lunes, 22 de mayo de 2017

UNA ANOMALÍA DE LA EVOLUCIÓN NATURAL





Ruinas de Machu Pichu (foto de Héctor Llanos V.)



A
Felipe Borràs, Carlos Forero y Oscar Romero



Presentación

A mediados del siglo XIX, Charles Darwin (1809-1882) demostró que la vida en la tierra era el resultado de una evolución, de una lucha por la supervivencia de todas las especies animales, entre las que incluía la humana. Del tronco evolutivo de los primates superiores se desprendió la rama de los homínidos que culminó con el homo sapiens.

No es exagerado proponer que la historia de la humanidad se puede dividir en un antes y un después de la publicación de la obra El Origen de las especies, en 1859. La teoría de la evolución confrontó las propuestas filosóficas y religiosas que habían tenido el poder hegemónico de explicar el origen del universo y las transformaciones de la vida en la tierra. Descubrir que los homo sapiens hacen parte de la evolución iniciada con células simples, hace millones de años, es uno de los grandes seísmos de la humanidad.

La teoría de la evolución ha generado una gran paradoja, en tanto puede significar que ya no habrá más evolución natural. En principio, todos los seres vivos están abocados a luchar para sobrevivir, como lo habían hecho durante millones de años, pero, la aparición de la especie humana fue una anomalía, al generar un homínido con una capacidad cerebral que le ha permitido liberarse de las leyes de la adaptación natural que le dieron origen. Las sociedades prehistóricas, aunque inmersas en la naturaleza, fueron conociéndola poco a poco. Estos homo sapiens elaboraron las primeras cosmovisiones o pensamientos complejos con los que explicaron el mundo en el que habitaban. Al hacerlo, dieron un gran paso en su proceso de autonomía cultural, al descubrir que tenían la capacidad de interactuar con las fuerzas que gestan y anulan la vida.

En un proceso histórico de miles de años, las sociedades humanas lograron producir una ciencia moderna con un potencial tecnológico que se puede calificar como la mayor confrontación de las leyes evolutivas. Hoy en día, los científicos han comprobado que tienen conocimientos suficientes para interferir en los procesos vitales; que pueden logran una reproducción asexuada o clonación y manipular las células que determinan la herencia genética; procesos asombrosos o mutaciones que eran propios de la evolución natural o el resultado de un acto de creación divina. Lo mismo se puede decir del descubrimiento y control de los elementos que constituyen la materia-energía, las moléculas y los átomos, con efectos asombrosos como la energía atómica y las revolucionarias innovaciones de la nanotecnología. Claro está que estos grandes descubrimientos, que pueden transformar la evolución de la vida, no significan todavía que los seres humanos controlen las poderosas fuerzas telúricas, como los movimientos de la corteza terrestre asociados a erupciones volcánicas, ni tampoco a los cambios climáticos, que producen cataclismos.

De la ciencia moderna depende la evolución de la vida, si es que se puede seguir usando este concepto como lo definió Darwin. Se ha demostrado que esta evolución científica puede ser más radical que la lenta evolución natural. La supervivencia de millones de seres humanos está determinada por los descubrimientos científicos y las innovaciones que producen sus aplicaciones tecnológicas, fundamentadas en sistemas computarizados y medios de comunicación satelitales. La ciencia ha producido la llamada inteligencia artificial que interviene en todas las conductas cotidianas. Ahora se habla de una nueva era científica, la robótica, que se impulsa por ser más rentable para la economía mundial, al ser máquinas eficientes y precisas (sin componentes emocionales), que no constituyen un sistema laboral, con deberes y derechos sociales.

Las personas se ven abocadas a vivir en edificios o en ciudades inteligentes; a utilizar medios de comunicación digitales, a destruir recursos naturales  y a consumir otros que son contaminantes; a comer alimentos transgénicos y a comprar mercancías fabricadas con materiales químicos que producen efectos negativos en su frágil organismo. De las innovaciones científicas depende la economía mundial y por lo tanto el poder político, que de manera globalizada establecen las leyes de la supervivencia, tanto de la flora y la fauna como de los seres humanos.

