lunes, 15 de enero de 2018

Sin título

Ever Astudillo, Sin título, 1978


Orígenes

En el principio no había nada, todo estaba vacío y oscuro; sólo existía el verbo creador del día con el sol y la noche con la luna,  del cielo con las estrellas y las aves, y de la tierra seca que separó de los mares para que crecieran plantas verdes y animales para sustento de su obra máxima, el primer hombre y la primera mujer, hechos a su imagen y semejanza, al darles un espíritu inmortal.

En un principio, los primeros homo sapiens empezaron a diferenciarse de otros homínidos porque pudieron comunicarse entre ellos con sonidos articulados, que iban más allá de las onomatopeyas y gestos corporales necesarios para la supervivencia. Su capacidad cerebral les permitió desarrollar lenguas para comunicar sus emociones, ideas y pensamientos lógicos, mágicos y fantásticos. Los primeros seres humanos no crearon solamente discursos necesarios para conseguir los alimentos, sino, también, para dar respuestas a interrogantes generados por sus mentes, sobre el origen de la vida y la muerte, de los astros del firmamento, del día y la noche, de los cambios climáticos, del comportamiento cíclico de animales y vegetales. Al hablar, los seres humanos adquirieron identidades culturales que transmitirían de generación en generación, dando origen a la etapa inicial de la historia de la humanidad.

En las lenguas primigenias, las palabras discursivas estaban integradas a las expresiones corporales, a los gestos de las manos y del rostro y al cuerpo que danza, en tanto el pensamiento lo habita con sus emociones. El baile y los cantos nacieron en los espacios rituales donde brota la palabra mítica, que fluye en un eterno presente; los sonidos de las palabras eran imágenes vivas. Una pintura de un animal en las paredes de una caverna, unos grabados sobre una piedra, un hueso, un trozo de madera o una roca tallada no eran representaciones de un discurso abstracto, sino esencias que adquirían una corporeidad. Las formas mágicas le hablaban al individuo que las observaba; eran seres o presencias espirituales. Algunas culturas fueron más allá al transformar estas figuraciones en jeroglifos o símbolos que como sonidos se integraban de diversas maneras, formando una escritura hermética que se podían leer como un discurso oral. Los relatos míticos cuando fueron escritos con glifos se transformaron en textos hieráticos, en signos que por su origen divino adquirieron un carácter absoluto.

En la época arcaica de Grecia, la poesía, la danza y la música eran  rituales; el aedo declamaba relatos de dioses y héroes míticos, y los danzantes, con todo el potencial de movimientos o gestos expresivos de sus cuerpos, se desplazaban en un espacio-tiempo creado por sonidos musicales. La invención del alfabeto con vocales y consonantes, a partir de la escritura fenicia, significó una gran ruptura en la manera de pensar y actuar de los grupos humanos. Los glifos perdieron su esencia mágica al reducirse a un conjunto de signos abstractos fijos o alfabeto, con valores fonéticos predeterminados, que podían articularse entre si conformando palabras con un potencial polisémico. Las palabras y las cosas fueron separadas por los escribas; el ser humano se inventó un lenguaje eficaz que lo aisló del mundo en que habitaba. El lenguaje pasó a ser producto autónomo de la mente, creadora de significantes que se enlazan de diferentes modos como significados que representan o dan sentido a las cosas y los hechos que constituyen la realidad. La escritura alfabética adquirió una objetividad necesaria para las reflexiones o especulaciones filosóficas; de esta manera se apropió del poder de los discursos mágicos que fueron descalificados por la razón como lenguas imperfectas o creaciones fantásticas, por no definir la realidad con ideas o conceptos. La sabiduría mítica no desapareció pero perdió su fuerza hegemónica, al ser reemplazada por el soliloquio de un pensador que se mira en un espejo, en el que proyecta sus pensamientos que pueden interpretar todo lo existente.

Los arquitectos y artistas clásicos crearon obras armónicas a partir de ideales de belleza, de una proporción áurea (geométrica y matemática). Los sonidos musicales adquirieron una escritura propia constituida por signos con tonos acústicos específicos inscritos en una escala musical matemática y simbólica. En la Grecia clásica, los danzantes y poetas de los tiempos míticos fueron relevados por los actores que representaban un papel en el drama trágico de la condición humana.  

Prohibido prohibir


Los movimientos estudiantiles iniciados en la primavera parisina de 1968 confrontaron los discursos de una sociedad tradicional que se había envejecido y no lo aceptaba. Los jóvenes de ese entonces se rebelaron contra los valores morales y filosóficos de sus padres y abuelos que generaron los horrores y la destrucción de dos guerras mundiales, en las que se bombardearon ciudades y murieron millones de personas. Además de las confrontaciones políticas inevitables, la juventud propuso una ruptura con una tradición cultural decadente, que justificaba los sometimientos coloniales y ni siquiera respetaba las libertades individuales. Las falacias de los discursos hegemónicos fueron denunciadas públicamente con el recurso ingenioso de un lenguaje polisémico que permitía decir lo no dicho, como se aprecia en la frase emblemática: prohibido prohibir. El lenguaje adquirió de nuevo el poder creativo que juega con los significados de las palabras, que al mismo tiempo que regulan los comportamientos de los individuos, les ofrecen la alternativa de expresar sus sentimientos y deseos.

