domingo, 27 de abril de 2014

Apoteosis de Popayán: Imágenes del árbol genealógico de nuestras identidades culturales




Apoteosis de Popayán, Efraín Martínez, 1939,  óleo sobre tela, 900 x 600 c m., Paraninfo de la Universidad del Cauca, Popayán, cartel publicado por la Editorial López, fotografía de Jorge González, 2003.


Y por esta razón, Dios, que ama al hombre hasta tal punto que quiso proveerle de todo lo necesario, le ha dado una especie de fuerza que se llama MEMORIA. Esa MEMORIA tiene dos puertas, vista y oído, y a cada una de estas puertas conduce un camino por el que se puede llegar a ellas: IMAGEN y PALABRA. Imagen sirve al ojo y palabra a la oreja. Y al alcanzar esta morada por la imagen y por la palabra, resulta que la MEMORIA –guardiana de los tesoros que el espíritu conquista a fuerza de ingenio- vuelve presente lo que pertenece al pasado. Y esto se logra con la imagen o con la palabra. (Richard de Fournival, Bestiario de Amor, siglo  XIII)              

Planteamiento

En los estudios historiográficos es normal que la palabra escrita sea el fundamento de verdad que objetiviza realidades pretéritas. Tradicionalmente se ha aceptado que la historia se inicia con la aparición de las primeras escrituras y sobre todo, de la escritura alfabética de la antigua Grecia, que le ha permitido al logos llevar a cabo su actividad reflexiva o especular de la realidad, que lo subjetiviza y separa de ella misma. En este sentido, la capacidad intelectiva ha primado sobre las representaciones artísticas, que desde Platón fueron consideradas como mimesis o imitación que copia, fabula o crea la realidad a partir de los ideales de belleza.[1]

Formalmente, las obras de arte del pasado han sido vistas como representaciones plásticas, como una memoria visual que conserva un discurso cultural que puede ser descrito e interpretado por el investigador. En la actualidad sabemos que el historiador puede ir más allá de la descripción y clasificación formal iconográfica de las obras de arte, a través  de la lectura iconológica del lenguaje simbólico contenido en ellas, desde los postulados de las investigaciones llevadas a cabo por Aby Warburg (1866-1929) en su rica biblioteca conformada por miles de libros e imágenes, y que a pesar de no tener una intensión concluyente, han sido un punto de referencia obligado para destacados teóricos e investigadores del siglo XX, entre los que sobresalen sus alumnos E. Panofski,   E. Cassirer y F. Saxl.[2]

Warburg rebasa el positivismo y el idealismo decimonónicos; su obra tiene una dinámica conceptual y experimental propia, que fue construyendo a lo largo de su vida, ya sea en sus eruditos trabajos de investigación sobre artistas del Renacimiento italiano o en sus diarios y libretas de apuntes con sugerentes contenidos inacabados. Para Warburg las obras de arte son “fantasmagorías” culturales, tanto emocionales (pathos) como filosóficas (logos); son fenomenologías de las que podemos conocer sus significados mágicos e intelectuales, no con una actitud historicista reduccionista, sino con procedimientos científicos complejos y dialécticos, en los que confluyen el inconsciente freudiano, la tragedia apolínea y dionisíaca nietzscheana, los postulados de Darwin sobre la expresión corporal de las emociones en los animales y los seres humanos y las danzas mágicas vivas en las que los indígenas se transforman, mental y corporalmente, en seres cósmicos, como la poderosa serpiente.[3]

Warburg, como todo gran innovador del pensamiento, dejó una obra inconclusa, el Atlas Mnemosyne (1924-1929),[4] en el que se percibe, en su breve y denso escrito introductorio y en sus enigmáticos paneles temáticos de imágenes de obras de arte de varios períodos históricos, que podía asociar entre sí, de diversas maneras y escalas, por sus contenidos simbólicos que perduran y se transforman en su devenir histórico.

En este ensayo, me interesa retomar la propuesta de “la imagen superviviente” y sus polarizados contenidos antropológicos, en la historia del arte Occidental. Warburg sustenta que la época moderna emerge y se fundamenta en los siglos XV y XVI, a partir de las “imágenes supervivientes” y el “renacimiento” de la antigüedad clásica.[5] Como lo escribe Nietzsche, en tiempos de Warburg, se trata del potencial creador y “fantasmagórico del eterno retorno de lo mismo”, de la oposición complementaria de lo dionisíaco y lo apolíneo, que originó la tragedia, en la antigua Grecia.[6]   

La “supervivencia y renovación” de contenidos culturales antiguos en las obras de arte se pueden interpretar investigando su dinamismo geográfico y su dimensión cosmológica y genealógica. Como se aprecia en los herméticos paneles elaborados por Warburg, podemos hacer un seguimiento de la historia cultural occidental por intermedio de la lectura de la secuencia de imágenes simbólicas contenidas en las obras de arte.

El caso de la Apoteosis de Popayán

Una vez terminados mis últimos trabajos de investigación,[7] que me han llevado a experimentar la relación arqueológica existente entre la escritura y las imágenes artísticas, en una perspectiva genealógica de la historia, he decido hacer un ejercicio reflexivo, a manera de Epílogo de dichos trabajos, en el que el punto de partida es la representación artística, con sus implicaciones antropológicas e históricas. Para lograrlo, he resuelto pararme frente a una obra pictográfica monumental (situada en la ciudad de Popayán), en una actitud contemplativa, que me ha llevado a identificar su complejo tejido metafórico, lo que, finalmente, me ha permitido recorrerla visualmente, desvelando sus crípticos contenidos cosmológicos y genealógicos.

Pocas ciudades de Colombia tienen el privilegio de poseer una obra patrimonial que integre, de manera holística, el imaginario hispánico ancestral (colonial) de su personalidad histórica. Entre ellas sobresale Popayán, con el monumental óleo realizado por el artista Efraín Martínez[8], Apoteosis de Popayán, que ilustra el muro de fondo del Paraninfo de la Universidad del Cauca. Por encargo oficial, su autor representó pictóricamente el poema del escritor payanés, Guillermo Valencia (1873-1943), Canto a Popayán, con motivo de celebrarse el IV Centenario de la Fundación de la ciudad (1536-1936).

La Apoteosis de Popayán fue realizada para ser colocada en un lugar apropiado, en el Paraninfo de la Universidad del Cauca. De acuerdo con la etimología latina y griega, Paraninfo era “el padrino de las bodas o el que anunciaba una felicidad”; en las universidades era la persona “que anunciaba la entrada del curso, estimulando el estudio con una oración retórica”, significado que ha sido adscrito al espacio arquitectónico o “salón de actos académicos”, en el que se realizan ceremonias trascendentales. Apoteosis, de acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, significa “deificación de los héroes, entre los paganos, u honores extraordinarios tributados a una persona”, que el maestro Valencia cantó, en lenguaje lírico, a la grandeza histórica de la ciudad de Popayán.

A continuación, trataré de explicitar los sustratos de mi memoria escrita y visual para que no solamente miremos, sino, para introducirnos en la trama y urdimbre del cuadro de Efraín Martínez, como una secuencia de imágenes, después de haber hecho un largo recorrido como historiador y arqueólogo, interesado no solamente en las fuentes escritas, sino, también, en los espacios, los objetos domésticos y sagrados y las iconografías artísticas, con sus significados herméticos. Estoy convencido de que desde el aquí y el ahora de nuestro presente, las pinturas y las escrituras antiguas nos permiten viajar con nuestras mentes, hacia remotos tiempos.

La Apoteosis de Popayán es una compleja metáfora histórica, es un gran palimpsesto, que a diferencia del pergamino sobre el que muchos historiadores han re-escrito nuestra historia, es un gran lienzo sobre el que el maestro Martínez escribió con sus pinceles, después de cuatrocientos años, la cartografía, con todos sus topoi antropomorfos, naturales y alegóricos, que enaltecen el pasado de la ciudad de Popayán; composición estructurada y premeditada, que sintetiza magistralmente un horizonte de Mundo hispánico que arribó al valle de Pubenza, del “Nuevo Mundo”, en la mente de conquistadores, de soldados y curas doctrineros, al mando del Capitán Sebastián de Belalcázar.

Algo que llama la atención, si se tiene en cuenta que la Apoteosis de Popayán fue pintada hacia los años cuarenta del siglo XX, es su estilo “realista”, propio de la formación académica recibida en Europa y Colombia, por el pintor Martínez.[9] Invención anacrónica de la realidad humana, natural y urbana de Popayán narrada con una secuencia de imágenes pictóricas, como si se tratara de un relato literario. El pintor Martínez recrea o representa la realidad histórica con tropos retóricos, con metáforas, metonimias y sinécdoques, sin ironías, que hacen alusión al Parnaso griego y a personajes históricos (con nombre propio), que como prototipos representan el poder político, económico, social, militar, eclesiástico, artístico e intelectual, institucionalizado, en el transcurrir histórico de la ciudad.