La consciencia y las pulsiones humanas

En todos los animales existen los instintos que han intervenido en la lucha por sobrevivir y por lo tanto en los procesos de transformación evolutiva. Con la aparición de la especie homo sapiens también se produjo una anomalía emocional; en los seres humanos, las fuerzas instintivas, que generan la reproducción y causan la muerte, se convirtieron en pulsiones que actúan en todo su cuerpo como una compleja realidad psíquica.

En la lucha por la supervivencia de los seres humanos aflora la búsqueda del placer que está ligada a una pulsión destructora, a una competitividad que se manifiesta como envidias o celos, que producen inseguridad, temor y angustia. Paradójicamente, el erotismo y la pulsión de muerte están asociados al acto de poseer, dominar o al menos de controlar al otro. Los animales matan para poder sobrevivir; en los seres humanos el instinto de matar se transformó en una pulsión permanente y difícil de controlar, que ayuda a explicar su faceta destructiva, no solamente de la naturaleza, sino, también, de sus congéneres, llegando al extremo devastador de las guerras, como una constante histórica de la civilización. Las pulsiones, que llevan a las pasiones, por ser estados emocionales latentes y difíciles de controlar, necesitan ser reguladas por la cultura, generándose un malestar en los individuos, como lo planteó Sigmund Freud (1856-1939). Las pulsiones por ser polimorfas, también producen estados emocionales subliminales, que en lugar de destruir, construyen obras humanitarias, creaciones intelectuales y artísticas.

Los primeros homo sapiens se diferenciaron de los animales por tomar consciencia de la muerte, por comprender que la vida es efímera, que todo lo que nace muere. Esta comprensión  espacial-temporal del ciclo vital produjo muchas preguntas sobre el origen de la vida y las causas de la muerte, que dieron origen a los primeros pensamientos mágicos en los cuales las personas y los animales interactuaban de acuerdo con sus atributos naturales, indispensables para la supervivencia. En estas cosmovisiones míticas, la vida y la muerte dependían de los espíritus de la naturaleza; comunicarse con ellos significaba establecer vínculos familiares ancestrales originados en los padres creadores de todo lo existente. Morir no implicaba dejar de ser, sino seguir existiendo en el espacio-tiempo de los espíritus que se comunicaban con los chamanes cuando alteraban su conciencia con el consumo de plantas sagradas, en espacios rituales.

En la antigua Grecia la pulsión de muerte estaba vinculada a Cronos, el Tiempo (hijo de Saturno y Rea), el  rey implacable que devoraba a sus hijos al nacer y quien, después de ser derrocado por su hijo Zeus, fue encerrado en el Tártaro, el mundo donde residen eternamente los muertos. La eternidad era el espacio-tiempo de los dioses y los muertos, a diferencia del espacio-tiempo de los mortales que fue creado por Mnemosina, la Memoria (hermana de Cronos) y madre de las Musas engendradas con Zeus, entre las cuales estaba Clío (la Historia) que cantaba los relatos heroicos, para que no fueran olvidados por los humanos.

Recordar el pasado es una necesidad humana que contrarresta las pulsiones de muerte. La historia siempre ha existido como memoria en la mente (consciente e inconsciente) de todos los seres humanos, ya sea como tradición oral que se transmite de generación en generación. En el mundo moderno, la historia ha sido transformada en un conocimiento científico fundamentado en una secuencia espacio-temporal (pasado-presente-futuro), en la que se ordenan e interpretan los hechos y las circunstancias, de diversas formas. La historia es una creación cultural de los historiadores que con su pensamiento reconstruyen el pasado leyendo documentos antiguos; y de manera especial, es la experiencia que viven los arqueólogos cuando investigan un asentamiento o ruina del pasado, y saben  que cuando se introducen en la excavación están pisando un espacio-tiempo muerto, diferente al presente que experimentan cuando se retiran de la misma. También existe la historia concebida como un túnel del espacio-tiempo por el que se viaja al pasado; creación poética que ha sido recreada por escritores y cineastas.

