miércoles, 23 de junio de 2021

¿Para qué se investiga el pasado arqueológico?

 


Escultura de un chamán con atributos de murciélago, San Agustín (Archivo fotográfico Héctor Llanos)

El dominio mundial de la economía neoliberal, que impone sus reglas del juego de intereses y produce el monopolio de inmensos capitales, está interesado en patrocinar la investigación científica de última tecnología, en tanto sus resultados y aplicaciones son más rentables, en una sociedad de consumo. Se puede deducir que las ciencias sociales pasaron a un segundo lugar; son más importantes los avances tecnológicos de los especializados medios de comunicación, la Internet y las redes sociales, porque incrementan el crecimiento económico y el control político con la aplicación de algoritmos que permiten identificar y orientar los comportamientos y pensamientos de millones de seres humanos.

En la actualidad, asistir o participar en un congreso o simposio internacional en el que participan destacados arqueólogos causa una sensación de malestar científico, que se aprecia en las ponencias de los expositores; todos aportan nuevos datos, sin pretender ir más allá; o sea, es como si conocer el pasado prehistórico se redujera al registro de nuevos hallazgos de excavaciones, que son curiosidades en tanto no proponen o dicen mayor cosa en el presente, en el que vivimos. Los científicos se satisfacen con exponerlos, describirlos y clasificarlos, con el recurso de las maravillosas nuevas tecnologías de los computadores, de última generación.

A diferencia de lo que sucedía entre las décadas de los años sesenta y ochenta del siglo pasado, la investigación arqueológica, definitivamente, se encuentra en una etapa de conformismo con el facilismo de un empirismo especializado. Pareciera que los arqueólogos, a nivel global, se hubieran olvidado de los sentidos de realidad generados a partir del el siglo XIX, cuando se elaboraron diferentes teorías como el Evolucionismo, el Positivismo y el Particularismo Histórico, en los recién creados departamentos académicos e institutos dedicados a la investigación antropológica y arqueológica. Teorías que rebasaban el esteticismo y romanticismo de aristócratas interesados en incrementar sus valiosas colecciones artísticas y sus gabinetes de curiosidades científicas. En ese entonces, las primeras escuelas antropológicas y arqueológicas ayudaron a construir el imaginario de una sociedad moderna, heredera de la grandeza de las antiguas civilizaciones del Mediterráneo y el Próximo Oriente, que se diferenciaban de las sociedades llamadas primitivas o prehistóricas. La antropología y la arqueología como ciencias modernas desempeñaron un importante papel para consolidar el nuevo modelo imperial o neocolonial, de la era industrial, que renovaba y justificaba un sometimiento territorial y político de muchos pueblos americanos, africanos y asiáticos, identificados y clasificados como bárbaros o salvajes.

En las nuevas repúblicas hispanoamericanas, hacia finales del siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, se crearon instituciones científicas y museos oficiales que se encargaron de llevar a cabo proyectos antropológicos y arqueológicos para sustentar los discursos de una identidad nacional. Paradójicamente, las élites sociales y políticas, herederas de la tradición cultural colonial, establecieron el imaginario de una identidad cultural americana con la inclusión de las civilizaciones aborígenes que habían existido antes de la invasión europea. El pasado prehispánico fue reconocido y aislado como la etapa más antigua de la historia de cada república, aceptando de hecho su destrucción con la conquista española y el permanente adoctrinamiento religioso de los pueblos indígenas sobrevivientes, que fueron calificados de primitivos que necesitaban ser incorporados a la sociedad nacional, lo que desconocía sus propias tradiciones y costumbres ancestrales.

En Colombia, solamente hasta la aprobación de la nueva Constitución del año 1991, se aceptó que era una nación multicultural y pluriétnica, lo que significaba el reconocimiento de derechos jurídicos y políticos de pueblos de origen americano y africano, entre los principales. Como era de esperarse, esta transformación constitucional permitió tomar conciencia del carácter hegemónico o paternalista de las actividades antropológicas y arqueológicas, emergiendo una nueva posición teórica e ideológica que se ha identificado con el nombre de estudios poscoloniales. La aceptación de la autonomía de los grupos étnicos cuestionó el carácter universalizante de la investigación científica moderna, que fue criticada por su carácter colonialista en tanto había desconocido la participación directa de las comunidades que investigaba.