El modelo narrativo de la Apoteosis de Popayán es genealógico, en el sentido de los linajes familiares; su composición formal es una puesta en escena teatral unidireccional que imita las procesiones rituales de las familias patricias romanas. Es una composición monumental que se hizo para alterar el pathos del observador, para intimidarlo y casi introducirlo, en el drama de la historia apologética, allí representado.  

El medio ambiente del desfile histórico es la emblemática plaza principal de Popayán, que desde su trazado fundacional ha sido el núcleo o locus del pathos del poder político. Esto nos recuerda que en dicha plaza se han escenificado grandes actos de justicia, autos sacramentales y entremeses, corridas de toros y desfiles de caballeros en las festividades religiosas y políticas, en tiempos coloniales y republicanos. Además, de unas casas seculares, lo que más sobresale son las fábricas de las iglesias (la catedral con su torre del Reloj, la Encarnación, la Ermita y Belén), como presencia dominante del espíritu católico de la ciudad. Sus calles están vacías, no hay personas, porque se sobreentiende que sus habitantes están observando (como nosotros), los personajes del desfile alegórico, localizados en un primer plano.

La mimesis de la naturaleza regional crea una atmósfera ideal, un paisaje de montañas y un cielo tempestuoso que circunscriben las calles y edificios de la ciudad, a la manera de un telón de boca escenográfico. La fuerza de la naturaleza está expresada en la alegoría de la Tempestad, figura femenina desnuda que descarga sobre la ciudad su poderosa esfera radiante de energía. Si observamos con detalle, toda la puesta en escena está delimitada, hacia el lado izquierdo y el derecho, por dos corpulentos árboles (robles), recurso metafórico que enmarca la narrativa histórica del cuadro.

Primero: Imágenes del origen mitopoético

El árbol del lado izquierdo de la pintura sirve de espaldar del trono o altar en el que se encuentra, en el nivel más alto, de pie, el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Cervantes, y luego, tres figuras alegóricas femeninas sentadas, con vestidos de colores suaves y brillantes, que representan la ciudad de Popayán (en el centro), la Primavera, símbolo de la eterna renovación de la vida, que esparce sus flores, y la Musa Erato, la Poesía que canta la Apoteosis de Popayán. El hidalgo de la Mancha, con su armadura, lanza y escudo de caballero, en posición hierática y oscura, es el espíritu hispánico ancestral, es la locura y la aventura, que yace en el tronco del árbol genealógico de la ciudad.


La figura de Popayán coge un cetro con su mano izquierda, como si fuera una diosa del Olimpo, de la antigüedad clásica. Erato, nos hace recordar que las nueve Musas fueron engendradas por Zeus, el principal dios y Mnemosyne (la Memoria), como compañeras de Apolo, el dios de la sabiduría y las artes, que habitan en el monte Parnaso. Las Musas eran las encargadas de cantar, celebrar, alabar y no olvidar las creaciones de los dioses olímpicos, los héroes y el devenir de los seres humanos; entre ellas se encuentra, precisamente, Kleió (la Historia). Bajo las ramas del otro árbol (lado derecho), se halla protegido un conjunto de personajes históricos prototípicos, políticos e intelectuales, que ocuparon importantes cargos de gobierno o se destacaron como artistas, desde finales del siglo XVIII, hasta las primeras décadas del siglo XX.

Los árboles de la Apoteosis de Popayán podemos hacerlos equivalentes al Árbol genealógico de nuestras identidades culturales que  tiene un ancestro mitopoético, que se remonta a los tiempos sagrados del Génesis, cuando Dios creó el Universo, la Naturaleza y al primer hombre y a la primera mujer, padres del género humano. En el Paraíso terrenal o Edén, donde vivían Adán y Eva, en estado de inocencia, Dios plantó dos árboles, el de la Sabiduría o Ciencia del Bien y el Mal y el de la Vida. El primero es el axis mundi del drama de los seres humanos, según la tradición judeo-cristiana. Dios prohibió a Adán y Eva comer de sus frutos, pero debido a la tentación demoníaca, desobedecieron el mandato y cometieron el primer pecado, al pretender adquirir la sabiduría divina. Este pecado original fue el comienzo de la historia de la humanidad, concebida como una historia de Culpa y Redención, en tanto Adán y Eva actuaron bajo su libre albedrío, lo que motivó el castigo divino de la mortalidad y el sufrimiento  en un “valle de lágrimas”, de la especie humana.

De los hijos de los primeros padres, Caín dio origen al linaje de las “razas malditas” por haber asesinado a su hermano Abel (primer homicidio), y Set fue el progenitor del linaje bueno al cual perteneció el patriarca Noé. Bien sabemos, que después del castigo del Diluvio Universal, entre los únicos seres sobrevivientes estaban los tres hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet), o simientes que dieron origen a todos los pueblos, configurándose el primer sistema clasificatorio-discriminatorio, religioso y político, de la humanidad. De Sem nacieron pueblos de Asia, de Jafet, de Europa y Asia y de Cam (el hermano menor), las poblaciones de África y la península Arábiga. Estos últimos (entre los que se encuentran los “etíopes” o “negros” y los árabes) fueron discriminados como inferiores y destinados a servidumbre de los demás pueblos, porque su progenitor Cam, fue objeto de la maldición de su padre, por haberse burlado de él, cuando estaba desnudo y en estado de embriaguez, por haber ingerido demasiado vino.

Segundo: Imágenes de los “indios” o habitantes del “Nuevo Mundo”

En el lado derecho de las tres alegorías femeninas hallamos sentados un hombre y dos mujeres, que miran con asombro la procesión o ritual sacralizado. Por su desnudez y por llevar coronas de plumas comprendemos que son los habitantes del “Nuevo Mundo”, que fueron llamados “indios”, por Cristóbal Colón, en el año 1492. Esta falacia antroponímica perdurará como gentilicio homogeneizador durante quinientos años, hasta el presente. Inicialmente, Edmundo O’Gorman en su libro La invención de América[10], y luego, el historiador Guido Barona en su desvelador ensayo Legitimidad y sujeción: Los paradigmas de la “invención” de América[11], han demostrado que tanto el ignoto continente, como sus nativos, fueron una invención que responde a la ontoteologìa medieval de la tradición Occidental, que se remonta a sus orígenes mitopoéticos.

Los “indios” del “Nuevo Mundo” también fueron reconocidos con los gentilicios discriminatorios de “bárbaros” y “salvajes”. El primero, fue definido por los antiguos griegos, quienes consideraron “bárbaros” a las personas o pueblos que no hablaban o pensaban como ellos; o sea, aquellos que no pensaban racionalmente, que no hablaban griego y que no vivían reducidos a la vida reglamentada de la polis; y que posteriormente, con el advenimiento del poderío de Roma, se hizo equivalente al latín y a la vida romana; algo que también fue retomado y transformado por el cristianismo: “bárbaro” era el “idólatra” que adoraba “falsos dioses” y se comunicaba con lenguas diferentes al latín. Para Grecia, los “salvajes” eran seres naturales o fantásticos en los que se mezclaba lo animal o natural con lo humano o cultural, y vivían en los bosques, montañas e islas; seres fantásticos que podían ser malignos o benignos a la condición humana.[12]



San Onofre ermitaño, anónimo, (siglo XVII?), óleo sobre lámina de cobre, 25 x 35,5 cm.,  colección particular.

En la tradición judaica, los “salvajes” eran aquellas personas que voluntariamente abandonaban el mundo y se retiraban al “desierto”, considerado como el espacio geográfico vacío de “civilización”, en donde la persona que lo habitaba, había renunciado a las riquezas mundanas y no sólo se exponía a las dificultades de la subsistencia, sino, además, a los peligros de las fieras y a las tentaciones demoníacas. Las renuncias y sacrificios, que lo hacían parecerse a los animales, lo llevarían a encontrarse con Dios. De aquí nació el “salvaje” cristiano, el eremita o anacoreta. [13]

Los “salvajes” ingresaron a los Bestiarios medievales como metáforas de los seres sagrados, los vicios y las virtudes del cristianismo, enseñados no solamente a escala popular, sino también a los letrados. Estos pensamientos simbólicos y creencias mágicas fueron el fundamento de la “Invención del Nuevo Mundo” y de sus habitantes, llamados, por eso, “indios salvajes” o “bárbaros”, y también de su naturaleza “salvaje”, considerada como un espacio vacío, como un “desierto de civilización”.[14]

El maestro Efraín Martínez, en su encuadre pictográfico, no representó a los “indios” de América, como los “salvajes” de la antigüedad, sino como los “buenos salvajes” de la modernidad, reconocidos en su desnudez como seres naturalesinocentes”, que fueron “civilizados” por los europeos cristianos. La emblemática América, la mujer fuerte y desnuda, que porta arco, flechas, lanza y una cabeza humana (símbolo del “canibalismo”), ha sido transfigurada en unamujer pudorosa”  que se ha visto  abocada a ser integrada al horizonte de Dios-Mundo, de la “civilización” judeo-cristiana.



