-XVIII) (Bogotá, 2007); y  El árbol genealógico de nuestras identidades culturales (Bogotá, 2010).