Pareciera que las posiciones poscoloniales invalidaron todos los proyectos que se habían realizado por los pioneros y las nueva generación de arqueólogos egresados en los años sesenta y setenta; pero, aceptar esta afirmación sería una ligereza política. En realidad, más allá de la validez de las críticas colonialistas, no se puede rechazar, de manera superficial, los alcances científicos de la investigación arqueológica realizada. Es bueno recordar que los cuestionamientos posmodernos fueron antecedidos en las décadas de los años sesentas y setentas, por los conflictos sociales y políticos internacionales de la llamada Guerra Fría entre el capitalismo y el comunismo, por la Revolución Cubana y los movimientos contraculturales de lo hipees, de las bandas de rock, la liberación femenina y por las protestas de  las poblaciones negras, en contra de las discriminaciones raciales; además, de la creatividad del nuevo cine realizada por grandes directores y de los paros y marchas  estudiantiles que rechazaron el carácter autoritario y la hipocresía moral de la sociedad tradicional, en Mayo del 68, en la ciudad de París y en otras universidades de muchos países. Además de las situaciones conflictivas de carácter político, social y económico, entre la lucha por una hegemonía imperial entre las potencias capitalistas y comunistas, en las universidades se debatieron las diferentes teorías antropológicas, desde posiciones de izquierda radicales  y se impulsaron denuncias ecologistas. En el caso de la arqueología se propusieron nuevos enfoques científicos que en el caso norteamericano se identificaron como Nueva Arqueología, en Suramérica como Arqueología Social y en el contexto internacional, como Arqueología Medioambiental.

En las últimas décadas, más allá de algunos debates o cuestionamientos promovidos por algunos colegas, no se ha realizado una reflexión crítica de la formación científica profesional. Pienso que no se han producido cambios en los contextos académicos universitarios; no se ha confrontado el mundo conceptual y metodológico de la investigación arqueológica que se continúa haciendo. Para los investigadores es difícil incorporar en sus discursos otras maneras culturales de interpretar lo que llamamos historia; que el tiempo y el espacio no solamente existen como categorías universales que podemos separar y medir para establecer cronologías, o como referentes de localización geográfica en una cartografía con sistemas de localización geográfica (GPS).

La propuesta de hacer una investigación incluyente ha coincidido con el dominio de la llamada Arqueología de Rescate o Preventiva, a la que se han visto convocados la mayoría de los arqueólogos. El carácter legal que obliga a las empresas constructoras de obras que impactan el medio ambiente natural, cultural y social, a mitigar su destrucción, ha generado una alta demanda de arqueólogos, que han visto como la mejor alternativa profesional hacer proyectos para dichas empresas, que están interesadas en el cumplimiento de la ley, pero no tienen entre sus propósitos u obligaciones establecer qué clase de investigación se está llevando a cabo. Las relaciones laborales obligan al rescate  de un patrimonio arqueológico, en unas condiciones contractuales de carácter privado o empresarial, en las que prima la eficacia de los trabajos proyectados. En principio se ha establecido que la supervisión científica y legal de estos proyectos corresponde, a nombre del Estado, al Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), organismo oficial que ha tenido un destacado desempeño en Colombia, desde su fundación en 1941, pero que por su carácter restringido se ha visto abocado a llevar la supervisión de una alta demanda de proyectos, que ha rebasado sus capacidades.

En décadas anteriores al auge de la Arqueología Preventiva, a partir de los noventas, el ICANH, en su primera etapa y luego, los departamentos de antropología fundados en varias universidades, a partir de la década de los años sesenta, han tenido la responsabilidad profesional de formar académicamente a las generaciones de antropólogos y arqueólogos e impulsar la realización de programas de investigación a largo plazo, con la participación, en algunas ocasiones, de museos nacionales e instituciones internacionales. Este desempeño histórico, más allá de las limitaciones presupuestales y de otro orden administrativo, se vio fortalecido gracias a la estabilidad profesional de los profesores investigadores con su equipo de estudiantes, y con el apoyo financiero de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales, creada por el Banco de la República, en 1970.