America, Antuérpia, Phillipe Galle (sculpt.) y Marcus Gheeraerts (del.), 1590-1600, 20,6 x 14,3 cm. Metropolitan Museun of Art, New York, USA., tomado del libro Imaginario do Novo Mundo, de Ana Maria de Moraes Belluzo, vol. I, Fundación Odebrech del Brasil, Metalivros, 1994


En el lado derecho de la Apoteosis de Popayán localizamos a Pubenza, la “dócil y casta india” (de acuerdo con las flores blancas que lleva y su actitud “pudorosa”), protegida por el brazo  del poeta Julio Arboleda (criollo de linaje señorial y colonial español), como una alegoría de América republicana, según su poema Gonzalo de Oyón.[15] Invención literaria épica que transforma los hechos históricos de la conquista en un drama de caballeros, como Gonzalo de Oyón, que defienden heroicamente la nobleza, en el campo de batalla, la lealtad a la Corona, en contra de los sublevados soldados españoles, al mando de su hermano Álvaro, que sólo ambicionan riquezas y el poder absoluto.

En el argumento de esta creación lírica, los “indios” son occidentalizados como actores de una lucha por el poder, concebida como un drama romántico y pasional. Pubenza es convertida en la “india” enamorada del hidalgo Gonzalo de Oyón, pero, se ve obligada a ser la esposa de Fernando, uno de los hijos del Capitán Sebastián de Belalcázar; sacrificio heroico que acepta para salvar la vida de su padre el cacique Pubén o Popayán, que ha sido condenado a muerte por el despiadado Fernando. Gonzalo de Oyón es una ficción dramática moderna en la que afloran los ideales morales de un poeta “criollo”, como Arboleda, que terminan justificando la conquista y colonización de los territorios americanos y el sometimiento de las culturas aborígenes.

No era la primera vez que se representaba artísticamente a la América republicana, como “un buen salvaje”; esto ya lo había hecho el pintor santafereño Pedro José Figueroa en el cuadro titulado Simón Bolívar, Libertador i Padre de la Patria (1819).[16] Figueroa pintó a la “América libertada”, como una “india” con atributos de una pequeña diosa clásica, sentada en un trono con elegante vestido, joyas, además del carcaj de flechas, el arco y la corona de plumas. Mientras, para Martínez, la “india” Pubenza parece representar la Musa Erato (la Poesía), que es guiada y protegida patriarcalmente por el poeta y amo Julio Arboleda, para Figueroa, representa la “Patria” que es protegida por su “Padre y Libertador” Simón Bolívar.



Simón Bolívar. Libertador i Padre de la Patria, 1819, Pedro José Figueroa,  óleo sobre tela, 125 x  95 cm., Casa Museo Quinta de Bolívar, Bogotá. Catálogo exposición Bolívar y Colombia, Bicentenario Natalicio del Libertador, Ministerio de Relaciones Exteriores-Instituto Colombiano de Cultura (fotografías Danilo Vitalini y Mauricio Antorveza), diseño y montaje de Camilo Lleras y Jaime Ardila, Bogotá (s. f.).


Tercero: Imágenes de los símbolos sagrados de los conquistadores

En el lado izquierdo del cuadro del maestro Martínez, de medio perfil y montado sobre un caballo, vemos el monumental conquistador y fundador de lamuy noble y leal” ciudad de Popayán, el Capitán Sebastián de Belalcázar, que nos recuerda la ecuestre escultura del mismo personaje, fundida en bronce por el artista español Victorio Macho y erigida sobre la cima aplanada del morro de Tulcán (1940), (que hace parte del paisaje representado en el cuadro), también con motivo de la celebración del IV Centenario de la Fundación de la ciudad.[17] El arqueólogo Julio Cesar Cubillos investigó este morro y encontró que antes de erigirse sobre la cima dicha escultura, estaba coronado por dos montículos de tierra hechos por los “indígenas” prehispánicos, como remate de una estructura piramidal, recubierta parcialmente con hileras escalonadas de bloques de adobe y con fines rituales funerarios.[18]

Las montañas, desde tiempos inmemoriales, han sido concebidas como espacios sagrados que comunican el Inframundo con el Cielo; en ellas residen fuerzas telúricas creadoras o son el espacio funerario donde habitan espíritus poderosos. Los cerros, como otros lugares naturales (lagunas y cavernas) han sido los topoi  de cartografías cósmicas. En antiguas civilizaciones, las montañas fueron transformadas en pirámides para guardar la tumba de un rey o señor principal, o para ser el basamento de un templo donde habita la divinidad, o como lugar de sacrificios a las deidades de las que depende la vida y la muerte. En el mundo andino han sido llamadas huacas o lugares naturales o artificiales sacralizados, que con la llegada de los conquistadores españoles fueron profanadas y arrasadas, para levantar sobre sus ruinas los templos o símbolos del cristianismo. En Bolivia, el cerro de Potosí, era el cerro de la Mama Pacha que fue transfigurado en el cerro de la Virgen, protectora, no solamente de los pobladores de la ciudad, sino también del poderoso metal, que fue extraído de sus entrañas, durante siglos, con la mano de obra indígena sometida a servidumbre; de ahí la re-significación del cerro, que pasó a ser el símbolo de mayor riqueza cuando en el imperio se afirmaba que algo “valía un Potosí”.



En el cuadro Apoteosis de Popayán, sobre uno de las lomas del  paisaje, se levanta la capilla de Belén que contiene el ciclo cosmológico del catolicismo, al ser un lugar de culto del nacimiento de Jesucristo, y al mismo tiempo, el santuario del Santo Ecce Homo o Amo de la ciudad, que según sus devotos creyentes, la protege de las principales calamidades, como lo testimonia la cruz doctrinera de piedra localizada en su atrio, en cuyas cuatro caras del pedestal se tallaron las siguientes escrituras, que rezan:

        En la del norte:
Una Ave Ma. [María] a la M. [Madre] de Miseri.a
[Misericordia].
Pa. [Para] Q. [Que] no sea total la ruina de Popayán.
En la del sur:
Un P. [Padre] N. [Nuestro] a Sn. Joseph P. [Para] Q. [Que]              que nos consiga una buena muerte.
En la del occidente:  
Un P. [Padre] N. [Nuestro] a Jesús para que nos libre del                 Comején. Año de 1789.
En la del oriente:
Una Ave María a Santa Bárbara P. [Para] Q. [Que] nos                   defienda de rayos – Me fecit Michael Aquiloniam.[19]

La loma de Belén tiene un via crucis o vía de la crucifixión que recuerda el sufrimiento del hijo de Dios, antes de ser crucificado en la cima del monte del Calvario. Es apropiado recordar, que según una antigua leyenda hebraica de los tiempos de Cristo (Evangelio de Nicodemo), en el monte del Calvario fue enterrado nuestro primer padre Adán, como lo testimonian el cráneo y los fémures cruzados que se colocan debajo de los pies de Jesucristo. De tres semillas del árbol del Bien y el Mal, del jardín del Edén (primer axis mundi), que permitieron a Adán morir en paz, después de una larga vida, brotaron tres árboles, que Moisés trasladó al monte Tabor (otro axis mundi) y que posteriormente, luego de mil años, el rey David trasplantó a la ciudad santa de Jerusalén (otro axis mundi); estos tres árboles se fundieron en uno solo y de su tronco se construyó la cruz en la que murió Jesús, y su sangre derramada cayó sobre la tierra, sobre el cráneo de Adán, bautizándolo o redimiéndolo de sus pecados y por lo tanto del pecado original de la humanidad. De esta manera se cierra el ciclo cósmico iniciado en el Génesis con la Redención de Jesucristo: el árbol del Bien y el Mal se fusionó en el árbol de la Vida, de la cruz de la Redención de Jesucristo, acto que dio origen a la historia de Salvación.[20]

Podemos decir que la tradición Occidental germina en los relatos de las sagradas escrituras, del Antiguo Testamento y en las danzas y relatos mitopoéticos de los tiempos heroicos, anteriores a la escritura épica de la Ilíada y la Odisea, de Homero; en ellos, las montañas y los árboles sagrados son axis mundi cósmicos: el árbol de la Ciencia del Bien y el Mal fusionado al árbol de la Vida o de la Redención; el monte Tabor integrado al monte del Calvario; las montañas del Olimpo, donde habitan los dioses, y del Parnaso, donde reside Apolo con las Musas. Espacios sagrados que estuvieron asociados a centros del Mundo urbanos, a la gloriosa Atenas de Aquiles, a la Roma imperial fundada por Rómulo y Remo, que en el siglo IV, el emperador Constantino transformó en la ciudad eterna, al ordenar construir una basílica en el lugar donde estaba enterrado el apóstol Pedro, fundador de la cátedra y la gloria del Papado. Como bien lo comprendieron los maestros Valencia y Martínez, la fundación de Popayán fue un ritual simbólico de apropiación territorial a nombre del Rey y el Papa, que significó la implantación en tierras del “Nuevo Mundo”, del árbol de la Sabiduría fusionado al de la Vida y del Calvario, en los cerros de la ciudad, que desde tiempos anteriores ya habían sido sacralizados por los pubenenses.