Una bella metáfora es decir que la historia de la humanidad es un palimpsesto. Pero, como la historia va más allá de la escritura sobre un pergamino, se puede hablar de una arqueología en su significado primigenio o arquetípico, que lleva a pensar en el oficio de excavar ciudades muertas para rescatar tesoros de la antigüedad, casi siempre guardados en las ruinas de palacios o en tumbas reales. Los saqueadores de tumbas fueron aventureros que no le tuvieron miedo a los efectos contaminantes de los cadáveres putrefactos o esqueletos, ni a los espíritus de los muertos. Los fabulosos tesoros fueron trasladados a los museos para ser observados por miles de visitantes, que los admiran no solamente por su valor monetario, sino, como símbolos del poder que perduran después de la muerte.

A partir del siglo XIX las ruinas y las tumbas fueron concebidas como espacios y objetos científicos desprovistos de su poder mágico. La arqueología como ciencia moderna siguió interesada en recuperar el pasado muerto, en buscar el tiempo perdido que reitera el presente. Es paradójico constatar que cuando la civilización moderna se fortalecía con la revolución industrial emergía la arqueología como ciencia y Darwin planteaba la teoría sobre el origen de las especies; al mismo tiempo que se construían fábricas y ciudades de obreros se estaban desenterrando las ciudades de antiguas civilizaciones del mundo clásico y del próximo oriente. El ser humano moderno no se puede desprender del cordón umbilical (historia) que lo vincula a sus progenitores, a sus orígenes arquetípicos (arqueología), cuando los primeros homo sapiens iniciaron el proceso de independencia de las leyes de la naturaleza.

Las huellas y ruinas del pasado no hay que reducirlas a restos materiales, sino, concebirlas como evidencias complejas que contienen pensamientos ancestrales. Los yacimientos arqueológicos pueden ser vistos como un libro en el que cada página es una delgada capa de una estratigrafía metafísica; el arqueólogo es la persona que va leyendo cada hoja, y al hacerlo, la arranca o destruye, claro está, que después de registrarla como una memoria. Las excavaciones como los libros de las bibliotecas pueden ser leídas como el oficio de un arqueólogo del pensamiento, como lo propuso Michel Foucault (1926-1984); y como ya lo planteó el filósofo Friedrich Nietzsche (1884-1900), los seres humanos están ubicados en la puerta el Instante en la que convergen dos caminos eternos que se pueden recorrer y en los que ya todo puede haber existido. Este portal lleva a comprender el eterno retorno de lo idéntico, actitud solitaria que lleva a encontrar el éxtasis creador como alternativa para no quedarse en el nihilismo, que como pulsión de muerte, destruye, en lugar de crear.

Los avanzados medios de comunicación satelitales están alterando el reloj biológico de los seres humanos. Durante miles de años, el sol y la luna crearon el día y la noche, el tiempo de la vigilia y el sueño, de la aurora, cuando cantan las aves que anuncian que la vida continúa. Las sociedades humanas se inventaron los calendarios para programar su existencia, para darse cuenta del carácter efímero  de la vida. El nacer y el morir generaron la memoria del pasado. Las personas antes de morir, además de perdurar genéticamente en los hijos engendrados, les transmiten una herencia cultural, un conjunto de creencias, conocimientos y valores éticos, como estrategia de supervivencia. Cada generación está en la puerta el Instante, vive su propio presente, en el que cumplen con su misión. La llamada historia es una secuencia de presentes, de ciclos vitales generacionales, que viven y mueren y se acumulan como las tumbas en un mausoleo o un cementerio. Esta certeza la confirman los historiadores y los arqueólogos, aunque estos últimos, de manera más patética, porque excavan cementerios o ruinas de un espacio-tiempo muerto.

Olvidar o negar la historia es otra de las paradojas de la modernidad, al suponer que el presente es un punto cero que tiene sentido como futuro, lo que implica separarlo del pasado. De ser así, los seres humanos modernos tendrían que ser autómatas que no tienen raíces ancestrales. Desconocer la naturaleza humana es dejar de soñar, es negar las pulsiones de muerte que están presentes desde el nacimiento; utopía (distopía?) peligrosa con la que se puede justificar cualquier discurso manipulador de los deseos, masificador y autoritario, como ya ha sucedido en el pasado. Es mejor no olvidar lo que somos en este instante.

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