En países como Colombia, donde la investigación científica ha tenido un apoyo oficial de segundo orden, la irrupción de la Arqueología Preventiva incremento considerablemente el campo de acción profesional, que rebasó, en gran proporción, las actividades científicas tradicionales; la sociedad moderna, al estar sometida a la ley económica de la oferta y la demanda, ha controlado tanto la economía de mercado como todos los ejercicios profesionales.

San Agustín: una cultura que ha perdurado hasta el presente

Un buen referente para comprender los alcances de las transformaciones propuestas es la región arqueológica del Alto Magdalena, antiguo asentamiento de la llamada cultura de San Agustín, famosa internacionalmente por sus construcciones megalíticas. Los misterios de estas ruinas habían llamado la atención, desde mediados del siglo XIX, cuando viajeros científicos visitaron el territorio, motivados por descubrir e interpretar su arte escultórico.

La zona de San Agustín ha tenido el privilegio de haber sido investigada, de manera continua, por científicos nacionales y extranjeros a lo largo del siglo XX, hasta el presente. Esto ha significado la aplicación de diferentes escuelas teóricas y procedimientos metodológicos, que incluyen enfoques evolucionistas, difusionistas, el llamado Particularismo Histórico y en tiempos más recientes, la aplicación de una propuesta neoevolucionista social norteamericana y la experiencia que hemos tenido con el Programa de Investigaciones Arqueológicas del Alto Magdalena (PIAAM) adelantado en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, durante las décadas de los años ochenta y noventa, como lo hemos consignado en varias publicaciones y sobre todo, en el libro “Los chamanes jaguares de San Agustín, génesis de un pensamiento mitopoético” (1995).


Héctor Llanos V., “Los chamanes jaguares de San Agustín, génesis de un pensamiento mitopoético” (1995)

El PIAAM  se elaboró a partir de un balance crítico de la investigación arqueológica, como un saber poder científico que ha impuesto modelos interpretativos occidentales. En el PIAAM se desarrolló una arqueología regional, desde una concepción y percepción del territorio cultural como una realidad que no separa los asentamientos de la vida cotidiana de los espacios simbólicos y rituales, contenidos en las construcciones monumentales funerarias y la estatuaria. Para poder aproximarnos a una interpretación del pasado de la cultura de San Agustín ha sido determinante el estudio y comprensión de los pensamientos de pueblos indígenas vivos, al no aceptar la validez interpretativa de presupuestos hipotéticos difusionistas o evolucionistas, aplicados por otros investigadores. Esto ha sido trascendental; en lugar de ser cómplices con teorías universalizantes y por lo tanto hegemónicas de la arqueología como ciencia moderna, buscamos una alternativa en las cosmovisiones de pueblos aborígenes, en sus  maneras de concebir y explicar la realidad y sus transformaciones culturales. Ha sido importante identificar que el proceso histórico prehispánico del Alto Magdalena ha estado vinculado directamente al curso alto del río Caquetá, que hace parte de la Alta Amazonia.

De esta manera terminamos construyendo una propuesta en la que aceptábamos que son los pueblos indígenas vivos los que nos pueden permitir una aproximación al conocimiento del pasado aborigen, puesto que ellos hacen parte de la misma tradición iniciada y desarrollada en tiempos prehispánicos por culturas como la de San Agustín. Se pudo constatar que el río Magdalena, los centros funerarios megalíticos y los seres de piedra estaban inscritos en una dimensión cósmica al tener una orientación solar que corresponde con  los días de solsticio y equinoccio; o sea, a constatar la existencia de un calendario que reguló los períodos de sequía (verano), incremento de lluvias (invierno), los períodos de siembra y cosecha agrícolas, las temporadas de caza y recolección de frutos, vinculados a rituales mágicos.


Calendario solar de La Chaquira, San Agustín (Archivo fotográfico Héctor Llanos V.)