En la pintura del maestro Martínez también identificamos otro cerro que prefigura la Redención de Jesucristo, llamado las Tres Cruces (una de las cimas del cerro de la Eme), porque sobre él, desde los tiempos de la Conquista se colocó el símbolo de la cruz, cumpliendo con las ordenanzas reales, para todas las ciudades, recién fundadas. El arqueólogo Henri Lehmann, en la década de los años cuarenta, del siglo pasado, antes de los trabajos de Cubillos en el morro de Tulcán, también comprobó que en el emplazamiento de la ciudad y en cerros aledaños, los aborígenes enterraron sus muertos, acompañados de sus objetos rituales, de acuerdo con sus pensamientos mágicos.[21]

Hoy en día, el bello morro de Tulcán, del cual se divisa el trazado colonial de la ciudad y el valle de Pubenza, es un monumento apologético de los hechos de los conquistadores, en los que los soldados y curas doctrineros, con la espada y la cruz y al mando del Capitán Sebastián de Belalcázar (lugarteniente de Gonzalo Pizarro, conquistador del Perú), terminaron dominando los territorios caucanos, al someter a los pueblos de “indios” al mando de los caciques Popayán y Calambás.[22]

Cuarto: Imágenes originarias del árbol genealógico de las castas o razas americanas

En la parte central del desfile de la Apoteosis de Popayán observamos un grupo de seis personajes: un misionero o cura doctrinero con un crucero; un colono español, en actitud triunfal, con el torso descubierto, que coge un hacha con su mano derecha y posa una de sus piernas sobre el tronco de un árbol que ha talado; un “negro” esclavizado con una batea para barequear el oro; un “indio” semidesnudo, que se inclina para levantar un fardo, y una pareja de aristocráticos criollos, vestidos a la usanza española. Todos ellos, en conjunto, representan el árbol de las castas o razas del “Viejo Mundo” que fue trasplantado al “Nuevo Mundo” por los primeros conquistadores y colonizadores de las tierras de Popayán. 



Antes tuvimos la ocasión de anotar que el origen sagrado del árbol genealógico de la humanidad está vinculado a los hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet), de quienes descienden todos los pobladores del Mundo. De acuerdo con los libros del Antiguo Testamento, entre los descendientes de Sem se encuentran los hijos de Heber, llamados hebreos o las doce tribus de Israel, que se emparentaron con los linajes de los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob y José, genealogía en la que se inscriben el Rey David y sus descendientes, José y María, padres de Jesucristo.  

Con el descubrimiento del nuevo continente, sus pobladores, al ser considerados hijos de Dios, como todos los seres humanos, quedaron inscritos en la descendencia originada por Adán y Eva, en los pueblos nacidos de los hijos de Noé y por lo tanto, en la historia de Salvación o Redención del género humano. El fraile dominico Bartolomé de las Casas, en su obra Apologética Historia Sumaria, fundamentada en autores de la antigüedad clásica, en los Padres de la Iglesia y otros pensadores medievales cristianos, inscribe los “indios” y la Naturaleza de América en la cosmovisión tholemaica, según la cual, la Tierra es el centro del Universo y el Mundo terrenal es una imagen especular del Mundo celestial.[23]

Fray Bartolomé de las Casas piensa que hay unas causas naturales universales que explican los comportamientos intelectuales y morales, de todos los pueblos. La causalidad principal se debe al influjo de los cielos (Astrología) y del clima, de acuerdo con su localización geográfica. El clima determina los rasgos físicos, los comportamientos sensoriales, la forma y funcionamiento de los órganos internos y los afectos que causa el entendimiento y los estados emocionales. El clima también establece la flora y la fauna y por lo tanto, la alimentación de los seres humanos. De los vientos, montañas, lagos, ciénagas y ríos depende que el clima sea benigno o malsano (propicio para las enfermedades), según la clásica medicina de los humores corporales. Este determinismo geográfico es el fundamento del sistema social clasificatorio-discriminatorio de las castas o razas establecido por las autoridades políticas, jurídicas y eclesiásticas, en América, durante el período de coloniaje hispánico.[24]

En el Orbe, de todos los climas, el más favorable para el desarrollo físico, intelectual y moral corresponde a las latitudes medias, en las que se localizan España, Italia y Grecia, territorios en los que se desarrolló la tradición Occidental. Las personas nacidas en dichas latitudes son “creadoras, libres y aptas para gobernar otros pueblos”, lo que justifica la apropiación del “Nuevo Mundo” y de sus “indianas gentes”. [25]

Fray Bartolomé de las Casas considera que las tierras americanas poseen diversidad climática, favorable al desarrollo humano, lo que determina que sus “indianas gentes sean intelectivas, ingeniosas, racionales y de buena capacidad”. A pesar de estas apreciaciones, que le valieron el título de “defensor de los indios”, las Casas los clasifica como “bárbaros”, semejantes a otros pueblos “infieles e idólatras” de la antigüedad clásica; por eso, lo que se requería era adoctrinarlos con las enseñanzas de las verdades cristianas.[26]

A diferencia de los “bárbaros indios” sometidos a una condición de vasallos de servidumbre, los “negros” de origen africano (llamados “etíopes”), de acuerdo con la Divina Providencia, fueron discriminados como “seres humanos inferiores, semejantes a las bestias”. La causa de esta segregación, como ya se anotó antes, es de origen sagrado, es debida a la maldición heredada por los descendientes de Cam, el hijo de Noé. Así lo dice el jesuita Alonso de Sandoval, en su obra De Instaurata Aethiopum Salute, escrita a comienzos del siglo XVII, con base en su experiencia como misionero en el puerto esclavista de Cartagena y en sus conocimientos de la filosofía Escolástica. En Etiopía (nor-este de África) también existieron animales monstruosos y bestias con figura humana, que recuerdan los seres de los Bestiarios medievales, y que fueron trasladados al “Nuevo Mundo”, en la mente de los conquistadores, como propios de su Naturaleza. Desde entonces, los mares, las lagunas, las montañas y las selvas americanas fueron el hábitat de “basiliscos, unicornios, dragones, blemnios” (que no tienen cabeza, aunque tienen ojos y boca en el pecho), “sciópedes” (que tienen un solo pie gigante que les permite protegerse de los rayos del sol), “ithióphagos” (que vuelan como peces en la mar), “himonpodes” (que apenas pueden caminar porque se les doblan las espinillas) y de otros, que no tienen narices o poseen el labio inferior de su boca u orejas gigantes.[27]

El gran jurista y recopilador de las Leyes de Indias, Juan de Solórzano Pereira (1575-1655), nos presenta el sistema social de las “castas” o “razas” establecido en América. Hablar de “castas” significaba hablar de “la generación de linajes de padres conocidos”, como una realidad natural contenida en la sangre de los progenitores y heredada por sus descendientes; existían “castas” con “pureza de sangre” y otras con “sangre mezclada o impura”. El concepto “raza” se utilizó como equivalente al de “casta o calidad de origen o linaje” y sirvió para establecer la calidad de las personas, los animales y las cosas (“de buena o mala raza”). En el caso de las personas se usó con un sentido negativo, como lo opuesto al de la hidalguía o nobleza, y también sirvió para identificar a los no cristianos: “raza de judíos, moros, herejes y villanos”. Las “castas” o “razas” americanas, además de la española, fueron los “criollos, indios, negros y mestizos”.[28]

No sobra aclarar que las “castas” o linajes de “sangre pura” eran los españoles y los “criollos” (españoles nacidos en América). Aunque, como lo anota Solórzano, “no se puede dudar de que los criollos sean españoles”, en las provincias de ultramar se los diferenció por parte de los peninsulares. No se trató de una discriminación por “limpieza de sangre”, sino, de una diferenciación de rango en la jerarquía social y política. Los españoles peninsulares establecieron una superioridad metropolitana, una subordinación política a la Corona de los “criollos” (dependencia política), al restringir su ingreso a los cargos de gobierno más altos, para poder controlarlos, al encontrarse a grandes distancias de España.[29]