Los artistas modernos han pensado que se pueden liberar de los determinantes lingüísticos exhibiendo obras que han identificado con la frase sin título. Esta actuación no los ha liberado de la capacidad esencial de nominar las cosas: sin título es un nombre indeterminado, es un referente que llama la atención sobre una obra particular y por lo tanto crea un sentido de realidad específico. Lo que interesa en estos casos es la intencionalidad que tiene el artista. En primer lugar, desea liberarse de esa capacidad de apropiación, de identificación, que implica bautizar o ponerle un nombre literario a una de sus creaciones; en segundo lugar, esta aparente negación del nombre resalta la importancia que tiene el lenguaje oral y escrito, al llamar la atención que lo más importante para el creador es el lenguaje plástico de la obra, conformada por significantes no gramaticales y por lo tanto con significados no preestablecidos en un diccionario. En este sentido la obra manifiesta un deseo de independencia del artista, de liberarse de las ataduras de las palabras escritas.

En realidad, sin título, al colocárselo como identificación de este texto tiene como sentido resaltar la importancia que tienen ciertos lenguajes, en los que el autor de los mismos, aunque recurra a las palabras, tiene conciencia de lo que implica utilizarlas. En la antigüedad primitiva las imágenes tenían vida espiritual propia, lo que les permitía interactuar con los seres humanos. A lo largo de la historia, las imágenes como creaciones subjetivas terminaron subordinadas en su finalidad a comunicar los pensamientos o discursos alfabéticos, con el recurso de lenguajes plásticos figurativos. Las artes plásticas fueron fragmentadas de manera análoga a los discursos alfabéticos, en aspectos formales (significantes) que tienen unos significados que tienen un papel cultural al generar sentidos de realidad. Por eso, cuando en la modernidad surge el historiador del arte, éste se ha dedicado a conocer aspectos formales (signos iconográficos) y sus significados narrativos (iconológicos). Las imágenes con toda su capacidad creativa terminaron representando textos; sin éstos, aunque pueden ser percibidas no tienen mayor sentido, al no poder ser leídas o interpretadas.

Los artistas modernos, a partir del siglo XIX se rebelaron contra esta subordinación al atreverse a pintar realidades naturales de manera directa con sus ojos (al aire libre); o también, de manera más radical, emocional y subjetiva, desfiguraron lo que sus ojos percibían, creando un arte abstracto y expresionista, en el que no les importaba narrar una realidad, sino expresar libremente sus emociones y sensibilidades. Al mismo tiempo se produjo la invención de la fotografía y el cine en la modernidad que aunque ha permitido la reproducción tecnológica de las imágenes (fijas o con movimiento), como representación directa de la realidad, también ha permitido al fotógrafo o cineasta, como a los artistas plásticos, liberarse del carácter reproductor de la realidad natural y cultural, para crear realidades virtuales.

El arte del cine ha sido llamado cinematografía, o sea un arte en el que a una secuencia de fotografías (imágenes estáticas) se les da un movimiento continuo, de  acuerdo con un guion predeterminado, con la intención de producir un efecto de realidad en las personas que miran su proyección en una sala de cine. Cuando aparecen las primeras películas, los espectadores las percibieron como una realidad mágica (virtual), porque en ese entonces el cine era mudo, no contenía diálogos ni bandas sonoras. Para producir un efecto realista, los cineastas acompañaron la proyección de la secuencia de imágenes, con piezas musicales interpretadas simultáneamente por un músico y con ciertos cuadros intercalados, en los que se contaba, de manera fragmentada (textos cortos), la historia que interpretaban los actores filmados.

La dependencia del mundo moderno de los textos narrativos aunque se ha minimizado, aún sigue vigente. Es paradójico que después de los cambios radicales establecidos por los movimientos artísticos durante el siglo XX, los artistas de las últimas generaciones se hayan predispuesto a favor del arte conceptual, en el que, como su mismo nombre lo dice, las creaciones visuales se subordinan a un concepto o idea, aunque sea expresado de manera sutil. Volver a los conceptos se puede interpretar de diversas maneras; lo cierto es que los artistas no están tomando las posiciones de los teóricos tradicionales. Se puede pensar, al mirar las obras de arte conceptual, que es una posición de rechazo, que sobrevive desde cuando fue propuesta a inicios del siglo XX, ante la abrumadora relativización de las artes plásticas, que por sus radicalismos ha llegado ha extremos en los que no hay nada nuevo en una sociedad que lo consume todo, bajo la falacia de lo nuevo. También es posible pensar que se trata de una crisis agudizada por los acelerados cambios tecnológicos que marcan el inicio de una nueva era, lo que de hecho ha significado el derrumbe de valores tradicionales, que llevan a redefinir el importante papel de las imágenes y los lenguajes escritos.

Epílogo


Aunque hoy en día se ha confirmado el dicho que pregona que una imagen vale mucho más que mil palabras, las imágenes fijas o en movimiento necesitan del texto oral o escrito, en mínima proporción. En realidad el mundo moderno se está alejando de los discursos filosóficos (sagrados y profanos) que durante siglos tuvieron un papel dominante. Las revoluciones digitales contemporáneas, en las que dominan las imágenes visuales y sonoras, han cuestionado el papel hegemónico de los lenguajes escritos, lo que significa que las personas sin ser muy conscientes de ello, han preferido comunicarse con medios audiovisuales, que satisfacen sus necesidades emocionales, aunque esto signifique ejercitar muy poco sus capacidades reflexivas o filosóficas. Como lo dice el sentido común: Pensar mucho hace daño.