Una de los mayores retos se configuró al estudiar las esculturas talladas en rocas volcánicas. Los arqueólogos tradicionalmente han aceptado que se trata de la representación de deidades solares y lunares asociadas a las lluvias y a la fertilidad de los suelos, que han identificado por comparaciones con dioses de Mesoamérica y los Andes Centrales, en las que subyace un difusionismo que supone hipotéticas migraciones culturales. Al aceptar las cosmovisiones indígenas entendimos que se trataba de un complejo lenguaje simbólico contenido en las estatuas. Para evitar fragmentar estas narraciones comprendimos que era necesario estudiar de manera holista los seres de piedra, con sus atributos simbólicos, lo que nos llevó a establecer una comparación sistemática con pensamientos mágicos y sus respectivos rituales, de pueblos indígenas actuales. Al hacerlo identificamos que había una correspondencia narrativa o dialógica entre ellos. Fue muy valioso observar que en cada templete funerario estaba presente una escultura principal (masculina o femenina), con atributos de poder que estaba directamente vinculada al personaje que había sido enterrado en la tumba megalítica de cada montículo. Este ser de piedra correspondió con los elementos constitutivos de los chamanes o sabedores de pueblos amazónicos, asociados a seres primigenios, que son los protagonistas de los relatos míticos.

Templete de montículo funerario de chamán custodiado por dos guardias, Parque Arqueológico de San Agustín (Archivo fotográfico Héctor Llanos V.)



Sabedor o chamán del río Caquetá, Amazonia colombiana (Archivo fotográfico de Fernando Urbina R.)

Los procedimientos anteriores le dieron vida a los pensamientos mágicos petrificados en las esculturas de San Agustín. Abrir esta dimensión cósmica nos llevó a reflexionar en lo que podía significar la vida y muerte en el Alto Magdalena, de acuerdo con su gran diversidad de tumbas; a entender la importancia de las personas de mayor rango de los túmulos funerarios, que de acuerdo con los chamanes tuvieron la responsabilidad de mantener las comunidades que dirigieron, curando sus enfermedades y propiciando buenas cosechas y temporadas de caza; de hacer rituales para bailar y consumir plantas sagradas como la coca, el ambil y el yagé, para entrar en contacto con los seres creadores como la Boa madre y con los animales, que actúan como la gente; de transformarse en seres con energías poderosas, como el jaguar, el águila y el murciélago, para defender sus clanes de los ataques de enemigos.


Chamán jaguar de San Agustín (Archivo fotográfico Héctor Llanos V.)

Después de varios años de haber experimentado la propuesta antes expuesta hemos llegado a la conclusión de que aceptar los pensamientos cósmicos de pueblos indígenas vivos es la alternativa más apropiada que tenemos para llevar a cabo una investigación arqueológica más cercana a la realidad cultural de origen americano. Ha sido un primer paso, en un camino complejo y difícil de recorrer, que ha significado empezar a confrontar el mundo conceptual de la arqueología, que como ciencia occidental moderna se fundamenta en conceptos universalizantes y hegemónicos, que desconocen la existencia de otras maneras de percibir y concebir el Universo, la Naturaleza con los ciclos vitales de su flora y fauna en interacción con los grupos humanos. Hoy en día, vuelven a dominar los registros empíricos especializados que aíslan el pasado al no crear en el presente sentidos de realidad social y cultural. Por eso, es más atractivo aceptar que el proceso histórico prehispánico de culturas como San Agustín no se puede reducir a ruinas monumentales de misteriosas realidades muertas; sino, que a manera de un palimpsesto ha perdurado en pueblos indígenas que lograron mantenerse adscritos a sus antiguas tradiciones.

El conocimiento de este legado milenario nos enseña cómo convivir con las  poderosas  energías que determinan el clima  y a relacionarnos con las plantas y animales que viven en los nichos ecológicos de los  bosques andinos y amazónicos, como seres inteligentes y de los cuales depende la vida en la Tierra, en tiempos difíciles, donde la economía moderna está generando desequilibrios climáticos, contaminando el agua de los ríos, destruyendo la fertilidad  de los suelos y eliminando las especies animales y vegetales. No podemos olvidarnos de que las sociedades contemporáneas, por más avances científicos y tecnológicos que han creado, todavía dependen de las fuerzas siderales y del frágil equilibrio de los ciclos vitales de la Naturaleza.[i]



[i] El Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) ha editado y publicado el video “Los chamanes de piedra de San Agustín y el mundo amazónico” (2021), anexo en este blog.