De acuerdo con lo estipulado en las Capitulaciones, los primeros capitanes que acompañaron a Sebastián de Belalcázar en la conquista del alto Cauca o Provincia de Popayán, recibieron mercedes reales: estancias y haciendas, derechos en la explotación de minas de oro y plata, cargos como el de Gobernador, Alcalde y Alférez Real, títulos como el de Adelantado y el usufructo de la mano de obra “indígena”, como encomenderos, además de otros beneficios como solares urbanos, para construir sus casas solariegas. Para mantener estos privilegios, los hijos de dichos capitanes y sus descendientes establecieron un sistema de parentesco cerrado (endogámico), por intermedio de alianzas matrimoniales circunscritas a sus familias, y en varias ocasiones aceptando “criollos” de otras provincias y peninsulares que se fueron radicando en la Gobernación de Popayán. Así, crearon su propio árbol genealógico americano que los diferenció de las demás “castas”, de las que obtuvieron beneficios económicos, ya sea como “indios” tributarios o mitayos, “negros” esclavizados para el trabajo de las haciendas y las minas, principalmente, y “mestizos” dedicados a diversos oficios. La ley del Mayorazgo, también favoreció la conservación de los privilegios señoriales de las familias “criollas”, descendientes de los capitanes conquistadores.[30]

En el “Nuevo Mundo”, además de las “castas” de los “criollos, indios y negros”, se engendró la de los “mestizos”, o hijos nacidos de la unión cruzada de las anteriores. Por tener un padre o una madre de sangre española fueron reconocidos como vasallos de la Corona y gozaron de ciertas libertades, en sus oficios, aunque también fueron restringidos en otros. Los “mestizos” tuvieron una posición social privilegiada con respecto a los “indios y negros”. El “mestizaje” entre español e “indio” fue bien visto por las autoridades, porque se consideró que era una manera de disminuir el carácter “salvaje de los indios”. La unión de español y el “indio” con el “negro” produjo el “mestizaje” identificado con los ofensivos apelativos de “mulatos” (proveniente de mula) y “zambos” (de pies torcidos), respectivamente. La discriminación “racial” o de “castas” llegó al extremo de calcular la cantidad de “sangre blanca” en el “mestizo”, creando diversas categorías clasificatorias: “tercerones, cuarterones, quinterones, coyote, cambujo, grifo” y otros. La valoración cromática de la discriminación “racial” llevó a promover las uniones con los portadores de “sangre española”, para que en varias generaciones, el descendiente “mestizo se blanqueara”  (“mejorar la raza”).[31]

Quinto: Imágenes religiosas doctrinales

La iglesia católica está representada en la Apoteosis de Popayán por el cura doctrinero que porta la cruz (Francisco de Figueroa) y el grupo de cuatro prebendados, con sus trajes purpúreos, propios de la jerarquía eclesiástica: los obispos Juan Nieto Polo Hurtado, Pedro Antonio Torres, Ignacio León Velasco y el Arzobispo Manuel Antonio Arboleda, que desempeñaron sus cargos en tiempos coloniales y republicanos, respectivamente. Tanto el jesuita misionero, como las cuatro dignidades eclesiásticas, pertenecen a linajes del árbol genealógico criollo sembrado por los capitanes de la Conquista.



A los linajes “criollos” de Popayán no solamente les otorgaron privilegios civiles, sino, también, eclesiásticos, como los cargos de Obispo, Arzobispo, Deán, Canónigo y otros. Estos privilegios dependieron de la autoridad Papal y del Rey, de acuerdo con el Real Patronato establecido entre la Corona de España y la Santa Sede, con motivo del descubrimiento de América, por el Almirante Cristóbal Colón. Las bulas Inter Caetera (1493), del Papa Alejandro VI establecieron la línea meridional divisoria entre el dominio del Reino de Portugal sobre las islas y costas africanas, localizadas hacia Oriente y las nuevas “islas descubiertas y que pueda descubrir” la Corona de España, hacia el Occidente.[32]

El reconocimiento de esta moderna repartición imperial del Mundo, que donó a España las islas de la “mar Océana” occidentales y por tanto, de gran parte del “Nuevo Mundo”, conllevó el establecimiento del Real Patronato (bula de Julio II, 1508), según el cual los Reyes Católicos de España y el Rey de Portugal quedaban con el derecho de intervenir en el nombramiento de autoridades eclesiásticas, de administrar los diezmos, organizar comunidades religiosas, disponer de ellas, y en general, de participar en los asuntos administrativos de la institución eclesiástica; al mismo tiempo que el Estado garantizaba su administración y funcionamiento.

Con el Real Patronato, la iglesia romana, representada en el clero secular y las órdenes religiosas, obtuvo, ante las autoridades monárquicas, el poder y la obligación de adoctrinar a todos los habitantes del “Nuevo Mundo”. La iglesia de Roma estipuló que dicho adoctrinamiento se debía adelantar de acuerdo con la tradición, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia y desde la Escolástica.[33]

El Real Patronato se vio fortalecido, hacia mediados del siglo XVI, con el mandato del Concilio de Trento, con el que, además de fortalecerse la autoridad doctrinal de la iglesia de Roma, frente a las disidencias y divisiones políticas creadas por la Reforma Protestante, iniciada por Martín Lutero y Calvino, también, de manera especial, se enriquecieron los medios de adoctrinamiento, con el recurso de las imágenes sagradas (artes del Barroco), que alteran el pathos de los catecúmenos.[34]

La doctrina de la Contrarreforma fue impulsada de manera peculiar, por la nueva Compañía de Jesús, fundada por el español Ignacio de Loyola (1491-1556). En todos los territorios misionales de los jesuitas y de manera particular en América, se hizo presente el recurso de la Prédica de las Pasiones de los Ejercicios Espirituales, en las que las “Potencialidades del Alma” (Entendimiento, Voluntad y Memoria) son intensificadas con el nuevo lenguaje del aislamiento físico, para que el ejercitante interiorice o “sienta con su mente los dolores causados a Jesucristo, por sus vicios y pecados”, y de esta manera, pueda también “sentir los dolores del Infierno” o por el contrario, “experimentar el éxtasis de la gloria celestial”.[35]

La sede eclesiástica de la ciudad de Popayán se encargó de adoctrinar gran parte del territorio de la actual Colombia, no solamente en lo referente al mundo andino, sino también del inmenso territorio selvático de la Amazonia. Los sacerdotes franciscanos y jesuitas, desde los Colegios de Misiones de las ciudades de Popayán y Quito, se encargaron de llevar a cabo las misiones amazónicas, como lo recuerda el misionero jesuita José de Figueroa, miembro de una de las principales y más poderosas familias “criollas” de Popayán. El padre Figueroa posee el valor simbólico de haber sido “martirizado” por los “indios” (1666), en un ritual de muerte, en el que se enfrentaron sacerdote y chamán, a nombre de los espíritus ancestrales de los aborígenes y de los seres sagrados cristianos. Su presencia en el cuadro, significa el sacrificio de la iglesia en su labor de borrar los pensamientos mitopoéticos aborígenes, con el recurso violento de la “extirpación de idolatrías” y con la abnegación y lucha de los misioneros, que estaban convencidos de “salvar las almas de los infieles e idólatras”, aunque esto implicara ofrendar sus vidas, lo que les confería el máximo logro de su existencia, alcanzar la “palma del martirio”, que los podía llevar al altar de los santos. José de Figueroa, en actitud modesta, a diferencia del altivo y fuerte colono, y a semejanza de las madres que ofrecen sus hijos a Popayán, sacrificó su propia vida, en nombre de la imposición de las verdades doctrinales cristianas, en América. [36]

Aunque es difícil de medir y comprender los complejos alcances de la actividad religiosa de los curas doctrineros y los misioneros, durante los siglos coloniales, lo que sí se puede apreciar es que dicha labor trajo como consecuencia la desaparición de pensamientos mitopoéticos de origen americano y la imbricación de creencias doctrinales medievales y dogmas con pensamientos chamánicos, que en tiempos modernos llamamos “religiosidades populares”, como una de las herencias culturales coloniales, que perduran en la mayoría de las poblaciones de los territorios llamados hispanoamericanos o latinoamericanos: Dogmas y supercherías, pasión y rituales de muerte, son difíciles de separar en sus maneras de pensar, actuar y sentir cotidianas.[37]

Seis: Imágenes del árbol genealógico de la Ilustración

A los pies del altar, en que se encuentra entronizada la alegoría de Popayán, hay dos figuras masculinas, en posición de ofrenda: arrodillados y con sus rostros inclinados, como gesto de sacrificio. El del lado izquierdo (Camilo Torres), tiene el torso desnudo, las manos atadas sobre la espalda y cubre el resto de su cuerpo con una túnica roja, que se despliega sobre el piso, como si fuera sangre derramada; a su derecha está otro hombre, con traje convencional, de color ocre, que agarra un libro con su mano izquierda (Francisco José de Caldas).



Torres y Caldas son dos “criollos” que enaltecen la ciudad de Popayán por haber sido destacados miembros del sector social ilustrado, en el Virreinato de la Nueva Granada, entre la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX. Ambos estuvieron de acuerdo con la causa de la independencia y se comprometieron con ella, lo que les trajo el desenlace trágico de ser fusilados en el patíbulo (1816), por órdenes del general Pablo Morillo, al mando del ejército español encargado de reconquistar el reino insubordinado, que terminó desconociendo la autoridad del Rey.

Camilo Torres, como destacado jurisconsulto, ocupó el cargo de Vocal y Secretario de la Junta Suprema del Cabildo abierto de 1810 y el de primer Presidente del Congreso de las Provincias Unidas (1812). Antes, como asesor del Cabildo de Santafé y con motivo de la invasión napoleónica a España, que conllevó la usurpación del trono de Fernando VII (1808), escribió el Memorial de agravios o Representación del Cabildo de Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada, a la Suprema Junta Central de España (1809), texto en el que reclama una mayor representación de las provincias americanas en dicha Junta Suprema, al considerar que los “criollos” americanos no son extranjeros sino que tienen los mismos derechos que los peninsulares.[38]

Francisco José de Caldas fue un hombre de ciencia de su época, dedicado a la investigación geográfica, astronómica, primer director del Observatorio Astronómico y fundador del importante periódico el Semanario del Nuevo Reino de Granada (1807-1811)), en el que publicó varios de sus escritos y de otros ilustrados neogranadinos. Caldas y Torres recibieron las enseñanzas del maestro de Filosofía Natural, José Félix de Restrepo, en el Real Colegio Seminario de San Francisco, de la ciudad de Popayán. Restrepo se había educado en Santafé bajo las orientaciones de las efímeras reformas académicas, impulsadas por José Celestino Mutis y el Fiscal Francisco Moreno y Escandón, en las que se apoyaba el conocimiento de la llamada “nueva ciencia” de Newton (leyes mecánicas y experimentación), las Matemáticas, la Física y los conocimientos útiles para “el progreso social y económico del Reino”. Dichos saberes coexistieron con los estudios de Lógica, Metafísica, de la Filosofía silogística de Aristóteles, renovados, que en conjunto conformaron el árbol de la ciencia de los criollos ilustrados, que luego transformaron en el árbol de la libertad republicana.[39]

Caldas tuvo la valiosa oportunidad de adquirir conocimientos científicos de Alexander von Humboldt y Bonpland, durante su estadía en Quito (1802), y de manera especial, de Mutis, cuando lo vinculó al equipo de la Real Expedición Botánica, en la ciudad de Santafé. Para Caldas fue muy importante el estudio de la Geografía con la cartografía del Reino, porque lo consideraba fundamental para salir de la postración económica en que se encontraba.

Una vez hecha una reflexión crítica de las obras de Mutis, Restrepo y de su alumno Caldas, es posible particularizar lo que significó el complejo paradigma de la Ilustración europea en el Virreinato de la Nueva Granada. En términos generales, un neogranadino ilustrado era una persona que no estaba de acuerdo con la enseñanza especulativa de la Peripatética o Silogística, que dominaba en los colegios mayores del Rosario y Santo Tomás, porque los consideraba obsoletos, en comparación con las nuevas teorías de la ciencia experimental e inductiva, como las de Newton y Linneo, que permitían establecer leyes mecánicas, con las que se podían identificar, clasificar y explicar los fenómenos naturales y astronómicos. Los conocimientos obtenidos con estos nuevos procedimientos llevarían a descubrir y explotar las riquezas naturales del Reino, en “beneficio del progreso económico, en la agricultura y el comercio, y por lo tanto para aumentar el bienestar social”. [40]

Caldas, a diferencia de Mutis, no se dedica solamente a investigar, en el campo y el gabinete, las plantas y los metales precios, sino que incluye a las poblaciones neogranadinas en sus estudios de Geografía, porque está interesado en conocer “la influencia de los climas altitudinales en los seres organizados”, a partir del modelo propuesto por Humboldt, para las plantas. Para la ciencia del siglo XVIII, investigar los seres humanos significa no solamente mirar sus aspectos físicos (Ciencias Naturales), sino, también, los comportamientos intelectuales y morales (Antropología Pragmática), como consecuencia de la influencia de los climas, lo que lleva a tomar posicisiones “racistas”. Caldas hace una detallada clasificación de las poblaciones de la Nueva Granada, en la que sustenta una diversidad “racial” como consecuencia de un determinismo climático, que se hereda por vía sanguínea, de padres a hijos.[41]

Como era de esperarse de un “criollo” ilustrado, que aplica teorías científicas europeas, a diferencia de los “civilizados” españoles (peninsulares y americanos), los “indios” y los “negros” son “salvajes” y “bárbaros” adscritos por naturaleza a “razas inferiores”, algo que no está muy distante de lo escrito por fray Bartolomé de las Casas y Alonso de Sandoval, entre los siglos XVI y XVII.

En síntesis, podemos decir que Caldas es un representante de la Ilustración neogranadina “criolla”, en la que se aceptan teorías y procedimientos clasificatorios de las nuevas Ciencias Naturales, mientras no contradigan los principales dogmas y valores morales de la Escolástica de los novatores, que no establecen ruptura con la historia de Salvación o  Redención, cimentada en los textos sagrados de la Biblia, como testimonios de verdad. El Diluvio Universal, para Caldas, es la explicación más plausible de la extinción de la megafauna, representada en los fósiles  hallados en diversos lugares de la Tierra. Lo que en siglos anteriores, los teólogos argumentaban con una exegética de los textos de las sagradas escrituras y con las obras de los Padres de la Iglesia, Caldas lo hace de manera empírica, con observaciones y mediciones científicas, circunscritas en un corpus de valores morales cristianos ortodoxos, que adapta a los discursos de libertad e independencia, sin mayor contradicción.[42]

Siete: Imagen del árbol de la libertad republicana

El maestro Efraín Martínez y otros intelectuales de su época, consideran el linaje de la familia Mosquera y Figueroa como el prototipo de la grandeza histórica, colonial y republicana, de la ciudad de Popayán. Esto ayuda a entender el papel protagónico de sus miembros en el cuadro Apoteosis de Popayán.
Si volvemos nuestra mirada al cuadro, en primer término, siguiendo la narrativa histórica lineal de la pintura, aparecen, el ya mencionado misionero, Francisco de Figueroa, y a su lado, Joaquín de Mosquera y Figueroa (Regente de España) y su dama acompañante (vestida de blanco); luego, a manera de transición entre la Colonia y la República, está José María de Mosquera y Figueroa, cubierto con una capa española negra (hermano del anterior), acompañado de sus cuatro hijos: Manuel José (Arzobispo de Bogotá), Tomás Cipriano (General de la República y cuatro veces Presidente), Manuel María (Diplomático) y Joaquín (Presidente de la Gran Colombia y Diplomático).



Por los altos cargos de gobierno civil, militar y eclesiástico de los Mosquera y Figueroa, se puede establecer que una vez lograda la Independencia, la conflictiva construcción de un Estado republicano dependió de las confrontaciones políticas (civiles, militares y eclesiásticas) al mando de miembros de linajes, como el de los Mosquera y Figueroa, que estaban emparentados con otras poderosas familias, desde tiempos coloniales.

Como mimesis de la emblemática de los revolucionarios franceses, en la Nueva Granada, en conmemoración de los hechos del 20 de julio de 1810, se realizó el acto alegórico de sembrar el árbol de la Libertad, en diferentes poblaciones. En el cuadro del maestro Martínez, la Libertad está representada por el grupo conformado por el General José Hilario López y dos esclavos arrodillados (uno anciano y otro joven), con las opresoras cadenas rotas, en gesto de agradecimiento a su antiguo amo que, como Presidente de la República, abolió definitivamente la esclavitud, en 1851; acto político alegorizado con otros dos esclavos de pie, que enarbolan el gorro frigio de la libertad y la triunfal corona de laureles.

La manumisión de los esclavos no fue un proceso inmediato, sino, demorado, porque más allá de los retóricos discursos legales, libertarios y piadosos, gran parte del poderío económico de los señores “criollos” dependía de la mano de obra esclavizada. El protagonista del proceso, como autor de los textos de las leyes de manumisión, fue José Félix Restrepo, el profesor del Seminario de Popayán, que les había dictado clases de Filosofía Natural a Caldas y Torres.

Inicialmente, Restrepo redactó un primer proyecto de ley durante el gobierno del Presidente Dictador de Antioquia, Juan del Corral, el 20 de febrero de 1814; años más tarde, el mismo Restrepo, retomando el documento anterior, elaboró el texto de la Ley de manumisión para el Congreso de Cúcuta de 1821. En esta última Ley se aprobó: primero, la libertad de los hijos de esclavos (libertad de vientre), que estarían obligados a trabajarle a su amo hasta la edad de 18 años, como indemnización o pago de los gastos de su crianza; segundo, la creación de un montepío para recoger donaciones voluntarias de dinero por parte de ciudadanos caritativos, con el fin de redimir el costo de los esclavos; tercero, la obligación de liberar por testamentaria a uno de cada diez esclavos, y cuarto, se prohibió la introducción de esclavos en el territorio colombiano; consideraciones legales y económicas que ayudan a explicar por qué la abolición definitiva de la esclavitud se prolongó hasta el año 1851.[43]

Ocho: Imágenes de las “clases sociales” y las “razas colombianas”

En el lado derecho de la Apoteosis de Popayán, el maestro Martínez ubicó un apretado grupo de sobresalientes políticos, clérigos, artistas y escritores, a manera de síntesis y para complementar la importancia histórica de la ciudad: prócer Francisco Valencia Pontón, Conde de la Casa Valencia; José Rafael Mosquera, constitucionalista; Manuel José Castrillón, político republicano; Francisco Antonio Ulloa, ilustrado prócer; cinco Presidentes de la República (en propiedad y encargados), el General José María Obando (1853-1854), Andrés Cerón (1862), Froilán Largacha (1863), Julián Trujillo (1878-1880) y Euclides Angulo (1908); el político y escritor Sergio Arboleda (hermano del poeta Julio); el arzobispo Manuel Antonio Arboleda (1907-1923); Jaime Arrollo, historiador de la Gobernación de Popayán; Gustavo Arboleda, historiador de la ciudad de Cali y autor del Diccionario biográfico y genealógico del antiguo Cauca;  el padre Manuel Antonio Bueno, historiador de la Diócesis de Popayán; el arquitecto y pintor, Adolfo Dueñas; los poetas Rafael Maya, José Asunción Silva y el fabulista Rafael Pombo (estos dos últimos, bogotanos de ascendencia payanesa); y el benemérito ciudadano, Toribio Maya.



De los personajes anteriores sobresale Sergio Arboleda (1822-1888), por haber escrito el libro La República en la América Española (1951), o recopilación de artículos periodísticos en los que expresa un pensamiento conservador sobre lo que debería ser la sociedad y el sistema político de la República de Colombia, desde una mirada retrospectiva colonialista del pasado y de la vivencia de las guerras civiles, posteriores a la Independencia. El modelo social y político de Arboleda se fundamenta en los principios cristianos de los “tradicionalistas”, que en ese entonces se oponían al ideario de los liberales o “progresistas”.[44]

Sergio Arboleda, aunque critica los “errores o pecados humanos del despotismo monárquico, como el atraso en las ciencias, las artes, la industria y el comercio”, es claro en afirmar que España legó a las nuevas repúblicas, “valores morales, buenas costumbres familiares, respeto a la autoridad, una justicia recta e imparcial, principios de lealtad y honor y un proceso de civilización de los indios  y los esclavos africanos unidos en una fraternidad cristiana”. Su mirada historiográfica corresponde a la historia de Salvación, en la que el pasado colonial y el presente republicano están unidos por la misma teleología. España cumplió con su misión providencial, levantando los cimientos de la República. Arboleda propone la retórica de un programa, filosófico, moral y político conservador de la República en la América española.[45]

Arboleda defiende los valores morales cristianos y el carácter de los comportamientos de la tradición latina, en la que se inscriben las repúblicas de la América española y rechaza los comportamientos morales e intelectuales de la tradición protestante anglosajona. No está de acuerdo con los políticos o caudillos, que inspirados en revoluciones foráneas, como la francesa y la de América del Norte (Estados Unidos de América), recurren a las desigualdades sociales y “raciales”, para incitar al pueblo a “revoluciones políticas” y a “incriminar a la clase social aristocrática, heredera de la raza española”: En las sociedades “no se da la igualdad de funciones políticas y sociales, porque los hombres somos absolutamente desiguales: la desigualdad es esencial para la existencia y progreso de la humanidad; lo que llamamos igualdad, o lo explican las palabras equidad y justicia, o debe adoptarse otra voz para expresarlo”.[46]

A diferencia del ideario liberal de intelectuales como José María Samper, que auguran una República “mestiza”, en el cuadro del maestro Martínez y en el discurso ideológico de Arboleda no se enfatiza esta invención “mestiza”. En la sociedad republicana de Arboleda no hay rivalidad entre “criollos” y españoles; prefiere hablar de “clases sociales” y de una nueva “raza republicana”, como una “fraternidad entre las razas de los indios, los negros esclavos y los blancos españoles”, porque es un católico convencido de que: “El clero puede salvarnos y nadie puede salvarnos sino el clero”. La iglesia católica es un instrumento fundamental “para suavizar las tensiones entre las clases sociales”.[47]

En la sociedad colombiana de Arboleda, que está constituida por cuatro “capas o clases”, la “aristocracia nobiliaria”, es la única que posee “los recursos físicos, morales e intelectuales” para gobernarla: En primera línea, hallamos la aristocracia nobiliaria, formada de españoles y blancos criollos, mezclados en parte con la nobleza indígena. Esta clase la menos numerosa es la sola que cuenta con los recursos morales, físicos e intelectuales necesarios para dar a la sociedad tono y dirección, y, por supuesto, la única responsable de la suerte del país. Viene inmediatamente después la que podemos llamar clase media, a la que pertenecen los blancos no nobles, los mestizos, los indígenas que se han elevado de su situación ordinaria a más alto puesto en la sociedad, y, en fin, los mulatos y negros libres. Constituyen la tercera clase los negros esclavos, y la última y más numerosa los indígenas tributarios. Como vínculo entre todas figura el clero secular y regular que, aunque pertenece en su mayor parte a la raza blanca, está fuertemente matizado de las otras dos, y es por todas acatado, reverenciado y atendido[48].


Para cerrar este periplo histórico del cuadro Apoteosis de Popayán, nos falta observar que su composición culmina (en el lado derecho) con la figura del maestro Guillermo Valencia (de pie y cubierto con la tradicional capa española negra), sobre un pedestal (sobre el que firma el maestro Martínez) y al lado de una columna clásica, como símbolo de perennidad. El poeta Valencia fue el origen o la fuente de inspiración del cuadro del maestro Martínez, con su Canto a Popayán y es el personaje o “estatua viva” que  mira, desde una posición privilegiada, todo el desfile apoteósico de Popayán, que nos ha permitido introducirnos en el palimpsesto del árbol genealógico de nuestras identidades culturales ancestrales.

El discurso narrado y representado en la Apoteosis de Popayán, con metáforas y alegorías pictográficas, está inscrito en la teleología o metafísica de la historia de Salvación, en la que fueron incluidos los pobladores y la Naturaleza del “Nuevo Mundo”, desde el 12 de octubre de 1492. Es una mirada señorial del pasado con intencionalidades apologéticas de lo hispánico, como realidad cultural que dominó a las culturas aborígenes americanas y africanas, sometidas a servidumbre y esclavitud, en tiempos coloniales; actitud que no desapareció con el triunfo de los linajes “criollos” en las batallas de la Independencia, sino que se transformó en el “legado cultural nacional” construido por los vencedores y fundadores de la nueva República de Colombia, en el siglo XIX, que eran, precisamente, los descendientes de los capitanes que conquistaron los territorios americanos.  

La “supervivencia” de contenidos culturales hispánicos coloniales en la Apoteosis de Popayán está narrada en una secuencia de imágenes estáticas, en un tiempo momificado, como si se tratara de una imagen fotográfica de la historia o de una secuencia de modelos que han posado para el pintor, en su estudio o taller. Los personajes históricos son “imágenes supervivientes” o “fantasmagorías” quietas, con gestos culturales inánimes, congelados en un presente pictográfico.

El desfile de personajes históricos no está dentro de la atmósfera y el paisaje representados en el cuadro; ellos están en un primer plano, posando sobre un escenario que tiene una representación de la naturaleza como un telón de fondo. Por eso, el aire está quieto, no hay viento, como se aprecia en los trajes de los “criollos”, sin movimiento, sin pliegues ni contra-pliegues horizontales o diagonales; sus vestidos tienen pliegues verticales propiciados por la ley de la gravedad, que acentúan la verticalidad de sus cuerpos engalanados, que tienen el encanto y la presunción de inmortalidad de las efigies de un museo de cera. Finalmente, el pintor Martínez y el poeta Valencia se identificaron en su mirada histórica, que congela el pasado en el presente, para enaltecer el ancestral legado cultural hispánico, de “la muy ilustre y leal ciudad de Popayán”; algo que conlleva dar la espalda (como lo hace Valencia en el cuadro) al conflicto social moderno del presente en el que vivieron (para no hablar del futuro); es un vanidoso trompe l’oeil que embalsama el cuerpo momificado de la historia. Para ellos, las ruinas del ayer, el trágico y doloroso pasado existe como una falacia artística, creada por el lado oscuro de sus mentes, como una añoranza, ante la nostalgia del poder aristocrático que tuvieron sus antepasados.  

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Rincón, Carlos, “El Libertador, la Antropófaga, la Inmaculada”, Catálogo de la exposición Confrontaciones 2010. Pasados y presentes del mito fundacional colombiano, Bogotá, Museo Colonial, 2010, págs. 13-38.
Valencia, Guillermo, Obras poéticas completas. Madrid, Aguilar S. A., 1952.
Vergara, Carlos, Guía turística Popayán. Síntesis histórica, Popayán, Talleres Editoriales del Departamento, 1949.
Warburg, Aby, El renacimiento del paganismo. Aportaciones a la historia cultural del Renacimiento europeo, Madrid, Alianza editorial, 2005.
Warburg, Aby, Atlas Mnemosyne, Madrid, Akal, 2010.





[1] Héctor Llanos, El laberinto del eterno retorno, Bogotá, Editorial Gente Nueva, 2011. El texto de este ensayo lo escribí a partir de una conferencia que presenté en el Paraninfo de la Universidad del Cauca sobre el cuadro Apoteosis de Popayán, aprovechando la amable  invitación que me hizo el profesor Tulio Rojas para participar en su curso sobre el suroccidente colombiano, en el año 2011.
[2] José Burucúa, Historia, arte, cultura. De Aby Warburg a Carlo Ginzburg, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2002.
[3] Georges Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, Madrid, Abada Editores, 2009.
[4] Aby Warburg, Atlas Mnemosyne, Madrid, Akal, 2010; Georges Didi-Huberman, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg,  Madrid, Abada editores, 2002.
[5]Aby Warburg, El renacimiento del paganismo. Aportaciones a la historia cultural del Renacimiento europeo, Madrid, Alianza editorial, 2005.
[6] Héctor Llanos, ob. cit.
[7] Héctor Llanos, En el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo. Adoctrinamiento de indígenas y religiosidades populares en el Nuevo Reino de Granada (siglos XVI-XVIII), Bogotá, Unibiblos, 2007; y El árbol genealógico de nuestras identidades culturales, Bogotá, Grafiweb Impresores & Publicistas, 2010.
[8] El pintor Efraín Martínez nació en Popayán en 1898 y murió en la misma ciudad en el año 1956.  Recibió su primera educación artística en dicha población, de parte del maestro Coriolano Leudo, que luego continuó en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, bajo la dirección de los artistas, Cano, Zerda, Pizano y Leudo. En 1924 obtuvo una beca para adelantar estudios con el maestro Álvarez Sotomayor, en la ciudad de Madrid. En 1930 viajó a Francia y después de recorrer otros países, como Bélgica e Italia, regresó a Colombia. Entre 1933 y 1938 fundó y dirigió la Escuela de Bellas Artes de Cali y entre 1950 y 1953 también fue director de la escuela de Bellas Artes de Bogotá. El maestro Martínez realizó una abundante obra pictográfica, con diversidad de temas literarios y simbólicos, entre los cuales sobresale su monumental obra Apoteosis de Popayán, que le valió el reconocimiento oficial, con el otorgamiento de la condecoración de la Cruz de Boyacá: Carmen Ortega, Diccionario de Artistas en Colombia, Bogotá, Tercer Mundo, 1965.
[9] Es interesante señalar que en el Paraninfo de la Universidad del Cauca también existen tres grandes lienzos alegóricos pintados por Andrés de Santa María (1860-1945), colocados sobre la pared opuesta a la de la Apoteosis de Popayán. Metafóricamente, mientras la obra de Martínez (1898-1956) se destaca en el espacio principal del salón, donde se ubican las  autoridades académicas en los actos ceremoniales, los tres cuadros de Santa María están en el muro opuesto (menos iluminado), al que le da la espalda el público asistente. Andrés de Santa María, con su estilo “expresionista-impresionista”, también de influencia europea, es considerado, en la historia del arte en Colombia, como el pionero del “arte moderno”. Paradójicamente, se podría decir que tanto la obra de Santa María como la Apoteosis de Popayán de Martínez (vista como la antinomia académica decimonónica), hacen parte de la misma modernidad: ver, Quinche, Víctor, “La crítica de arte en Colombia: los primeros años”, Revista Historia Crítica, Bogotá, Universidad de los Andes, N° 32, julio-diciembre, 2006, págs. 274-301.
[10] O’Gorman, Edmundo, La invención de América, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
[11] Barona, Guido, Legitimidad y sujeción: Los paradigmas de la “Invención” de América, Santafé de Bogotá, Colcultura, 1993.
[12] Llanos, Héctor, ob. cit., 2010, pág. 18-29.
[13] Ibíd., pág. 25.
[14] Ibíd.
[15] Julio Arboleda, Gonzalo de Oyón, Popayán, 1942.
[16] Rincón, Carlos, “El Libertador, la Antropófaga, la Inmaculada”, Catálogo de la exposición Confrontaciones 2010. Pasados y presentes del mito fundacional colombiano, Bogotá, Museo Colonial, 2010, págs. 13-38.
[17] Vergara, Carlos, Guía turística Popayán. Síntesis histórica, Popayán, Talleres Editoriales del Departamento, 1949.[18] Cubillos, Julio César, “El morro de Tulcán (Pirámide prehispánica). Arqueología de Popayán, Cauca, Colombia. Revista Colombiana de Antropología, Bogotá, Instituto Colombiano de Antropología, vol. VIII, núm. 1, 1959, págs. 216-257.
[19] Arboleda, José María, Guía de la ciudad de Popayán (historia turística), Popayán, 1962.
[20] Llanos, Héctor, ob. cit., 2010, pág. 20.
 [21] Lehmann, Henri, “Arqueología del suroeste colombiano”. Extrait Journal de la Societè des Americanistes Nouvelle Série, t. XLII, París, 1953.
[22] Llanos, Héctor, Los cacicazgos de Popayán a la llegada de los conquistadores, Bogotá, Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de la República, 1981.
 [23] Llanos, Héctor, ob. cit., 2010, págs. 32-38.
 [24] Ibíd., pág. 33.
[25] Ibíd., pág. 36.
[26] Ibíd., pág. 37.
[27] Ibíd., págs. 39-40.
[28] Ibíd. págs. 42-54.
[29] Ibíd., pág. 45.
[30] Llanos, Héctor, “Surgimiento, permanencia y transformaciones históricas de la élite criolla de Popayán (siglos XVI-XIX)”, Revista Historia y Espacio, Cali, Departamento de Historia, Universidad del Valle,  vol. 1, núm. 3, julio-septiembre, 1979, págs. 17-104.
 [31] Llanos, Héctor, ob. cit., 2010, pág. 75.
[32] Llanos, Héctor, ob. cit., 2007, pág. 17-20.
[33] Ibíd., pág. 18.
[34] Ibíd., págs. 76-84.
[35] Ibíd. Pág. 57.
[36] Llanos, Héctor y Pineda, Roberto, Etnohistoria del Gran Caquetá (siglos XVI-XIX), Bogotá, Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, Banco de La República, 1982; Llanos, Héctor, ob. cit., 2007, pág. 158-167.
[37] Llanos, Héctor, ob. cit., 2007, pág. 97.
 [38] Otero, Gustavo, Semblanzas colombianas, Biblioteca de Historia Nacional, vol. LV, Bogotá, Editorial A B C, 1938, pág. 153.
[39] Llanos, Héctor, ob. cit., 2010, pág. 97.
 [40] Ibíd., págs. 100-101.
[41] Ibíd., págs. 102-123.
[42] Ibíd.
[43] Restrepo, José Félix, Obras completas, Medellín, Ediciones Académicas Rafael Montoya y Montoya, 1961.
 [44] Ibíd., págs. 240-263.
[45] Ibíd., pág. 241.
[46] Ibíd., pág. 243.
[47] Ibíd., pág. 263.
[48] Ibíd., pág. 244.